Antes de que Rowan pudiera responder al consejo, Darius lo tomó del brazo y lo apartó unos metros, lo suficiente para que sus voces no resonaran en la cámara de piedra.
- No lo hagas, Rowan. Podemos luchar. Ahora tenemos ventaja.
Rowan sostuvo su mirada. No había rabia en sus ojos, tampoco miedo. Había cansancio.
- ¿Ventaja? – repitió con suavidad. – ¿Contra siete Noctura? ¿Contra siglos de poder? No es una batalla, Darius. Es una masacre esperando a empezar.
- Tenemos fuego.
- Y ellos tienen experiencia matando lo que no comprenden. – Darius apretó la mandíbula.
- Entonces huimos. Nos reorganizamos. Pero no te quedes aquí como prisionero. – Rowan negó lentamente.
- Ya no me queda nada, Darius. Nuestra familia me expulsó. Castiel me caza. Tú… - hizo una pausa breve – Tú tienes algo más importante que cualquier guerra.
Los ojos de Darius cambiaron apenas.
- Mi hija no es excusa para rendirse.
- No. Es razón para protegerla. – El silencio se tensó entre ambos. – No pertenezco a ningún lugar. Pero si quedándome aquí puedo asegurar que Barok exista… entonces al menos perteneceré a esa decisión.
Darius lo miró como si intentara encontrar una grieta en su determinación.
- Te usarán como arma. – Una leve sombra de ironía cruzó el rostro de Rowan.
- Como tú quisiste hacerlo. – El golpe fue limpio, pero no cruel. – La diferencia, es que yo no pienso dejar que me definan. Si creen que pueden moldearme, se equivocan.
Darius quiso replicar, pero sabía que su hermano era testarudo. Además aunque no era bueno luchando, era buen estratega y mediador, tal vez sí podría hacer un cambio.
Regresaron ante el consejo. Las siete miradas los esperaban sin impaciencia. Sabían que el tiempo siempre jugaba a su favor.
Rowan dio un paso al frente.
- Acepto las condiciones. – Un murmullo casi imperceptible recorrió la sala. – Barok será respetado. No habrá más persecuciones. No habrá más redadas. – Reafirmó
- Siempre que no haya más sangre mestiza – recordó uno de los consejeros. Rowan asintió con lentitud.
- Pero añadiré una petición… Nyra se quedará conmigo.
El silencio cambió de textura. Nyra giró hacia él con el ceño fruncido. No le había consultado, pero entendía. Rowan no solo estaba pidiendo compañía, estaba pidiendo un ancla.
Uno de los consejeros soltó una risa breve.
- La desertora no merece permanecer en esta ciudad.
- Entonces considérenlo parte de mi supervisión – replicó Rowan con calma. – Si voy a estar bajo su vigilancia, necesito a alguien que me conozca.
Ivar se aclaró la garganta y varias miradas se dirigieron hacia él. Por primera vez desde que Rowan había mostrado el fuego, decidió hablar.
- Nyra ya no pertenece al consejo – Dijo con voz serena. – Pero puede permanecer… como observadora.
La palabra tenía varios contrastes, observadora, es decir, vigilada… Limitada.
- Ella permanecerá. Sin voto, sin poder y bajo nuestras reglas – Confirmó uno de los siete. – Solo recuerda que ya te perdonamos la vida dos veces, no habrá una tercera.
Nyra sostuvo la mirada, hasta que todos abandonaron la sala.
- No necesitabas hacer eso. – Susurró Nyra.
- Sí – Respondió él en voz baja. – Aquí no tengo aliados.
Esa noche, Rowan fue llevado a las estancias internas del Dominio. Las puertas se cerraron detrás de él con un sonido profundo. No eran barrotes, pero tampoco eran libertad. Nyra caminaba a su lado en silencio.
En la distancia, Darius observaba desde la entrada de la ciudad, sabiendo que no podía quedarse. Había conseguido la paz que quería, pero había perdido a su hermano para obtenerla.
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Editado: 03.03.2026