Ivar no parpadeó cuando las llamas doradas se elevaron en medio de Kontown.
Desde la altura del árbol, el viento agitaba su abrigo oscuro mientras observaba con una calma que no era indiferencia, sino cálculo. Sus ojos, antiguos y afilados, reflejaban el resplandor como si recordaran algo que el mundo había olvidado: Fuego solar.
No era un mito. No era una exageración transmitida por generaciones de vampiros temerosos. Era real.
El fuego solar no ardía como el fuego común. No devoraba, no chisporroteaba, no producía humo negro. Era limpio, silencioso y absoluto. Cuando tocaba algo, no lo quemaba: lo deshacía. Lo reducía a una inexistencia luminosa.
Ivar lo había visto antes, siglos atrás. Cuando los vampiros aún no se escondían en las sombras sino que disputaban territorios con reinos humanos. Cuando los cazadores no eran una organización, sino fanáticos dispersos. Cuando los primeros “hijos del sol” aparecieron.
Así los llamaron los antiguos. No porque adoraran al sol, sino porque lo contenían.
Se rumoreaba que eran descendientes de una línea alterada en los albores del vampirismo, cuando los primeros transformados intentaron perfeccionarse. Buscaban resistir la luz. Buscaban caminar bajo el día sin arder… Solo rumores, nada confirmado.
El fuego solar podía derretir acero, piedra, plata… incluso los huesos de un vampiro antiguo. Y eso los volvió una amenaza para todos. Para los humanos, porque podían arrasar ciudades. Para los cazadores, porque ninguna armadura servía y vampiros, porque ni la inmortalidad los protegía.
Se decía que durante un breve periodo, el equilibrio del mundo pendió de esos seres. Y entonces se tomó una decisión. Una purga silenciosa, sistemática. Cada registro destruido. Cada linaje rastreado. Cada niño que manifestaba el destello… eliminado antes de comprender lo que era.
El mundo no estaba hecho para criaturas que podían destruirlo todo sin distinción. Y ahora… Ahora uno estaba de pie en medio de una calle, respirando, mientras la plata se derretía en manos de cazadores aterrados.
Ivar inclinó ligeramente la cabeza y sonrió con interés. Rowan no era un hijo del sol completo. No todavía. Y eso lo hacía más peligroso. Un hijo del sol entrenado era un arma. Uno descontrolado… era un cataclismo.
Ivar saltó del árbol con la elegancia de alguien que no teme caer. No se acercó lo suficiente para intervenir. Observó cómo Castiel retrocedía y como los cazadores dudaban. El miedo era un idioma universal.
Si los cazadores descubrían lo que Rowan era realmente, intentarían capturarlo. Si los vampiros lo sabían, exigirían su muerte. Si los humanos llegaban a sospechar… El secreto se rompería.
Y los Noctura no permitía fracturas en el equilibrio.
Ivar cerró los ojos un instante, recordando las llamas antiguas consumiendo bosques enteros. Recordando la expresión de los últimos hijos del sol cuando comprendieron que estaban solos.
Habían sido exterminados. Todos… O eso creían.
Una leve sonrisa se dibujó en su rostro.
- No puedo dejar que te maten todavía.
Porque si el fuego solar había regresado, significaba que la sangre original no estaba tan diluida como pensaban. Y si uno había despertado… Nada les aseguraba que otros no lo hicieran.
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Editado: 03.03.2026