La puerta terminó de abrirse.
Alejandro levantó el arma.
Emma sostuvo a Lucas contra su pecho.
Victoria permaneció inmóvil.
Y el padre de Alejandro miró hacia la entrada como si acabara de ver regresar a una pesadilla.
El hombre entró lentamente.
Llevaba un traje oscuro y una expresión tranquila.
No necesitaba levantar un arma.
Sabía que todos estaban demasiado sorprendidos para reaccionar.
Alejandro lo reconoció inmediatamente.
—Tú...
El hombre sonrió.
—Ha pasado mucho tiempo.
Emma miró a Alejandro.
—¿Quién es?
Alejandro no respondió.
Su padre sí.
—Arturo Ferrer.
Emma sintió un escalofrío.
—¿Ferrer?
Alejandro apretó la mandíbula.
—Es el hermano de mi padre.
Arturo sonrió.
—Tu tío.
Gabriel levantó el arma.
—No se acerque.
Arturo ni siquiera lo miró.
—Baja eso, Gabriel.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Arturo soltó una pequeña sonrisa.
—Sé mucho más de ustedes de lo que imaginan.
Alejandro se colocó delante de Emma y Lucas.
—Tú ordenaste que nos separaran.
—Sí.
La respuesta fue tan directa que nadie habló.
Emma sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Por qué?
Arturo la miró.
—Porque tu hijo iba a destruir todo lo que construí.
Alejandro apretó los puños.
—No construiste nada.
—Tu padre recibió una fortuna.
—Y tú querías quitársela.
Arturo negó.
—No quería quitársela.
Se acercó un poco.
—Quería recuperarla.
El padre de Alejandro levantó el arma.
—Todo terminó, Arturo.
Arturo lo miró.
—Tú deberías estar muerto.
—Eso creíste.
—No.
Arturo sonrió.
—Lo sabía.
Alejandro miró a su padre.
—¿Qué significa eso?
Arturo respondió:
—Tu padre nunca pudo esconderse de mí.
El padre de Alejandro dio un paso.
—Déjalos ir.
—No.
—Arturo.
—Durante años esperé este momento.
Arturo miró a Lucas.
—El niño es mío.
Emma lo abrazó con más fuerza.
—No.
Arturo levantó una ceja.
—No me refería a que fuera mi hijo.
Alejandro apuntó.
—Entonces habla claro.
—Me refiero a que su existencia me pertenece.
Alejandro sintió que la rabia lo consumía.
—Mi hijo no le pertenece a nadie.
Arturo sonrió.
—Eso lo decidirá la ley.
Gabriel dio un paso adelante.
—¿Qué ley?
Arturo sacó unos documentos.
—La ley de sucesión.
Los dejó sobre la mesa.
—Cuando Alejandro cumpla ciertas condiciones, las acciones ocultas de su padre pasarán a su heredero legítimo.
Alejandro miró los papeles.
—Lucas.
—Exactamente.
Arturo señaló al niño.
—Y mientras Lucas exista, yo no puedo controlar las acciones.
Emma comprendió.
—Por eso querías que muriera.
Arturo la miró.
—Sí.
El padre de Alejandro levantó el arma.
—No vuelvas a decirlo.
Arturo sonrió.
—¿Todavía te haces el padre protector?
—Soy su padre.
—No.
Arturo negó.
—Eres el hombre que abandonó a sus hijos para salvarse.
Alejandro sintió un golpe en el pecho.
Su padre bajó ligeramente el arma.
Arturo continuó:
—Dime, Alejandro. ¿Sabes cuántas veces tu padre pudo regresar?
Alejandro miró a su padre.
—¿Cuántas?
El hombre guardó silencio.
Arturo respondió:
—Cientos.
Alejandro sintió que la rabia se transformaba en dolor.
—¿Es verdad?
Su padre bajó la mirada.
—Sí.
Emma observó a Alejandro.
—¿Por qué?
El hombre respondió:
—Porque cada vez que intentaba acercarme, Arturo amenazaba con matarlos.
Arturo soltó una carcajada.
—Y funcionó.
Alejandro apretó el arma.
—Me dejaste creer que estabas muerto.
—Para protegerte.
—¡No me protegiste!
Su voz resonó por toda la habitación.
—Me dejaste solo.
Su padre cerró los ojos.
—Lo sé.
—Te lloré.
—Lo sé.
—Y mientras yo pensaba que habías muerto...
Alejandro se quedó sin palabras.
Su padre lo miró.
—Perdóname.
Arturo interrumpió:
—Qué escena tan conmovedora.
Gabriel apuntó hacia él.
—Cállate.
Arturo sonrió.
—Tienes diez segundos para entregarme al niño.
Alejandro negó.
—No.
—Entonces empezaré a disparar.
—Hazlo.
Emma lo miró sorprendida.
Alejandro continuó:
—Pero antes tendrás que pasar por mí.
Arturo hizo una señal.
Tres hombres aparecieron detrás de él.
Gabriel levantó el arma.
—¡Ahora!
Los disparos comenzaron.
Emma se agachó con Lucas.
Alejandro corrió hacia Arturo.
Ambos chocaron contra una mesa.
Arturo golpeó a Alejandro en el rostro.
Alejandro respondió.
Cayeron al suelo.
El padre de Alejandro disparó contra uno de los hombres.
Gabriel derribó a otro.
Victoria corrió hacia Emma.
—¡Por aquí!
Emma tomó a Lucas.
—¿Dónde?
—Hay una salida detrás de la pared.
—¡Vamos!
Mientras escapaban, Arturo logró levantarse.
Miró a Alejandro.
—No puedes esconderlo para siempre.
Alejandro se limpió la sangre del labio.
—No necesito esconderlo.
Levantó el arma.
—Necesito acabar contigo.
Arturo sonrió.
—Entonces ven.
Y salió corriendo.
Alejandro quiso seguirlo.
Pero escuchó un grito.
—¡Alejandro!
Era Emma.
Se giró.
Emma estaba en el suelo.
Lucas no estaba con ella.
Alejandro sintió que el corazón se le detenía.
—¿Dónde está?
Emma señaló hacia el pasillo.
—¡Se lo llevaron!
Alejandro corrió.
—¡Lucas!
Escuchó pasos alejándose.
Corrió más rápido.
Al doblar la esquina, vio una puerta cerrándose.