El Hijo del Sol

Capítulo 3. Despertar

Rowan abrió los ojos y el mundo lo golpeó con demasiada claridad, el mundo no estaba más brillante, estaba demasiado nítido. Se incorporó lentamente. Cada músculo respondía con precisión absoluta, como si hubiera sido reajustado durante la noche. Cerró los ojos y recordó su enfrentamiento la noche anterior.

Buscó sus armas. Estaban a varios metros, donde habían caído.

Se levantó y salió del refugio de la sombra casi por instinto. Pero tan pronto como los rayos del sol tocaron su piel, gritó de dolor. Un dolor blanco y punzante recorrió su brazo, como si su sangre hirviera bajo la superficie.

Retrocedió hacia la sombra instintivamente. Respiró y esperó hasta que el dolor disminuyó.

Sabía que algo había cambiado, pero no sabía exactamente qué. Y entonces lo oyó: primero, las alas de un ave a cientos de metros. Luego el murmullo de un riachuelo oculto tras la colina. Después, el latido nervioso de un venado. Y finalmente… Voces, muchas.

Rowan cayó de rodillas y se cubrió los oídos, aunque no sirvió de nada. Y cuando por fin logró enfocarse y reducir el torrente sensorial, la comprensión lo golpeó con más fuerza que el sol. Se había convertido en una bestia inmunda, en la peor abominación que jamás haya existido: En un vampiro.

El pensamiento no llegó con miedo, llegó con asco. Y entonces lo sintió… Hambre. No como un vacío en el estómago. Sino como una presión caliente que nacía en su abdomen y subía por su garganta. Su lengua ardía. Y sus colmillos, porque ahora sabía que estaban ahí, presionaban contra su labio inferior.

- No, no, no. – Su respiración se volvió irregular. Cerró los ojos e intentó pensar en otra cosa. Entonces lo escuchó.

Un chillido débil, apenas un latido pequeño aterrorizado. Rowan no recordó haberse movido, solo que, un instante después, estaba en la entrada de una pequeña caverna. Y en sus manos una rata se retorcía entre sus dedos.

No lo pensó, solo la mordió. El sabor lo invadió de inmediato: Caliente, metálico… Vivo. Y durante un segundo fue alivio.

“Los vampiros son aberraciones. No sienten culpa. No sienten honor.” La voz de su padre atravesó el placer como una daga.

Rowan soltó el cuerpo y retrocedió. La rata cayó sin vida sobre la piedra. Y el asco llegó con violencia: Vomito seco, temblor en las manos y respiración entrecortada.

Rowan esperó a que el sol comenzara a ocultarse, y cuando los rayos del sol ya no eran tan visibles, salió. Recogió el arma y cortó un pedazo de su playera para sostener la daga de plata. No sin antes mirarse en el filo de ella. Ahora se veía pálido, sus facciones marcadas y sus ojos ahora eran carmesí.

Intentó caminar. El primer paso lo llevó varios metros adelante. Se detuvo abruptamente e intentó otra vez… El mundo parecía moverse lento comparado con él. Y tras varios intentos, logró regular su velocidad, concentrándose en cada movimiento como si estuviera reaprendiendo a habitar su cuerpo.

El hambre seguía ahí, aunque más controlada. Se colocó la capucha de su sudadera, cubriendo parcialmente su rostro. Y cuando las primeras luces de Darél comenzaron a encenderse a lo lejos, Rowan apretó la mandíbula.

Si regresaba al clan, lo ejecutarían. Pero si huía al bosque, terminaría convirtiéndose en una criatura salvaje. Pero si se quedaba en Darél… Podía elegir.

No sería solo vampiro, no sería solo cazador. Sería algo que nunca había existido. Un cazador que conoce el hambre… Un monstruo que decide a quién morder.

Rowan dio un paso hacia la ciudad. Y el latido colectivo de cientos de humanos lo recibió como un susurro irresistible.




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