El Hijo del Sol

Capítulo 21. La Erradicación

Rowan y Nyra descendieron hasta el nivel inferior del Dominio sin hablar. No corrían. No todavía, la prisa mal dirigida era sospecha. Pero al llegar a las puertas principales lo entendieron. Estaban custodiadas y más de lo normal. Había cuatro filas de soldados con armadura oscura y miradas fijas. No era vigilancia, era contención.

Nyra no apartó la vista del frente.

- Sabían que intentarías huir.

- No – Corrigió. – Querían que lo intentara.

Un segundo después, los soldados avanzaron. No hubo orden ni advertencia. La primera oleada fue directa al cuello. Nyra se movió antes de que el primer golpe terminara de caer. Rompió una muñeca, giró, hundió los colmillos en una garganta y arrancó el corazón sin perder equilibrio.

Rowan liberó su fuego, no el solar. El Valenor. Oscuro, ardiente y contenido. Sabía que el fuego solar podría terminar aquello en segundos… pero también sabía que aún no lo dominaba por completo. Y no arriesgaría a Nyra.

Los pasillos se llenaron de huesos quebrándose y carne desgarrada. No fue una batalla prolongada. Fue violencia eficiente. Y cuando el último soldado cayó, las puertas de obsidiana quedaron abiertas.

Rowan no miró atrás, Nyra sí. Ese lugar no había sido su hogar, había sido su jaula.

Desde lo alto de la torre central, Aurelios observaba. Y por primera vez, una mueca mínima, casi imperceptible, cruzó su rostro. Esa misma noche, soldados del Dominio comenzaron a moverse hacia el sur. Tenían órdenes claras: Erradicación total de Barok. Y si Rowan se interponía… Que ardiera con ellos.

Rowan y Nyra llegaron a Barok casi al amanecer. La ciudad aún respiraba sueño. Algunas hogueras encendidas, pescadores regresando y humanos descansando entre vampiros sin miedo.

Rowan gritó el nombre de Darius y las puertas se abrieron… Los rostros se tensaron al verlo cubierto de sangre, con Nyra herida y apenas sosteniéndose en pie.

- Necesita sangre – exigió Rowan.

- Ustedes ya no son bienvenidos aquí – respondió un vampiro del clan Virek, dando un paso al frente.

Nyra habló antes de que Rowan lo hiciera.

- Hemos huido. Los Noctura no tardaran en venir. – Nyra jadeó y entre los vampiros salió una mujer humana, que avanzó sin pedir permiso y ofreció su muñeca a Nyra.

El silencio se volvió más pesado.

- Explícate – ordenó el líder de Barok. Rowan no suavizó nada.

- El tratado fue un experimento. Saben que Virek intervino en Ponte, incluso sabían que aceptaban mestizos de fuera… Ustedes les hicieron fácil el trabajo al reunir a todos los mestizos en un solo lugar.

El líder no dudó.

- Evacúen a mujeres y niños. Rutas sur y este. Ahora.

Barok, que había duplicado su tamaño en dos meses, se convirtió en movimiento. Humanos tomando a sus hijos mestizos y vampiros organizando defensa para ganar tiempo. Nyra se levantó con dificultad.

- Voy con ustedes

Rowan negó

- Ve con ellos. Protégelos.

Cuando comenzaron a evacuar Barok, Rowan recordó algo importante.

- ¿Dónde está mi hermano? – preguntó.

- Salió temprano a pescar con su hija.

Rowan al escuchar aquello, no esperó más. Buscó en la dirección señalada y por fortuna no tardó en encontrarlos cerca del río. Darius se levantó al ver a su hermano, y en cuanto vio sus ojos, supo que algo estaba mal.

No preguntó. Tomó a su hija y la ató a su espalda con un rebozo y regresaron corriendo. Y el humo fue lo primero que sintieron, no era leña, era carne. El sonido llegó después, no choque de armas. Gritos breves y secos.

Cuando alcanzaron la primera casa, ya era tarde. Cuerpos yacían en el suelo. Mestizos y vampiros, algunos aún con armas en la mano. Ninguno con oportunidad real de usarlas.

Las insignias del Dominio brillaban entre la ceniza. Se movían en formación cerrada y metódica. No era una batalla. Era una ejecución programada.

- Actuaron más rápido de lo previsto – murmuró Rowan, ocultándose tras un muro derrumbado.

Darius observaba a su gente caer y sus manos temblaban.

- No puedo dejarlos.

- Y no puedes dejarnos a nosotros – respondió Rowan, mirándolo directamente. – Soy tu hermano. Y ella es tu hija.

Darius miró detrás de él, mirando a su hija, quien no lloraba, como si entendiera que el ruido era muerte.

Antes de que pudieran decir algo más, un grupo de soldados giró en su dirección. Rowan sintió el fuego subirle por la garganta y Darius cerró los ojos un instante. Finalmente eligió.

- Nos vamos. – No por cobardía, por supervivencia.

Tomaron una ruta distinta a la de mujeres y niños. Porque si los seguían, los condenaban a todos.

Mientras corrían, Barok ardía detrás de ellos. Y Rowan entendió algo definitivo: No había tablero que romper. Aurelios ya había volcado la mesa.




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