El Hijo Que Escondí Del Millonario

Capitulo 19

—Bienvenido de nuevo a casa, hijo.

Alejandro dejó de respirar por un instante.

La voz había llegado desde el otro lado de la puerta.

La voz de su padre.

La voz que había escuchado durante toda su infancia.

La misma voz que había escuchado por última vez ocho años atrás, cuando le dijeron que había muerto.

—No puede ser... —susurró.

Emma se acercó a él.

—Alejandro...

Él levantó una mano.

—No te muevas.

Las luces seguían apagadas.

Gabriel encendió la linterna de su teléfono.

El pasillo estaba vacío.

—¿Dónde está? —preguntó Emma.

Alejandro no respondió.

Miraba fijamente hacia el fondo.

Entonces escucharon tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Venían de una puerta que estaba al final del pasillo.

Victoria palideció.

—Esa puerta...

Alejandro la miró.

—¿Qué?

—No debería estar abierta.

Gabriel levantó el arma.

—¿Qué hay detrás?

Victoria tragó saliva.

—La habitación de tu padre.

Alejandro avanzó.

Emma lo tomó del brazo.

—No vayas solo.

Él la miró.

—No pienso dejarte.

—Entonces vamos juntos.

Victoria negó.

—Si entran ahí, ya no podrán fingir que no saben la verdad.

Alejandro abrió la puerta.

El olor a humedad llenó el pasillo.

La habitación estaba casi intacta.

Un escritorio.

Una biblioteca.

Un sillón.

Y sobre la pared, un enorme retrato de su padre.

Alejandro se quedó mirando la pintura.

—Aquí trabajaba todas las noches.

Emma observó el escritorio.

—¿Qué estás buscando?

—No lo sé.

Gabriel comenzó a revisar los cajones.

—Aquí hay documentos.

Alejandro se acercó.

Pero antes de que pudiera tomarlos, escucharon un ruido detrás de ellos.

La puerta se cerró.

Emma se giró.

—¡Victoria!

La mujer había desaparecido.

—¿Dónde está? —preguntó Gabriel.

Alejandro abrió la puerta.

El pasillo estaba vacío.

—No puede haberse ido tan rápido.

Emma miró hacia el suelo.

Había un papel.

Lo recogió.

Solo tenía una frase.

**«NO CONFÍES EN VICTORIA.»**

Alejandro apretó la mandíbula.

—Tenemos que encontrarla.

***

Mientras tanto, Victoria bajaba por una escalera oculta.

Al llegar al final, encontró una habitación pequeña.

Había una silla.

Una mesa.

Y una persona sentada de espaldas.

Victoria se detuvo.

—Sabía que vendrías.

El hombre no se movió.

—¿Dónde está Lucas?

—A salvo.

—Quiero verlo.

—Todavía no.

Victoria apretó los puños.

—Me prometiste que no le harías daño.

El hombre giró lentamente.

Victoria sintió un escalofrío.

—Y no se lo haré.

—Entonces déjalo ir.

—No puedo.

—¿Por qué?

El hombre sonrió.

—Porque necesito a Lucas para que Alejandro venga hasta mí.

Victoria negó.

—Ya vino.

—Todavía no.

—Está dentro de la casa.

El hombre se levantó.

—Lo sé.

Victoria lo miró fijamente.

—¿Entonces qué quieres?

—Que encuentre la verdad.

—¿Qué verdad?

—La que tu hermano lleva toda su vida buscando.

Victoria se acercó.

—No vuelvas a hablar de Alejandro.

El hombre sonrió.

—¿Por qué? ¿Todavía lo quieres?

Victoria no respondió.

—Tú siempre quisiste protegerlo.

—Sí.

—Incluso cuando tu padre te ordenó abandonarlo.

Victoria bajó la mirada.

—No tuve elección.

—Todos tienen elección.

—Tú no sabes lo que hice.

—Sé exactamente lo que hiciste.

Victoria levantó la mirada.

—¿Qué quieres de mí?

El hombre colocó un sobre sobre la mesa.

—Entrégale esto a Alejandro.

—¿Qué contiene?

—La verdad sobre su nacimiento.

Victoria se quedó inmóvil.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si descubre quién es su verdadera madre...

El hombre sonrió.

—Entonces comprenderá por qué su padre tuvo que desaparecer.

Victoria retrocedió.

—Tú no sabes lo que estás haciendo.

—Sé perfectamente lo que hago.

***

Alejandro seguía buscando a Victoria.

—No aparece en las cámaras —dijo Gabriel.

—Entonces hay otro acceso.

Emma miró el retrato.

—¿Y si tu padre sabía que algún día volverías?

Alejandro se acercó.

—¿Por qué dices eso?

—Porque todo parece preparado.

Alejandro observó el escritorio.

Había una fotografía familiar.

Su padre.

Su madre.

Victoria.

Y él.

Pero alguien había arrancado una parte de la fotografía.

Gabriel tomó la imagen.

—Aquí falta alguien.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Quién?

Gabriel señaló el borde.

—Un niño.

Alejandro sintió un escalofrío.

—Mi hermano.

Emma tomó la fotografía.

—¿Por qué lo quitaron?

Alejandro observó el marco.

—No lo sé.

Gabriel lo giró.

Había una inscripción detrás.

**«NO ERA EL ÚNICO.»**

Alejandro quedó inmóvil.

—¿Qué significa?

Emma negó.

—No lo sé.

Gabriel encontró una segunda fotografía dentro del cajón.

La sacó.

Y los tres se quedaron sin palabras.

Aparecían dos niños.

Uno era Alejandro.

El otro era el niño que habían visto en las fotografías.

Pero había un tercero.

Un bebé.

Emma sintió un nudo en el estómago.

—¿Tres?

Alejandro tomó la fotografía con manos temblorosas.

—Mi padre tuvo tres hijos.

Gabriel observó la fecha.

—Esto fue tomado antes de que tú nacieras.

Alejandro levantó la mirada.

—Entonces el tercero era mayor que yo.

Emma sintió un escalofrío.

—¿Dónde está?

Antes de que Alejandro pudiera responder, una voz salió de los altavoces.

—Exactamente donde siempre estuvo.




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