El Hijo del Sol

Capítulo 2. La sombra del prodigio

El fuego de Castiel no era como el de Darius. Era más obediente, aunque menos brillante y limpio. Rowan lo observaba desde el borde del campo de entrenamiento mientras las llamas danzaban en las manos de su otro hermano mayor. No chisporroteaban. No vacilaban. Eran una extensión natural de su voluntad.

Los demás aprendices lo miraban con admiración. Incluso los veteranos asentían en aprobación. Y Valkyon Valenor no aplaudía, pero sonreía.

- Eso. – Dijo con voz firme. – Eso es lo que significa portar nuestra sangre.

Sus palabras no estaban dirigidas a Castiel, estaban dirigidas a Rowan. Castiel cerró el puño y el fuego se extinguió sin dejar rastro. Ni humo, ni ceniza. Perfecto control.

- Ahora tú – ordenó Valkyon.

El silencio cayó como una losa. Rowan avanzó. Extendió la mano y cerró los ojos. Buscó dentro de sí esa chispa que, según la historia familiar, ardía en cada Valenor.

Nada.

Respiró más profundo. Recordó la noche de Darius: La sangre, la rabia… Nada. Un murmullo incómodo recorrió el campo. Valkyon no gritó esta vez, su decepción era peor.

- El fuego no responde a los débiles – dijo con frialdad. – Y la sangre no miente.

Castiel no sonrió, pero tampoco apartó la mirada. Rowan bajó la mano.

Esa tarde, Valkyon llamó a aquellos que ya habían pasado la prueba al salón ancestral. Y Rowan permaneció quieto escuchando detrás de las puertas.

- Mañana se desplegará una misión de reconocimiento, al límite del territorio.

Rowan abrió los ojos sorprendido. El límite había estado prohibido desde lo que pasó con Darius. Además era una de las zonas “neutrales” tras los antiguos tratados entre clanes de cazadores. Allí nadie patrullaba oficialmente.

- Hay informes de actividad vampírica. – Continuó Valkyon, pero Rowan dejó de escuchar, porque por su mente pasó la oportunidad perfecta.

Necesitaba ser aceptado por su clan, por su linaje. No quería ser visto como un bueno para nada. Él les ahorraría el trabajo yendo solo a esa misión. Si moría, el clan no perdería nada. Pero si sobrevivía, tal vez dejaría de ser la sombra del prodigio.

El bosque del límite era distinto. Más silencioso, más… atento. Rowan cruzó el pino que marcaba el territorio Valenor. El mismo pino de hace dos años. Sintió el mismo nudo en el estómago. Pero esta vez no era miedo, era decisión. Avanzó firmemente y entonces lo sintió. No un movimiento ni sonido, sino presencia.

Una voz, suave como seda rasgada, habló desde los árboles:

- Por fin uno de ustedes cruza voluntariamente – Dijo en tono burlón.

Rowan levantó el arma y disparó hacia el árbol más cercano. Falló.

Una figura descendió con la elegancia de una caída ensayada. No era la mujer de aquella noche, era un hombre de sonrisa ladeada y ojos oscuros, demasiado divertidos para alguien que enfrentaba un arma.

- Escuché que nadie cruzaba desde hace dos años. – El corazón de Rowan golpeó con violencia y disparó otra vez. La bala rozó el hombro del vampiro. – Dicen que el sabor de un cazador es exquisito… Pero el de un Valenor…

Se relamió apenas.

- Es inolvidable.

La insinuación cayó como una provocación calculada, Rowan avanzó sin pensar. Un paso y luego otro. Y cuando quiso darse cuenta, ya estaba lejos del pino. Más lejos de lo que había estado nunca desde aquella noche.

Volvió a disparar. Esta vez la bala de plata impactó de lleno. El vampiro cayó del árbol con un gruñido ahogado. La bala no lo mataría, pero dolía y el dolor lo hacía lento. Rowan recargó mientras acortaba distancia y el vampiro intentó incorporarse. Demasiado tarde.

Rowan lo derribó y clavó la daga directo al pecho. Sintió cada capa ceder bajo el filo. El cuerpo se tensó y luego quedó inmóvil. Rowan respiraba con dificultad.

- Que la luz reclame lo que la noche robó – Susurró.

Durante unos segundos, el bosque quedó en silencio. Y entonces… El silencio cambió.

Un crujido leve detrás de él, ni siquiera pudo reaccionar cuando algo golpeó su nuca. El mundo giró y el suelo lo recibió con brutalidad. La visión se volvió borrosa y entre la neblina vio una figura acercarse con lentitud deliberada.

Observó el cadáver del vampiro muerto y luego a Rowan. No había rabia en su expresión. Había interés… diversión.

Aquel vampiro se arrodilló junto a él y giró la muñeca de Rowan con cuidado, observando la marca en forma de cruz, como si examinara una pieza rara.

- Será divertido – añadió con una sonrisa leve. – Ver qué ocurre cuando un cazador aprende a tener hambre.

Y entonces le hundió los colmillos.




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