CAPÍTULO 1
El viento rosa
El pueblo despertaba lentamente con la luz del amanecer.
Las primeras puertas se abrían, los panaderos encendían sus hornos y el aroma a pan caliente comenzaba a llenar las calles de piedra.
En la plaza central, entre puestos de frutas y telas de colores, Sofía caminaba con una pequeña cesta entre las manos.
No vestía aún el hábito de monja, pero llevaba un vestido sencillo y un velo claro que cubría parte de su cabello. Sus padres decían que pronto sería enviada al convento para comenzar su formación.
Pero Sofía intentaba no pensar en eso.
Se detuvo frente a un niño pequeño que estaba sentado en el borde de una fuente. Tenía las rodillas raspadas y el rostro lleno de lágrimas.
—¿Te caíste? —preguntó con suavidad.
El niño asintió.
Sofía se arrodilló frente a él, sacó un pequeño pañuelo de su cesta y limpió con cuidado la herida.
—Ya está… —dijo sonriendo—. No fue tan grave.
El niño dejó de llorar poco a poco.
En ese momento una brisa suave atravesó la plaza.
Las hojas de los árboles se movieron lentamente y algunos pétalos de flores comenzaron a girar en el aire.
Sofía levantó la mirada.
El viento tenía algo extraño.
No era frío ni fuerte.
Era cálido… y parecía teñido de un leve tono rosado por la luz del amanecer.
Al otro lado de la plaza, un joven observaba la escena.
Vestía ropa sencilla de viaje, pero su postura y su mirada revelaban algo que no pertenecía a la vida común del pueblo.
Lucas, príncipe heredero del reino, había escapado del palacio aquella mañana para caminar entre la gente sin escoltas ni protocolos.
Y entonces la vio.
Una joven inclinada junto a un niño herido, sonriendo con una calma que parecía detener el tiempo.
El viento volvió a soplar.
Los pétalos rosados flotaron entre ellos, cruzando lentamente la plaza.
Lucas dio un paso hacia adelante.
Sofía también levantó la vista en ese mismo instante.
Sus miradas se encontraron.
Por un segundo todo el ruido del mercado desapareció.
Solo quedó el viento.
Un anciano que vendía flores murmuró desde su puesto:
—Miren eso…
El viento rosa.
Pero ninguno de los dos escuchó.
Porque en ese momento, sin saberlo, el destino acababa de atar el primer nudo de un hilo que ni el tiempo podría romper.