El Hijo del Sol

Capítulo 5. Sangre y pacto

Rowan había perdido la cuenta de cuántas veces intentaron matarlo. Balas de plata perforaron su carne, estacas de madera atravesaron su corazón y el fuego lo envolvió hasta ennegrecer su piel.

Y siempre era igual. Había dolor, oscuridad y luego regeneración. Los rostros alrededor habían pasado del odio al horror, porque los vampiros no se regeneraban así.

Rowan ahora estaba encadenado en los calabozos, con grilletes de plata incrustados en muñecas y tobillos. Cada movimiento quemaba. El silencio era espeso. Hasta que una figura descendió desde la escalera de piedra.

Castiel.

No llevaba antorcha, no la necesitaba. Su fuego danzaba suavemente en su palma, iluminando el rostro de su hermano.

- No podías ganarle a Darius, así que lo eliminaste… No podías ganarme – dijo con frialdad – ¿Así qué preferiste convertirte en uno de ellos?

Rowan levantó la mirada.

- Yo no quise. Fue en contra de mi voluntad. – Castiel bufó.

- Siempre tienes una excusa.

Castiel se acercó lo suficiente para que la luz revelara las heridas cerrándose lentamente en el cuerpo de Rowan. El desprecio en su mirada no era fingido.

- Estoy harto que sigas manchando el apellido Valenor – Espetó. – Desearía que nunca hubieras nacido. Que no hubieras vuelto a Darél… Desearía que murieras.

Rowan sonrió apenas. No fue una sonrisa desafiante, fue cansada.

- Yo también lo deseo, hermano.

El silencio se extendió entre ellos. Castiel observó las cadenas y observó cómo la plata quemaba y, aun así, no detenía la regeneración.

- Padre quiere entregarte a los Slyta al amanecer.

Rowan cerró los ojos un segundo. Los Slyta eran un clan mestizo de cazavampiros, no eran ejecutores. Eran investigadores. Ellos desmantelaban, abrían y estudiaban.

- No permitiré que te conviertas en un experimento – dijo Castiel. Rowan levantó la mirada, confundido y Castiel dio un paso más cerca, bajando la voz. – Te mataré yo.

El fuego en su mano se intensificó y tocó los grilletes. No los derritió, los debilitó. La plata crujió y Rowan lo miró, incrédulo.

- ¿Qué estás haciendo? – Preguntó confundido.

- Si mueres encadenado, serás una vergüenza eterna.

El último eslabón cedió. Las cadenas cayeron al suelo con un eco metálico. Rowan no se movió, como si temiera que fuera una trampa.

- ¿Por qué?

Castiel dio un paso atrás. Su fuego iluminó su rostro desde abajo, proyectando sombras duras.

- Porque quiero cazarte. – La confesión no fue impulsiva, fue calculada. – No serás un monstruo encerrado. Serás mi presa. Y cuando te mate… el apellido Valenor quedará limpio.

El aire pareció tensarse.

- Te doy ventaja – añadió Castiel. – Corre lo más lejos que puedas. Escóndete donde creas que nadie te encontrará. – Una chispa peligrosa brilló en sus ojos. – Haré que sea divertido.

Rowan sintió algo extraño, no alivio ni gratitud. Castiel no lo estaba salvando, lo estaba convirtiendo en su propósito. Rowan dio un paso hacia la salida.

- Castiel – dijo antes de cruzar la puerta. Su hermano no respondió. – No soy tu enemigo.

Castiel finalmente lo miró.

- Desde que cruzaste ese límite… lo eres.

Las alarmas comenzaron a sonar arriba. Guardias, pasos y gritos. Castiel levantó la voz dando aviso. Rowan no esperó más, corrió, atravesó túneles de piedra y saltó muros. El bosque lo recibió con oscuridad y viento.

Detrás de él, el fuego iluminó la noche. Cazadores desplegándose. Y Castiel invocando su llama, más grande que nunca.

- Que nadie interfiera – ordenó. – Es mío.

Rowan no miró atrás. Corrió más allá del pino, más allá del territorio neutral y más allá de todo lo que conocía. Hasta que Darél fue solo una sombra lejana. Y cuando finalmente se detuvo, respirando con el pecho ardiendo, entendió lo que acababa de ocurrir.

Había perdido a su familia, había perdido su nombre. Y ahora… Tenía un cazador: Su propio hermano.




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