El Hijo del Sol

Capítulo 11. La llama que divide

Rowan, Nyra y Darius corrían. No con pánico, con urgencia. Habían abandonado Kontown por los túneles antiguos bajo la ciudad, galerías húmedas que solo algunos vampiros conocían. El eco de sus pasos se mezclaba con el goteo constante del agua filtrándose entre las piedras. El fuego de Rowan ya no ardía, pero el recuerdo sí.

Darius caminaba unos pasos detrás, observándolo en silencio.

- ¿Desde cuándo puedes hacer eso? – preguntó finalmente. Rowan no se detuvo.

- El destello dorado es nuevo. El fuego… desde que me convirtieron. – Darius lo sujetó del brazo y lo obligó a girarse.

- ¿Tienes idea de lo que fue ese destello? – Rowan negó con la cabeza. Darius sonrió, pero no era alegría. Era ambición. – Fuego solar.

El nombre quedó suspendido en el aire húmedo del túnel. Rowan frunció el ceño.

- ¿Y eso qué significa?

- Significa que esto es estupendo. – Nyra se tensó al escuchar a Darius. – Llevábamos tiempo buscando algo… Un arma, un símbolo. Un golpe que hiciera tambalear a los Noctura.

- ¿Llevábamos? – preguntó Nyra con frialdad.

- Los Virek.

El nombre cayó como una piedra. Nyra lo reconoció al instante. Un clan insurgente, desordenado y violento. Ella misma había asesinado a varios años atrás.

- Con tu ayuda podemos cambiar todo – dijo Darius, mirando a Rowan como si ya no viera a su hermano, sino a un estandarte.

- No quiero cambiar nada – respondió Rowan.

- No se trata de lo que quieras – replicó Darius. – Se trata de lo que eres. Nos han perseguido toda la vida. Los cazadores, los Noctura. Y ahora, por primera vez… tenemos ventaja.

- No es ventaja – corrigió Rowan. – Es peligro.

- Es poder.

- Siempre que alguien busca poder, termina perdiendo todo. – Nyra intervino antes de que la palabra echara raíces. Darius negó con la cabeza.

Nyra sostuvo su mirada y Rowan respiró hondo.

- No quiero ser un arma. – Darius lo tomó por los hombros.

- No tienes que quererlo. Ya lo eres.

Antes de que Nyra pudiera reaccionar, Darius sacó un arma y le disparó en la cabeza. El disparo fue seco y Nyra cayó antes de que Rowan procesara lo que había pasado.

- ¡¿Qué haces?! – gritó, arrodillándose junto a ella.

- Hago lo necesario.

Darius apuntó a la frente de Rowan, no hubo cuenta regresiva esta vez. Disparó sin pensarlo.

El zumbido llegó antes que la conciencia. Rowan abrió los ojos lentamente. El techo no era de concreto ni de piedra húmeda. Era de paja y madera entrelazada. El aire olía a humo de fogata y tierra. Se incorporó.

Al salir, la luz apenas tocaba el horizonte. Vio figuras moviéndose con naturalidad: personas cargando agua, repartiendo alimentos, niños corriendo.

Niños. Parpadeó, confundido… Giró la cabeza y Darius estaba allí, observándolo.

- Bienvenido a Barok – dijo con una calma casi orgullosa. – Mi hogar.

Rowan recorrió el lugar con la mirada. No eran solo vampiros, había humanos. Todos estaban conviviendo en paz. Pero había algo más, y lo sintió antes de comprenderlo. Había energías mezcladas. Sangres distintas en un mismo cuerpo: Híbridos.

Su estómago se tensó. Entonces la vio.

Una niña pequeña, de no más de dos años, caminó tambaleándose hacia Darius. El parecido era innegable: la misma línea en la mandíbula, los mismos ojos intensos.

La niña no era humana. Tampoco era vampira. Era ambas cosas… Darius la levantó en brazos con una suavidad que Rowan jamás le había visto. Y entonces lo entendió. No solo quería venganza por Layla. Sino que luchaba por proteger a su hija.

Rowan sintió que el mundo que conocía se partía en dos. Los Noctura prohibían la mezcla, no porque fueran peligrosos, sino porque lo consideraban una aberración. Además no solo estaban rompiendo esa regla, sino la segunda más importante: Los humanos no debían saber de su existencia.

Darius lo miró fijamente.

- Ahora entiendes por qué necesito que seas más que mi hermano.




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