El Hijo del Sol

Capítulo 4. Monstruo

El salón de entrenamiento estaba lleno cuando cruzó las puertas de piedra. Los aprendices giraron la cabeza. Castiel fue el primero en tensarse.

Valkyon lo observó con una intensidad casi clínica. Rowan bajó la capucha. Sus ojos ya no eran completamente carmesí. Había aprendido a suavizarlos. A contener el brillo.

El silencio se volvió expectante.

- Pensé que habías huido – dijo su padre.

- Fui al límite. – Un murmullo recorrió la sala y Valkyon dio un paso al frente.

- ¿Solo?

- Hubo actividad – continuó Rowan. – El vampiro fue erradicado.

La palabra “erradicado” no pasó desapercibida. Valkyon lo estudió con una intensidad casi clínica. Como si no estuviera mirando a su hijo, sino a un objeto bajo análisis.

- Demuéstralo.

No era una petición, era una prueba pública. El estómago de Rowan se contrajo. Sabía que podía fallar, sabía que podía quedar como siempre. Sin pensarlo extendió la mano, como si supiera que dentro de sí, había algo. Algo que siempre había esperado.

Durante un segundo no ocurrió nada. Y cuando pensó que volvería a ser la burla… La llama nació. Pero no fue roja, fue dorada. Un fuego limpio e intenso, más que las llamas de Darius o Castiel.

El aire vibró alrededor. Algunos retrocedieron instintivamente, pero Valkyon dio un paso adelante. Y por primera vez en años, su expresión cambió. Había orgullo.

- Eso – dijo con voz grave. – Eso es sangre Valenor.

Castiel miró la llama con una mezcla de sorpresa y algo más oscuro, como si supiera que algo era diferente en su hermano.

No sabía cuánto tiempo había pasado desde su conversión. Rowan había aprendido a convivir, a cazar animales en el bosque, a controlar el ritmo de su respiración cerca de humanos y a suavizar el carmesí de sus ojos. Valkyon incluso comenzó a llamarlo hijo otra vez.

Valkyon lo puso a entrenar a los más jóvenes. Rowan intentó negarse, pero fue inútil. Porque por primera vez… Lo estaban mirando con respeto. Creyó que podía sostenerlo. Hasta que ocurrió.

Faltaban minutos para terminar la sesión cuando uno de los aprendices resbaló, y el filo de la daga cortó su palma. Un corte pequeño e insignificante. Pero el sonido del latido del muchacho se volvió ensordecedor.

Rowan lo escuchó como un tambor dentro de su cráneo y el olor llegó después. El mundo se ralentizó y el hambre no fue un susurro. Fue un rugido.

- No… - murmuró apenas. – No aquí.

Intentó apagar el apetito, pero en lugar de extinguirse, estalló. Rowan se movió sin pensarlo, demasiado rápido, demasiado preciso. Apareció frente al muchacho. No fue una mordida profunda, pero fue suficiente.

El aprendiz gritó y el sonido rompió el hechizo. Valkyon reaccionó primero, su golpe fue brutal. Rowan salió despedido contra la pared de piedra. Y el silencio que siguió fue peor que cualquier grito.

Castiel dio un paso atrás y uno de los veteranos desenfundó una daga de plata. Rowan intentó hablar, intentó explicar. Pero cuando levantó la mirada, vio su reflejo en la hoja de plata que apuntaba a su pecho. Ojos rojos, colmillos expuestos y sangre en los labios: Un monstruo.

El hambre retrocedió lentamente. Dejando espacio para algo peor: Conciencia.

- Yo… - su voz se quebró – No quería… Padre. – Lo miró con ojos suplicantes, pidiendo ayuda.

Valkyon lo miraba como si nunca lo hubiera conocido. No había rabia, había decepción. Su padre apartó la mirada y ese gesto fue peor que cualquier sentencia.

- Reducidlo. – Ordenó. No dijo “mi hijo”, no dijo su nombre.

Los cazadores se abalanzaron, plata, madera y fuego… Manos que antes lo habían entrenado ahora buscaban inmovilizarlo.

Rowan no contraatacó, no intentó escapar. Solo aceptó su destino.




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