Mientras el caos se extendía por el norte y el miedo cambiaba de dueño entre vampiros y rebeldes, en el sur algo más antiguo comenzaba a despertar: Los territorios de los cazavampiros, silenciosos durante décadas, volvieron a reunirse.
Todas las Casas acudieron a Darél.
Un emisario por linaje: puros y mestizos por igual. Los estandartes colgaban inmóviles en la sala de piedra, la Casa Arwys, Thalmyra, Sylaven, Slyta, Domson, Arthal… y muchas más, formando un círculo que no se veía desde generaciones atrás. Aquella reunión solo ocurría cuando el mundo estaba a punto de cambiar.
Tory, de la Casa Sylaven, dio un paso al frente.
- Hemos detectado movimiento vampírico anormal en varias regiones del norte.
Un mapa se desplegó sobre la mesa central. La ilusión creció hasta mostrar montañas, rutas comerciales y asentamientos marcados con luces inestables.
- Nuestros rastreadores observaron comportamiento irregular – continuó. – Vampiros luchando contra vampiros.
Un murmullo recorrió la sala.
- Una guerra por poder. – Susurró Castiel, recién llegado del suroeste, donde había intentado seguir el rastro de Rowan sin éxito.
- Eso creemos – respondió Tory. – Y por eso… este es nuestro momento.
La Casa Sylaven había sido una de las cinco primeras casa, junto a los Valenor. Sus miembros podían leer la tierra como un libro abierto: cada pisada, cada rastro de sangre, cada muerte reciente hablaba bajo sus manos. Y ahora mismo, la tierra estaba gritando.
Las Casas no debatieron demasiado. No entendían qué ocurría dentro del régimen vampírico, pero tampoco les importaba. Para ellos solo existía una verdad: Un enemigo dividido era un enemigo vulnerable.
- Entonces atacamos – dijo alguien. Nadie se opuso.
Valkyon Valenor avanzó hacia el mapa. Su sola presencia bastó para imponer silencio. Fue él quien ordenó las posiciones, dividió fuerzas y asignó rutas de avance. Los guerreros de las demás Casas obedecieron sin discusión. Porque los Valenor siempre habían sido los mejores estrategas… y los más letales en combate directo.
Al amanecer, las primeras tropas partieron hacia el norte. La cacería había comenzado.
El primer asentamiento que encontraron los recibió con silencio. No hubo resistencia, no hubo huida, solo muerte… Vampiros reducidos a ceniza gris cubrían el suelo. Entre ellos yacían cuerpos humanos desmembrados, abandonados sin ceremonia alguna.
Los cazavampiros observaron la escena con incomodidad. Y entonces comprendieron algo inquietante: Los vampiros no solo se estaban destruyendo entre sí, humanos inocentes también estaban pagando el precio.
Mientras tanto, Rowan avanzaba hacia el Dominio junto a un pequeño grupo de guerreros, y cada noche el aire se sentía más tenso. Algo no encajaba.
La primera señal llegó tres noches después, cuando un asentamiento vampírico apareció ante ellos… completamente vacío. No destruido: Exterminado.
Los cuerpos estaban alineados con precisión imposible. Cada corazón atravesado por acero plateado. Hogueras aún tibias consumían restos ennegrecidos, y símbolos antiguos habían sido grabados en la piedra circundante.
Nyra se detuvo en seco.
- Los Noctura no hacen esto.
Rowan observó los símbolos y algo antiguo se removió en su memoria. Entrenamientos olvidados. Historias contadas al borde del fuego cuando aún era humano. El reconocimiento le heló la sangre.
- No… - susurró. – Esto lo hacen los cazavampiros.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier amenaza. Porque los cazavampiros no distinguían bandos. No existían vampiros o mestizos rebeldes ni inocentes para ellos. Solo presas.
La noticia comenzó a propagarse más rápido que cualquier rumor: Los cazavampiros habían regresado. Y esta vez… venían por todos.
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Editado: 03.03.2026