El Hijo del Sol

Capítulo 30. El plan perfecto

El nuevo asentamiento aún no tenía nombre. Solo ruinas reconstruidas, hogueras encendidas y voces que comenzaban a sonar como hogar. Mestizos, vampiros errantes y humanos que habían sobrevivido a la purga convivían con una cautela que poco a poco se transformaba en confianza.

Rowan observaba desde lo alto de una colina. El viento nocturno movía su abrigo mientras las llamas del campamento brillaban. No era un reino, tampoco un ejército. Era algo distinto, algo libre.

- Nos llegaron noticias – Dijo Nyra. – Del norte… y del sur también.

Rowan frunció ligeramente el ceño.

- ¿Del sur? – Nyra asintió.

- Sobre los cazavampiros. Dicen que las Casas se están movilizando.

Rowan ya sabía lo que significaba antes de escucharlo.

- Lo descubrieron. – La voz de Rowan sonaba cansada. Nyra no respondió de inmediato.

- Sí. – Su voz fue baja. – Saben que un Valenor vive… y que ahora es un vampiro.

El silencio entre ambos no fue incómodo. Fue inevitable.

A lo lejos, una campana improvisada anunció la llegada de otro grupo. Rowan observó cómo los recibían sin miedo y algo dentro de él se acomodó. Durante toda su vida había intentado pertenecer a un lugar que lo rechazaba. Y ahora, sin buscarlo, lo había creado.

- Las Casas se unirán – continuó Nyra. – Arwys, Sylaven, Thalmyra… todas. Nunca habían cooperado así.

Rowan soltó una pequeña risa sin humor.

- Claro que lo harán… Un monstruo común une mejor que cualquier ideal.

Nyra lo miró con el ceño fruncido.

- No eres un monstruo. – Rowan no respondió. No porque dudara… sino porque ya no necesitaba defenderse.

Abajo, un niño mestizo corría entre las tiendas riendo. Y por primera vez, Rowan no sintió culpa al verlo. Sintió propósito.

Muy lejos de allí, en el Dominio, las puertas del salón principal permanecían abiertas. El nuevo Primus caminaba solo por la sala del consejo. Sus pasos resonaban suavemente sobre la piedra negra, y las sombras parecían inclinarse a su paso, como si reconocieran a su nuevo dueño.

Ozymar permanecía inmóvil junto al asiento vacío de Aurelios.

- Todo ocurrió demasiado perfecto – dijo al fin. – Los cazavampiros atacaron justo cuando el Dominio estaba dividido. Aurelios cayó… y tú ascendiste.

Ivar esbozó una sonrisa mínima.

- El orden siempre nace del caos.

Ozymar lo observó. No con sospecha, sino con diversión. Después de todo, él amaba el entretenimiento… y aquello había sido el espectáculo más fascinante en siglos.

- ¿Cuánto de esto fue planeado?

Ivar se detuvo frente a la mesa de obsidiana, deslizando los dedos sobre la superficie oscura como si leyera recuerdos atrapados en la piedra.

- Aurelios gobernaba desde el miedo – respondió con calma. – El miedo conserva… pero también pudre. Nuestra especie estaba estancada. Yo necesitaba algo diferente.

- ¿Una guerra?

- Un cambio.

Ozymar asintió lentamente, como si aquella respuesta confirmara algo que ya sabía.

- ¿Y el Valenor?

El silencio se extendió unos segundos demasiado largos. Y cuando Ivar habló, su voz fue absoluta serenidad.

- Rowan no fue un accidente. Los cazavampiros necesitaban un símbolo que odiar… - sus dedos se detuvieron sobre la mesa – Y los vampiros necesitaban uno que seguir, aunque aún no lo comprendan.

Ozymar dio un paso hacia él.

- ¿Tú lo convertiste?

La sonrisa de Ivar apenas se amplió.

- Yo solo abrí la puerta correcta… en el momento correcto.

Ivar se giró hacia los ventanales del salón, contemplando la noche infinita que envolvía el Dominio. Ozymar sonrió también.

No diría nada. Nunca lo hacía. No le importaba quién gobernara ni qué verdad se ocultara detrás del poder. Solo le interesaba una cosa: estar siempre del lado del ganador.




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