El Hijo Que Escondí Del Millonario

Capitulo 17

La habitación quedó en silencio.

Alejandro seguía sosteniendo la pequeña llave entre los dedos.

Emma tenía el rostro pálido.

—¿Estás diciendo que tu padre escondió a otro hijo? —preguntó.

Victoria asintió lentamente.

—No exactamente.

—Entonces explícame.

Victoria respiró con dificultad.

—Tu padre no lo escondió después de que naciera. Lo escondió antes.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Antes?

—Cuando supo quién era su madre.

Gabriel se acercó.

—¿Quién era?

Victoria bajó la mirada.

—Una mujer que murió poco después del parto.

Alejandro apretó la llave.

—¿Y el niño?

—Fue enviado lejos.

—¿A dónde?

Victoria tardó unos segundos en responder.

—A un lugar donde nadie pudiera encontrarlo.

Emma sintió un escalofrío.

—¿Y esa habitación?

Victoria señaló la llave.

—Tu padre guardó allí todos los documentos relacionados con él.

Alejandro miró hacia la puerta.

—Entonces vamos.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si Lucas fue llevado hasta allí, significa que quien lo secuestró sabe dónde está esa habitación.

Emma sintió que el miedo regresaba.

—Entonces tenemos que encontrarlo antes que ellos.

Alejandro tomó su mano.

—Lo vamos a encontrar.

Victoria negó.

—No entienden.

—¿Qué?

—Esa habitación está dentro de la antigua propiedad de tu padre.

Alejandro se quedó inmóvil.

—La casa donde estuvimos anoche.

—Sí.

Gabriel abrió los ojos.

—Pero registramos toda la propiedad.

—No toda.

Victoria señaló la llave.

—Hay una parte que ustedes nunca encontraron.

***

Minutos después, Alejandro, Emma, Gabriel y Victoria estaban nuevamente frente a la antigua propiedad Ferrer.

La noche había cubierto el lugar.

Las ventanas rotas parecían ojos oscuros observándolos.

Alejandro llevaba un arma.

Gabriel caminaba delante.

Emma permanecía junto a Victoria.

—¿Dónde está? —preguntó Alejandro.

Victoria señaló el suelo.

—Debajo de la casa.

Gabriel miró alrededor.

—¿Otro túnel?

—No.

Victoria señaló una pared.

—Una habitación construida dentro de los cimientos.

Alejandro se acercó.

—¿Cómo entramos?

Victoria levantó la llave.

—Por aquí.

Presionó una pequeña pieza de madera.

Se escuchó un clic.

La pared se movió lentamente.

Detrás apareció una escalera.

Emma sintió un nudo en el estómago.

—¿Tu padre construyó esto?

—Sí.

Alejandro bajó primero.

—Quédate detrás de mí.

Emma siguió.

El aire era frío.

A medida que descendían, el silencio se hacía más pesado.

Al llegar al final, encontraron una puerta de hierro.

Victoria introdujo la llave.

Giró.

La puerta se abrió.

Dentro había una habitación pequeña.

Un escritorio.

Varias cajas.

Un armario.

Y una pared cubierta de fotografías.

Alejandro se acercó.

Su respiración se detuvo.

Había fotografías de él.

De Victoria.

De su padre.

Y de un niño.

Un niño de aproximadamente diez años.

Emma tomó una fotografía.

—¿Quién es?

Victoria se quedó mirando la imagen.

—Él.

Alejandro tomó otra.

En ella aparecía el mismo niño junto a su padre.

—¿Cuántos años tenía?

—Diez.

—¿Dónde está ahora?

Victoria negó.

—No lo sé.

Gabriel comenzó a revisar las cajas.

—Aquí hay documentos.

Alejandro abrió una carpeta.

Dentro había certificados.

Fechas.

Nombres.

Y una fotografía de una mujer.

Victoria se acercó.

—Esa es su madre.

Emma miró la fotografía.

—¿Cómo se llamaba?

Victoria respondió:

—Elena Rivas.

Alejandro se quedó inmóvil.

—¿Rivas?

Victoria asintió.

—Sí.

Gabriel levantó la mirada.

—¿La misma familia de Samuel Rivas?

Victoria bajó los ojos.

—Era su hermana.

El silencio cayó sobre la habitación.

Alejandro cerró los puños.

—Entonces Samuel sabía quién era.

—Sí.

—Y lo protegió.

—Al principio.

—¿Qué cambió?

Victoria miró las fotografías.

—Dinero.

Alejandro soltó una risa amarga.

—Siempre termina siendo dinero.

Victoria negó.

—Esta vez no.

—¿Entonces qué?

—Poder.

Gabriel encontró otro documento.

—Aquí hay algo.

Todos se acercaron.

Era una carta escrita por el padre de Alejandro.

Gabriel comenzó a leer.

—«Si estás leyendo esto, significa que ya no estoy aquí. Hay una verdad que nunca pude contarles a mis hijos...»

Alejandro le quitó la carta.

Continuó leyendo.

—«Mi segundo hijo existe. Nunca quise abandonarlo, pero algunas personas dentro de mi familia consideraban que su existencia era una amenaza».

Emma miró a Victoria.

Alejandro siguió.

—«Si alguien intenta encontrarlo, no confíes en Samuel. Él sabe dónde está, pero también sabe por qué debe permanecer oculto».

Gabriel frunció el ceño.

—Entonces Samuel no lo protegía.

Victoria negó.

—No.

—¿Qué hizo?

Victoria tragó saliva.

—Lo entregó.

Alejandro levantó la mirada.

—¿A quién?

Victoria respondió:

—A la persona que quería controlar la herencia.

Emma sintió que el corazón se aceleraba.

—¿Y esa persona es quien está detrás de Lucas?

Victoria asintió.

—Sí.

Alejandro apretó la carta.

—¿Dónde está mi hermano?

Victoria señaló otra caja.

—Ahí está la respuesta.

Alejandro abrió la caja.

Había un expediente.

En la primera página aparecía una fecha.

Veinte años atrás.

Debajo, una dirección.

Alejandro la leyó.

Y sintió un escalofrío.

—Conozco este lugar.




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