♣
Nashlee.
♣
El olor a tierra mojada y flores silvestres de la hacienda Mirren solía ser pacífico, lleno de un ambiente fresco que daba completa paz, pero para mí solo era el telón de fondo de mi angustia.
Llevaba apenas tres meses trabajando como cuidadora personal en la propiedad. A pesar de pertenecer a una de las familias más adineradas y poderosas del país, la anciana Mirren siempre me había tratado con un respeto y una calidez humana que no abundaban en su clase social. Me hacía sentir cómoda en medio de tanto lujo, algo por lo que le estaba profundamente agradecida.
Era el trabajo perfecto, fácil y bien remunerado, perfecto para tratar de salvar la vida de mi tía madre, que tenía una enfermedad degenerativa que necesitaba de tratamientos continuos, pero eran muy caros y yo era una pobre chica sin estudios, que desde que ella enfermó, tuve que dedicarme a suplir sus necesidades.
Sostuve la lista de gastos personales sobre mis manos y sentí ese nudo familiar en la garganta. El tratamiento de mi tía no podía esperar más tiempo. El sueldo que recibía era justo, pero las emergencias médicas no entendían de presupuestos ajustados.
—Nashlee, querida —la voz pausada de la señora me sacó de mis pensamientos.
Estaba sentada en su sillón favorito junto al gran ventanal del salón principal. Le dediqué mi mejor sonrisa, guardando rápido los papeles en el bolsillo de mi delantal.
—¿Se siente bien, señora Mirren? ¿Necesita sus medicamentos?
—No, corazón, estoy perfectamente —dijo con calidez, tomando mis manos entre las suyas—. Quería pedirte un favor personal.
—Dígame de qué se trata —pregunté.
—Mi nieto Awen pasará unos días en su apartamento de la ciudad y necesita que lo dejen impecable hoy mismo. Aunque no le gusta que el personal común ande en sus cosas privadas, confío en tu discreción y en lo cuidadosa que eres. ¿Podrías ir a limpiarlo, por favor? —pidió.
—Por supuesto, señora. No hay problema —asentí de inmediato.
—Le diré a uno de los choferes que te lleve en el auto y no tienes que regresar hoy a la hacienda. Si quieres, puedes irte directo a tu casa.
—Lo haré, señor Mirren.
—Muchas gracias, cariño —dijo.
Mientras caminaba hacia la entrada principal para esperar el vehículo, mi mente no dejaba de dar vueltas a la petición.
En la hacienda se hablaba de ese nieto casi con reverencia: un hombre reservado, intocable y de un carácter tan estricto que imponía respeto sin pronunciar palabra. Para alguien de mi origen humilde, él pertenecía a un universo completamente ajeno, lleno de lujos e inaccesible, por lo que sentí un ligero cosquilleo de nerviosismo, pues sabía que debía dejar ese lugar impecable para no defraudar la confianza de la anciana ni darle motivos a ese heredero tan imponente para quejarse de mi trabajo.
Cincuenta minutos después, el auto de la hacienda me dejaba en la entrada de un exclusivo edificio en el centro de la ciudad y el chofer me dijo que había llegado a mi destino, así que me despedí.
Al abrir la puerta con el juego de llaves que me entregaron, me encontré con un lugar enorme, frío y dominado por tonos oscuros, pero no importaba. Debía hacer mi trabajo, así que durante tres largas horas me dediqué a dejar cada rincón impoluto: desinfecté cristales, ordené documentos y dejé el mármol reluciente.
Estaba a punto de juntar mis cosas para salir de ese apartamento antes de que llegara el dueño, cuando el sonido brusco del cerrojo me hizo dar un brinco.
La puerta principal se abrió de golpe y un hombre alto, de hombros anchos y porte imponente entró tambaleándose. Llevaba la corbata deshecha, la camisa desabotonada en el cuello y el cabello oscuro desordenado. Entonces se apoyó torpemente contra la pared, respirando con pesadez, mostrando una actitud sumamente extraña como si estuviera sofocado.
¿Qué le pasaba?
Un frío repentino me recorrió la espalda y, sintiéndome bastante nerviosa ante su inesperada aparición, di unos pasos hacia adelante con las manos temblorosas.
—¿Señor Mirren? —pregunté, conteniendo la respiración mientras me acercaba con cautela—. ¿Qué le sucede? ¿Se encuentra bien?
Al escuchar mi voz, levantó la cabeza de golpe y sus ojos claros estaban inyectados en sangre, nublados con una combinación de rabia y desorientación. Tenía la frente perlada de sudor por un calor sofocante que parecía emanar de su piel.
—Tú, ¿quién eres? —murmuró con la voz rasposa, fijando en mí una mirada abrasadora.
Su abuela me envió a limpiar su apartamento —respondí con más miedo que vergüenza.
— Llévame a la ducha. Necesito que me ayudes —pidió.
—¿Ayudarlo? ¿Cómo? —alcancé a articular, con el corazón golpeándome las costillas por el desconcierto.
—Lléveme al baño y abra la ducha en el agua fría. ¡Ya! —ordenó entre dientes, agarrándose del marco de la puerta mientras luchaba visiblemente por no perder el control.
—Sí, sí, ya voy —me apresuré.
Lo sostuve con fuerza, apoyando su peso contra mi hombro mientras caminábamos a tropezones hacia el baño principal. Su piel ardía como si tuviera fiebre alta, y su respiración entrecortada me golpeaba el cuello, haciéndome temblar de pies a cabeza.
—Ya casi llegamos —murmuré, con el corazón en la garganta.
Apenas cruzamos el umbral, me abrí paso hacia la ducha y, con las manos torpes por los nervios, giré las llaves al máximo para dejar que el estruendo del agua helada rompiera el silencio del baño justo un segundo antes de que la fuerza del caudal nos alcanzara de lleno.
El impacto del agua fría nos sacudió a los dos, empapando mi ropa y pegando su camisa oscura a su torso marcado. Jadeé por el frío, intentando soltarlo para dejarlo bajo el chorro.
—Listo, señor Mirren, quédese aquí, el agua le ayudará a bajar la temperatura —dije, dando un paso atrás para huir del baño, pero antes de que pudiera moverme, su mano se cerró con fuerza inquebrantable alrededor de mi brazo.
#337 en Novela contemporánea
#888 en Novela romántica
#316 en Chick lit
multimillonario compromiso, malentendidos románticos, hijosecreto
Editado: 06.11.2026