—Tu madre.
Las palabras de Claudia quedaron suspendidas en el aire.
Alejandro no reaccionó.
Durante unos segundos pareció que ni siquiera había entendido.
—No —dijo finalmente—. Mi madre murió.
Claudia negó lentamente.
—Eso fue lo que todos creyeron.
—Yo estuve en su funeral.
—Lo sé.
—Vi su ataúd.
—Estaba vacío.
Alejandro sintió que la sangre le abandonaba el rostro.
—¿Qué estás diciendo?
Claudia intentó incorporarse.
—Que la mujer que creías enterrada lleva años escondida.
Emma miró hacia la ventana por donde se habían llevado a Mateo.
—¿Y ella tiene a mi hijo?
—Sí.
—¿Por qué?
Claudia cerró los ojos.
—Porque Mateo no debía existir.
Alejandro se arrodilló frente a ella.
—Habla.
—Tu madre descubrió que tu padre había tenido un segundo heredero.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
Claudia lo miró.
—Ella descubrió algo mucho peor.
Alejandro apretó los dientes.
—¿Qué?
—Descubrió que tu padre había dejado una cláusula secreta.
Gabriel se acercó.
—¿Qué cláusula?
Claudia respondió:
—Si alguno de sus hijos tenía descendencia, todas las acciones ocultas pasarían a esos niños.
Alejandro entendió.
—Lucas y Mateo.
—Sí.
—Por eso quería eliminarlos.
Claudia negó.
—No quería eliminarlos a los dos.
Emma sintió un escalofrío.
—¿Qué quería hacer?
Claudia la miró.
—Quería quedarse con uno.
Alejandro se puso de pie.
—¿Cuál?
—Mateo.
Emma sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Por qué él?
—Porque nació primero.
Alejandro quedó inmóvil.
—¿Mateo es mi primogénito?
Claudia asintió.
—Sí.
Emma se llevó una mano a la boca.
—Entonces...
—Mateo es el heredero principal.
Alejandro comprendió finalmente la razón de todo.
Lucas había sido una amenaza.
Pero Mateo era la llave.
El niño que había sido escondido durante casi seis años.
El niño que todos habían dado por muerto.
El hijo que podía cambiar la sucesión de la familia Ferrer.
—Tenemos que encontrarlo —dijo Emma.
Alejandro la miró.
—Lo encontraremos.
—¿Cómo?
—Antes de que ella haga algo.
Claudia negó.
—No tienen mucho tiempo.
Gabriel preguntó:
—¿Dónde puede llevarlo?
Claudia respondió:
—A la casa de tu madre.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—Claudia.
—No lo sé.
—¡Tú dijiste que estaba viva!
—Sí.
—Entonces sabes dónde.
Claudia cerró los ojos.
—La última vez que la vi fue hace cinco años.
Emma se acercó.
—¿Dónde?
Claudia la miró.
—En la casa donde te escondiste después de huir de Alejandro.
Emma sintió un escalofrío.
—La casa de la montaña.
Claudia asintió.
—Exactamente.
***
Alejandro se giró hacia Gabriel.
—¿Puedes rastrear a Samuel?
—Lo intentaré.
—No intentes.
Alejandro tomó su teléfono.
—Encuéntralo.
Gabriel asintió.
—Sí.
Victoria observaba en silencio.
Alejandro se acercó a ella.
—¿Tú sabías que mi madre estaba viva?
Victoria bajó la mirada.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace cinco años.
Alejandro sintió una profunda decepción.
—Todos lo sabían.
—No todos.
—Mi padre sí.
Victoria guardó silencio.
—Claudia sí.
Silencio.
—Samuel sí.
Victoria comenzó a llorar.
—Sí.
—¿Y tú también?
—Sí.
Alejandro se alejó.
—¿Por qué nadie me dijo?
Victoria respondió:
—Porque tu madre nos amenazó.
Alejandro se detuvo.
—¿Con qué?
—Con destruir a toda la familia.
—¿Cómo?
—Dijo que si revelábamos que estaba viva, haría desaparecer a Lucas.
Alejandro se giró lentamente.
—Entonces ella sabía de Lucas.
—Sí.
Emma sintió un escalofrío.
—¿Desde cuándo?
Victoria respondió:
—Desde antes de que naciera.
***
En ese momento, el teléfono de Alejandro vibró.
Número desconocido.
Contestó.
—¿Quién eres?
La voz de una mujer respondió:
—¿Ya descubriste quién se llevó a tu hijo?
Alejandro apretó el teléfono.
—¿Dónde está Mateo?
—A salvo.
—Déjame hablar con él.
Se escuchó un silencio.
Después, un pequeño llanto.
—Papá...
Alejandro cerró los ojos.
—Mateo.
El niño lloraba.
—Tengo miedo.
Emma comenzó a llorar.
—¡Mateo!
El niño pareció escucharla.
—¿Mamá?
—Sí, mi amor. Mamá está aquí.
—Quiero volver.
Alejandro sintió que se le rompía el corazón.
—Voy a buscarte.
La llamada se cortó.
Alejandro miró el teléfono.
—Está vivo.
Emma se acercó.
—Entonces vamos por él.
***
En algún lugar de la ciudad, una mujer sostenía a Mateo en brazos.
El niño estaba agotado.
—¿Por qué me llevaste?
La mujer lo miró.
—Porque necesito protegerte.
—Mi mamá me protege.
—Tu madre te ocultó.
Mateo negó.
—Ella me quiere.
La mujer guardó silencio.
—Sí.
—Mi papá también.
La mujer sintió una punzada de culpa.
—Tu padre no sabía que existías.
—Ahora sí.
—Sí.
—Entonces vendrá.
La mujer miró por la ventana.
—Sí.
—¿Y me llevará a casa?
La mujer tardó en responder.
—Eso dependerá de él.
Mateo frunció el ceño.
—¿De qué?
—De si está dispuesto a pagar el precio.
***
Alejandro llegó a la antigua casa de la montaña.
Emma iba a su lado.
Gabriel y Victoria entraron detrás.
La casa estaba abandonada.
Las ventanas estaban rotas.
La puerta se abrió con facilidad.
Emma sintió un nudo en el estómago.