Valeria
Daba vueltas por el pasillo del hospital sin saber qué hacer. Habíamos viajado de la comarca hasta la capital en una ambulancia que trasladó a mamá de emergencia. Jennifer vino con ella; yo apenas tuve tiempo de empacar algo de ropa y sacar al niño del CDI. Ahora no sabia que iba hacer.
Mamá aún no salía de cirugía y la angustia me oprimía el pecho. La operación era complicada, a corazón abierto, y por eso la habían trasladado a la capital. Cada minuto que pasaba se sentía eterno.
Para completar el desastre, mi jefa estaba furiosa conmigo. Sabía que el despido era inminente. No tenía idea de qué haría de ahora en adelante. Mi hijo estaba sentado junto a Jennifer, dormitando, ajeno al caos que nos rodeaba. Me dolía verlo así, tan pequeño y ya cargando con tantas cosas. ¿Con quién lo dejaría? ¿Dónde viviríamos ahora? ¿Qué sería de mi vida?
No soy muy creyente de horóscopos ni tarot, pero recordé que leí, que este mes sería uno de los peores y que vendrían sorpresas desagradables. Solté un suspiro resignado. ¿Más sorpresas? Ya era demasiado.
Me senté junto a mi niño y lo recosté sobre mis piernas. Las horas pasaban y yo no dejaba de orar en silencio, pidiéndole a Dios que mi madre estuviera bien.
—Valeria, deberías ir a descansar. Creo que aquí hay un albergue. El niño se ve agotado —propuso Jennifer en voz baja.
—No, no es necesario. No podría dejarte sola con mamá. Él estará bien. No es la primera vez que pasamos dificultades, Jennifer.
Ella me miró con ternura.
—Lo sé, pero tú estás exhausta. No has dormido bien y ahora con lo de tu mamá…
En ese momento, las puertas del quirófano se abrieron. El médico salió y me acerqué de inmediato, con el corazón en la garganta. Él me dedicó una sonrisa tranquilizadora.
—No se preocupe. Su mamá está fuera de peligro. La cirugía fue un éxito.
Sentí que el aire volvía a mis pulmones. Casi me desplomé del alivio.
—Gracias, doctor… gracias.
Sin embargo, su expresión cambió ligeramente.
—Pero deberá permanecer en terapia intensiva al menos unas dos semanas. Necesita un tratamiento muy potente y lamentablemente, no contamos con ese medicamento en el hospital.
—¿Cómo…? ¿Y cómo puedo conseguirlo? —pregunté, sintiendo que el alivio se desvanecía.
—Deberá adquirirlo en una farmacéutica. Le anotaré el nombre en la receta. El resto del tratamiento lo cubrirá el hospital, pero ese medicamento es indispensable.
Asentí en silencio, con la mirada baja. Cuando el médico se retiró, me senté junto a Jennifer. Ella tomó mi mano.
—Tendremos que quedarnos aquí por tu mamá —dijo con firmeza.
—Sí, Jenny… pero no sé qué voy a hacer. Tengo que llamar a mi hermano. Él tiene que ayudarme. Perdí mi trabajo y después de aquello, ya no quise quedarme en la capital.
Jennifer me abrazó con fuerzas. Realmente, no quería encontrarme con ese hombre. Y mucho menos con Rodrigo, con su manera de hablar de la “vida perfecta” que llevaba Emir. Pero no tenía opción. Necesitaba trabajo. Necesitaba dinero. Necesitaba mantener a mi hijo y pagar el tratamiento de mamá.
Miré a mi pequeño y el miedo volvió a apoderarse de mí. También tendría que buscarle una escuela o una guardería mientras trabajaba.
Marqué el número de mi hermano y le conté lo ocurrido. No pasó ni media hora cuando apareció en el hospital.
—¿Cómo pasó esto? Hemos hecho todo lo posible por mantener su bienestar emocional… —dijo preocupado.
Negué con la cabeza. Yo tampoco entendía cómo mamá había colapsado de esa manera.
Entramos a verla. Estaba pálida, inconsciente, rodeada de máquinas que pitaban suavemente. Le pedí a Jennifer que se quedara con mi hijo mientras mi hermano y yo hablábamos con el médico sobre los trámites y el tratamiento, que debía administrarse a diario durante al menos tres meses.
Cuando salimos, mi hermano me miró con seriedad.
—¿Qué vas a hacer, hermana? ¿Te vas a quedar en la capital?
Lo miré fijamente.
—¿Y qué otra opción tengo? Mamá está enferma. En la comarca no hay especialistas. Me despidieron del trabajo y no sé cómo voy a pagar todo esto.
Él me sonrió con suavidad y me dio un beso en la mejilla.
—Pueden quedarse conmigo en mi apartamento. No es grande, pero es cómodo. Así podrás concentrarte en conseguir el tratamiento de mamá y buscar trabajo. Vale, recuerda que no estás sola y en cuanto a Thiago, lo estaré cuidando mis días libres.
—Muchas gracias, Fernando…
El me beso la mejía y sonrió.
Le devolví una sonrisa forzada. La presión era inmensa. Demasiadas decisiones, demasiado miedo, sobre todo las responsabilidades cayendo sobre mis hombros de golpe.
Pero no podía derrumbarme, en el pasado no lo hice, ahora peor.
Habían pasado algunos días desde que me instalé en el apartamento de mi hermano junto a Jennifer y mi hijo. El lugar no era grande, pero era acogedor. Dormíamos apretados, compartíamos espacios, pero al menos teníamos un techo seguro.
Mi exjefa me envió la liquidación. No era mucho, pero me alcanzó para comprar víveres básicos, algunos artículos necesarios para la casa y lo más importante, parte del tratamiento de mamá. Las ampollas eran carísimas, aun así por el bienestar de mi madre, nada de eso debía importar.
También inscribí a mi hijo en una escuela cercana. Podían cuidarlo ocho horas al día. Me partía el corazón dejarlo allí, verlo entrar con su mochilita y esa sonrisa valiente que heredó de mí. Pero no tenía opción. La salud de mamá dependía de que yo encontrara trabajo en la capital.
Había enviado currículums a varios lugares. La mayoría solo me pedía que enviara mis documentos por correo electrónico. Todo quedaba en “le llamaremos”.
Ahora mismo me encuentro en multicentro estaba en el parqueo, sentada en una banca mientras tomaba una malteada barata que compré en un quiosco. Observaba a los niños jugar. Por un momento, fingí que mi vida era normal.