Valeria
Voy a concentrarme en terminar la universidad, me repetí una y otra vez.
Pero aun así, sentía las miradas.
Algunas chicas me observaban con desdén y burla. Eran las mismas a las que había invitado a mi supuesta boda.
Tragué saliva y traté de ignorarlas.
Caminé por el pasillo fingiendo seguridad, aunque por dentro me sentía hecha pedazos. Solté un suspiro cuando por fin entré al aula. Tenía que terminar, me faltaba solo este año y luego empezaría a buscar trabajo.
Por el momento, y gracias a Dios, vivíamos cómodamente.
Abrí mi cuaderno mientras esperaba al docente, y entonces lo vi.
Unos pequeños corazoncitos dibujados y una frase escrita con esa letra que conocía demasiado bien.
«El amor que te tengo es más allá de las estrellas. Jamás podrá compararse con algo real. Te amo, mi estrellita».
Sentí que algo dentro de mí se rompía otra vez.
Arrugué el papel entre mis manos y lo metí bruscamente en mi mochila.
—Maldito mentiroso —murmuré con rabia contenida.
Hace apenas una semana estuve a punto de casarme.
Y él me engañaba.
Me abandonó sin importarle nada.
Y ahora aquí estoy soportando las miradas de chicas que alguna vez creí mis amigas. Qué equivocada estuve.
Hoy volví a la universidad, no quería hacerlo.
Pero es mi último año y tengo que seguir. Tengo que continuar mi camino, aunque me duela admitir que fui una estúpida por creer en un amor que nunca existió.
—Valeria, qué malo te hizo tu supuesto novio
Forcé una sonrisa falsa y seguí garabateando en mi cuaderno, esperando que entendiera la indirecta.
No lo hizo.
—Imagínate —continuó con tono venenoso—, conocer a un chico que ni siquiera estudiaba aquí. Solo vino por diversión y la que cayó fuiste tú. Te dejó vestida y alborotada frente a todo el mundo.
Mis dedos se tensaron alrededor del bolígrafo.
—De eso no se muere nadie —añadió con falsa compasión—. Pero es un consejo sano, no vuelvas a enamorarte de un hombre que no conoces realmente, ah pero si lo conocías bien solo que no sus intenciones.
Levanté la mirada, harta.
—¿Me harías el favor de callarte la boca? —repliqué con fastidio—. No me interesa nada de lo que dices. Así que vete a tu pupitre y ven a molestar a otro lado.
Ella soltó una carcajada.
Sus amigas también.
Cerré los ojos un segundo y respiré hondo, esperando a que la clase terminara.
Porque necesitaba salir de aquí. Urgente.
***
Cuando por fin salí de la universidad, subí a un taxi y le di la dirección al conductor.
Destino una clínica. Tenía el estómago revuelto.
Llevaba días con náuseas matutinas y eso solo significaba una cosa que no quería aceptar.
Pero que ya era una maldita realidad.
Compré las pruebas de embarazo con las manos ligeramente temblorosas y regresé a casa.
Sin embargo, algo no estaba bien.
Había varios hombres afuera, mi ceño se frunció.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunté confundida.
Uno de ellos me miró con seriedad.
—¿Usted es la dueña?
—No pero mi madre lo es.
El hombre intercambió miradas con otro antes de hablar.
—El señor Francisco Úbeda dejó esta propiedad como garantía de un préstamo. Al no realizarse los pagos correspondientes la casa pasa a manos de la entidad acreedora.
Sentí que el mundo se inclinaba bajo mis pies.
—¿Qué? Eso es una locura —espeté—. Esto es lo único que nos queda. No pueden hacer esto.
El agente inmobiliario me mostró unos documentos.
Reconocí de inmediato la firma de mi padre, era un poder legal.
Si no había pagos, la casa sería entregada.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
En ese momento vi llegar a mi madre junto a la señora Jennifer.
—¿Qué está pasando aquí? ¿Quiénes son ustedes? —preguntó mamá, alarmada. — me tomó la mano.—¿Qué ocurre, hija?
Sin poder hablar, le entregué los papeles.
Vi cómo su rostro perdía el color mientras leía.
—Señora, ¿Usted es Karla de Úbeda? —preguntó el agente.
—Sí… soy yo… ¿qué está pasando?
El hombre suspiró con formalidad fría.
—Lamento informarle que el señor Úbeda no realizó ningún pago del préstamo hipotecario. Según el contrato de garantía firmado, la propiedad entra en proceso de ejecución. Eso significa que la vivienda pasa legalmente al acreedor.
Mi madre negó, temblando.
—Eso es imposible… una locura… Paul dijo que el préstamo estaba al día…
—Entiendo su situación —continuó el agente—, pero el procedimiento es el siguiente. Se declara el incumplimiento del préstamo, se activa la ejecución de la garantía hipotecaria y finalmente se solicita el desalojo del inmueble por orden legal.
Sentí un frío recorrerme la espalda.
—Necesitamos que desalojen la residencia —añadió con voz firme— o nos veremos obligados a traer a las autoridades.
—¡No…! —gritó mamá.
La sostuve de inmediato.
—Mamá… tranquila…
Pero de pronto se llevó las manos a la cabeza.
Y cayó desmayada.
—¡Mamá! —grité desesperada.
Todo se volvió caótico.
—¡Por favor, dennos tiempo! —supliqué con la voz quebrada—. Miren cómo está mi mamá… por favor…
Los hombres se miraron entre sí.
Finalmente, el agente habló.
—Les daremos 24 horas. Mañana volveremos. Por favor, empiecen a empacar.
No pude decir nada más.
Cuando se fueron, mi hermano llegó y se asustó al ver a mamá.
Entre los tres la llevamos a la habitación. Le di unas pastillas para estabilizarla.
Pero por dentro, yo me estaba derrumbando.
Esto era lo peor que me había pasado después de haber sido abandonada, perder la casa por una deuda que mi padre nunca pagó y que según mi tío Paul, estaba bajo control.
Miré las pruebas de embarazo dentro de mi bolso.
Y el miedo me atravesó el pecho.
¿Qué iba a hacer ahora?
¿Qué íbamos a hacer si apenas nos quedaba dinero?