Darius llevó a Rowan hasta una estructura apartada del campamento. No era una choza común. Era una prisión con barrotes de plata pura. Dentro, Nyra estaba sentada contra la pared. Más pálida de lo normal. Sus ojos habían perdido brillo y sus movimientos eran lentos. No había bebido sangre en días.
Darius abrió la celda solo lo suficiente para que Rowan pudiera entrar.
- Las balas en la cabeza no nos matan – dijo Darius con frialdad. – Solo nos apagan un rato.
Rowan no respondió. Sacó del bolsillo un pequeño frasco con sangre. Darius se la había ofrecido antes. Nyra lo miró un segundo, dudando y luego lo bebió. El cambio fue gradual. El color volvió a su piel. Sus pupilas recuperaron profundidad. Sus manos dejaron de temblar.
- Sabes que la sangre mestiza está prohibida – dijo ella, lamiéndose los labios. – Si los Noctura descubren este lugar…
- Por eso estás encadenada – interrumpió Darius. – Y por eso esta noche te ejecutarán.
Rowan giró bruscamente hacia su hermano.
El atardecer cayó demasiado rápido. Durante horas, Rowan intentó convencer a Darius. Suplicó, argumentó y prometió. Pero Nyra no ayudaba demasiado.
- Ella te iba a traicionar. ¿Por qué la proteges? – Rowan sostuvo la mirada.
- Porque estuvo cuando nadie más lo estaba.
Era verdad. Nyra había tenido muchas oportunidades de entregarlo. Estuvieron juntos conviviendo dos meses. Podría haberlo llevado ante los Noctura. Pero no lo hizo. Hubo risas, peleas, conversaciones nocturnas. Momentos reales.
- Nyra es mi amiga – dijo finalmente. – Confío en ella.
Darius inclinó la cabeza.
- ¿Confías?... El último hombre que confió en ella está muerto. ¿Te habló de Matthew?
Faltaban pocas horas para la ejecución cuando Rowan volvió a la celda. Nyra alzó la mirada apenas lo escuchó acercarse.
- Darius me contó sobre Matthew – dijo Rowan. – Quiero escuchar tu versión.
Ella guardó silencio un largo rato. Y luego habló.
- Hace medio siglo… cuando aún pertenecía a los Noctura. Lo conocí en un baile. No era el más apuesto, ni el más elegante. Pero era auténtico. Me hacía reír.
Nyra y Matthew se encontraron varias veces. Siempre en bailes distintos y siempre por casualidad. Hasta que dejaron de fingir que era casualidad.
Matthew era un hombre observador. Demasiado para el gusto de Nyra. Notó que ella evitaba el sol, que no comía, que nunca tocaba la plata… que su piel era siempre fría.
- Yo te amo – le dijo una noche. – Pero siento que me ocultas algo. Y si no confías en mí… esto no funcionará.
Era la primera vez que Nyra se enamoraba y no quería perderlo, así que terminó confesando su naturaleza. Matthew no gritó, no huyó. No la llamó monstruo. Solo la aceptó.
Nyra le ofreció convertirlo. Solo bastaba una mordida con intención, y podían estar juntos para siempre… Pero él negó con suavidad.
- Me gusta ser humano. – Fue su respuesta.
Intentaron continuar, pero duraron menos de tres meses. Los Noctura se enteraron y la llamaron.
- Sabes que nosotros no perdonamos a quienes rompen las reglas. – Nyra cayó de rodillas.
- Por favor, se los suplico. Perdónenme la vida, yo jamás volveré a desobedecer.
Un Noctura sonrió complacido.
- Perdonaremos tu vida – Nyra creyó que era suficiente. – A cambio… debes matarlo.
El recuerdo se quebró en su voz.
- Yo no quería morir por él – admitió sin mirar a Rowan. – Y tampoco quería matarlo.
Rowan sintió el peso de la confesión.
- No lo maté – susurró ella. – Hui, pero ellos sí lo hicieron… No soy inocente. Elegí mi vida. Y eso lo condenó.
Rowan la observó largo rato. Ella no intentó justificarse, ni intentó parecer mejor. Afuera, el sol terminaba de caer. Y con él, el tiempo.
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Editado: 03.03.2026