El creciente malestar en Eldoria no era solo una amenaza para el reino en su conjunto, sino que también empezaba a infiltrarse en la vida cotidiana de la familia Thorn, afectando particularmente a Samuel. Aunque sus padres se esforzaban por protegerlo, la naturaleza misma de sus dones, tan sutiles pero a la vez tan perceptibles para aquellos con una sensibilidad mágica, comenzaba a sembrar semillas de duda y escrutinio.
Durante las escasas ocasiones en que Samuel acompañaba a sus padres a eventos oficiales en Lumina o a reuniones con nobles de confianza, su peculiar comportamiento llamaba la atención. Su tendencia a quedarse quieto, con la mirada perdida, como si estuviera escuchando algo que nadie más podía oír, o su reacción ante emociones ajenas, que a veces se manifestaba en expresiones de sorpresa o tristeza que parecían desproporcionadas para la situación, no pasaban desapercibidas.
En una recepción en el Palacio Real, a la que asistieron los Thorn para discutir la creciente ola de desconfianza entre las casas nobles, Samuel, que entonces tendría unos diez años, estaba jugando con unos pequeños bloques de madera cerca de un grupo de niños nobles. De repente, se detuvo, sus ojos se abrieron con espanto y se tapó los oídos.
"¡Basta! ¡No puedo soportarlo!", exclamó, con la voz tensa.
Un grupo de niños mayores se acercó, riendo. "Mira, es el rarito de los Thorn", dijo uno de ellos, con desprecio. "Siempre está con sus tonterías."
"¿Qué no puedes soportar, pequeño mago?", se burló otro, empujando suavemente uno de los bloques de Samuel. "El ruido de los adultos hablando de política aburrida?"
Samuel sintió una oleada de vergüenza y dolor. No era el ruido lo que le molestaba, sino la densa red de envidia, ambición y resentimiento que flotaba en el aire entre los adultos. La discusión política entre los nobles estaba cargada de una energía tan negativa que era casi palpable para Samuel, una cacofonía de intenciones ocultas y juicios severos.
"No… no es eso", murmuró Samuel, con los ojos fijos en el suelo. "Son… son pensamientos feos."
Los niños mayores se rieron a carcajadas. "¡Pensamientos feos! ¡Qué tontería! ¿Acaso crees que puedes leer nuestras mentes, pequeño prodigio secreto?" La ironía en su voz era mordaz.
"Mi padre dice que no debo hablar de lo que pienso", dijo Samuel, tratando de recordar las lecciones de discreción.
"¡Tu padre es un mago poderoso! ¿Y tú qué eres? Un niño que habla solo", dijo el líder del grupo, con una crueldad que helaba la sangre. "Seguro que eres un fracaso. Un Thorn que no tiene magia de verdad. ¡Un hijo sin poder!"
La frase golpeó a Samuel como un puñetazo. Las palabras "hijo sin poder" resonaron en su interior, alimentadas por el miedo que él mismo sentía ante la potencia que intuía en su interior pero que no podía controlar ni comprender. Las burlas de los niños se magnificaron, convirtiéndose en un coro estridente que se unía a la tormenta de pensamientos negativos de los adultos.
"¡Sí! ¡Seguro que eres un tonto!", gritó uno.
"¡Un niño sin magia!", repitió otro.
Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Samuel. Se sentía expuesto, vulnerable, y una oleada de autodesprecio lo invadió. La burla de los niños no era solo cruel; era un reflejo distorsionado de las propias inseguridades que sus padres habían intentado proteger. Le estaban diciendo exactamente lo que él, en el fondo, temía que fuera verdad: que él, Samuel Thorn, el hijo del Mago Supremo, era defectuoso, carente de la magia que se esperaba de él.
Elva, que había estado hablando con la Reina Isolde, sintió una punzada de inquietud. Se giró justo a tiempo para ver a Samuel acurrucado, con el rostro pálido y las lágrimas corriendo por sus mejillas, rodeado por un círculo de niños burlones. El aura de negatividad que emanaba de ellos era palpable.
"¡Basta!", exclamó Elva, su voz resonando con una autoridad calmada pero firme. Se acercó a Samuel y lo abrazó. "Dejadlo en paz. Cada uno a vuestros padres."
Los niños, sorprendidos por la intervención de la Hechicera Blanca, retrocedieron un poco, pero sus miradas seguían cargadas de burla.
"Señora Thorn", dijo el líder, con una falsa cortesía, "solo estábamos jugando. Pero su hijo es un poco… peculiar, ¿no cree?"
Elva ignoró el comentario y se concentró en Samuel. "Samuel, cariño, ¿qué ha pasado?"
Samuel, acurrucándose en los brazos de su madre, sollozó. "Dijeron… dijeron que no tengo magia. Que soy un hijo sin poder."
El corazón de Elva se encogió. Había temido este momento. La presión de las expectativas, la burla de los que no comprendían, podían ser tan dañinas como cualquier sombra. "Samuel", dijo suavemente, acariciando su cabello, "eso no es verdad. Tienes una magia muy especial, solo que es diferente, y es tuya. Y es increíblemente poderosa."
Pero las palabras de su madre, por amorosas que fueran, apenas podían penetrar la espiral de vergüenza y duda que se había instalado en el corazón de Samuel. Para él, las risas de los niños eran un eco persistente, una confirmación de sus peores miedos.
Eden, al ser informado de lo sucedido, sintió una mezcla de furia y preocupación. La crueldad de los niños era lamentable, pero lo que realmente lo inquietaba era la razón detrás de sus burlas: la percepción de que Samuel era "un hijo sin poder". Era la semilla de la duda plantada en el terreno fértil de la juventud, una semilla que, si no se erradicaba, podría marchitar el potencial de Samuel antes de que pudiera florecer.
Decidieron que, por el momento, las apariciones públicas de Samuel debían ser minimizadas. El mundo exterior, con sus juicios y sus burlas, era un peligro demasiado grande para su frágil psique. Se refugiaron aún más en su mansión, intensificando las lecciones de historia y las introducciones a la teoría mágica. Eden se dio cuenta de que no solo tenía que enseñar a Samuel sobre la magia, sino también sobre la resiliencia, sobre la confianza en uno mismo frente a la adversidad y la incomprensión.
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magia secreta y poderes ocultos, la oscuridad avanza sin piedad, el elegido despierta su poder
Editado: 26.03.2026