Luna no podía dejar de pensar en el encuentro en la librería. No era común que alguien la sorprendiera con tanta naturalidad, mucho menos que le despertara esa sensación extraña de familiaridad. Había algo en su voz, en su forma tranquila de mirar, que le resultaba imposible de borrar.
Al día siguiente decidió volver a la librería, tal vez para perderse otra vez entre estantes con la esperanza de volver a verlo. No lo admitía en voz alta, pero el recuerdo de aquella sonrisa le daba vueltas en la cabeza.
La lluvia volvía a acompañar la tarde, como si se empeñara en ser testigo de cada uno de sus pasos. Luna caminó entre los pasillos hasta detenerse frente a la misma estantería. Esta vez, no buscaba ningún título en particular, solo dejó que sus manos recorrieran los libros al azar.
De pronto, al abrir uno de tapa gastada, cayó una pequeña hoja doblada con cuidado. El corazón le dio un vuelco, la desplegó con manos temblorosas y leyó:
"A veces las palabras se esconden, pero siempre encuentran el camino hacia quien las necesita. Si volvés a abrir este libro, quizás podamos seguir la conversación que dejamos pendiente. P. D.: la lluvia también escribe, solo hay que saber leerla."
Luna se quedó inmóvil, con la nota en la mano. La caligrafía era firme, elegante, distinta. No hacía falta un nombre; sabía que era de él.
Sintió una mezcla de incredulidad y alegría. El azar, que hasta entonces había tejido hilos invisibles, parecía ahora jugar a su favor de manera descarada.
Guardó la nota en su cuaderno y, por primera vez en mucho tiempo, sonrió sola. No sabía si lo volvería a ver pronto, pero entendió algo: había comenzado un diálogo secreto, escrito bajo la complicidad de la lluvia.
Esa tarde, al regresar al departamento, seguía pensando en la nota. Caminaba distraída bajo su paraguas cuando, al llegar a la puerta del edificio, no se fijó en la figura que salía al mismo tiempo.
El choque fue inevitable.
—¡Ay! —exclamó Luna al perder el equilibrio y terminar sentada en el suelo, con el cuaderno en las manos—. Perdón, perdón… no miraba.
Una risa contenida la hizo levantar la vista. Era él.
—Veo que seguimos encontrándonos en lugares altos y bajos —dijo con tono divertido mientras le tendía la mano para ayudarla a levantarse—. Primero los estantes, ahora el suelo.
Luna sintió cómo le ardían las mejillas.
Tomó su mano, intentando disimular la vergüenza.
—Bueno… al menos esta vez no fue un libro lo que se me cayó, fui yo.
Ambos rieron, y ese instante torpe se transformó en algo ligero, casi cómplice. La lluvia seguía cayendo, pero para Luna ya no era un telón gris: era la melodía que acompañaba un encuentro que parecía escrito de antemano.
Editado: 24.02.2026