Ella todavía sentía calor en las mejillas mientras él la ayudaba a levantarse. La vergüenza la hacía reírse sola, pero sus ojos brillaban con esa chispa que aparece cuando algo inesperado rompe la rutina.
Él sostuvo el paraguas sobre ambos, protegiéndolos de la llovizna fina.
—Creo que lo justo ahora es compensar la caída —dijo con media sonrisa—. ¿Un café o un te quizás? Está abierto el bar de la esquina.
Dudó unos segundos. Parte de ella quería correr a refugiarse al departamento, ocultar la torpeza del momento. Pero otra parte, más fuerte y más sincera, le pedía quedarse.
—Está bien —respondió, bajando la mirada, aunque sus labios esbozaban una sonrisa tímida—. Pero prometo no tropezar con la mesa.
El bar era pequeño y cálido, con mesas de madera y un viejo disco de jazz sonando de fondo. El vapor del café y del te recién hecho empañaba los vidrios, mientras la lluvia dibujaba caminos en ellos como si quisiera participar de la conversación.
Se sentaron frente a frente. El cuaderno de Luna, que había rescatado del suelo, descansaba ahora sobre la mesa. Él lo miró con curiosidad, pero no preguntó.
—Entonces… —dijo él, rompiendo el silencio mientras revolvía su café—. Psicología, ¿eh? No todos se animan a elegir un libro de ese estante.
Luna sonrió.
—Supongo que me gusta encontrar respuestas donde otros ven complicaciones. Además… —se detuvo, como si estuviera a punto de revelar un secreto—, siento que los libros de psicología no hablan solo de teorías, hablan de las grietas, de lo que somos en lo profundo.
Él asintió, observándola con atención.
—Me gusta cómo lo decís. Quizás por eso también escribo. Es como dejar notas escondidas para uno mismo… o para alguien que algún día las pueda leer.
El corazón de Luna dio un salto. No se atrevió a preguntar directamente si la nota en el libro era suya, pero la coincidencia era demasiado perfecta.
—¿Escribís? —preguntó, fingiendo naturalidad mientras acariciaba la taza caliente.
Él sonrió, como si hubiese estado esperando esa pregunta.
—Sí. Más de lo que debería. A veces creo que escribo para no olvidar lo que todavía no me pasó. O quizás sea para desahogarme.
Las palabras flotaron en el aire, y Luna las guardó como un tesoro. Sintió que algo en ella empezaba a abrirse, como una ventana que llevaba demasiado tiempo cerrada.
Hablaron de libros, de lluvia, de música. El tiempo se volvió blando, casi inexistente. Y cuando la tarde comenzó a apagarse, Luna comprendió que aquel encuentro, nacido del azar y la torpeza, era apenas el inicio de una historia que aún no sabía cómo se escribiría.
Ella todavía sentía calor en las mejillas mientras él la ayudaba a levantarse. La vergüenza la hacía reírse sola, pero sus ojos brillaban con esa chispa que aparece cuando algo inesperado rompe la rutina.
Él sostuvo el paraguas sobre ambos, protegiéndolos de la llovizna fina.
—Creo que lo justo ahora es compensar la caída —dijo con media sonrisa—. ¿Un café o un te quizás? Está abierto el bar de la esquina.
Dudó unos segundos. Parte de ella quería correr a refugiarse al departamento, ocultar la torpeza del momento. Pero otra parte, más fuerte y más sincera, le pedía quedarse.
—Está bien —respondió, bajando la mirada, aunque sus labios esbozaban una sonrisa tímida—. Pero prometo no tropezar con la mesa.
El bar era pequeño y cálido, con mesas de madera y un viejo disco de jazz sonando de fondo. El vapor del café y del te recién hecho empañaba los vidrios, mientras la lluvia dibujaba caminos en ellos como si quisiera participar de la conversación.
Se sentaron frente a frente. El cuaderno de Luna, que había rescatado del suelo, descansaba ahora sobre la mesa. Él lo miró con curiosidad, pero no preguntó.
—Entonces… —dijo él, rompiendo el silencio mientras revolvía su café—. Psicología, ¿eh? No todos se animan a elegir un libro de ese estante.
Luna sonrió.
—Supongo que me gusta encontrar respuestas donde otros ven complicaciones. Además… —se detuvo, como si estuviera a punto de revelar un secreto—, siento que los libros de psicología no hablan solo de teorías, hablan de las grietas, de lo que somos en lo profundo.
Él asintió, observándola con atención.
—Me gusta cómo lo decís. Quizás por eso también escribo. Es como dejar notas escondidas para uno mismo… o para alguien que algún día las pueda leer.
El corazón de Luna dio un salto. No se atrevió a preguntar directamente si la nota en el libro era suya, pero la coincidencia era demasiado perfecta.
—¿Escribís? —preguntó, fingiendo naturalidad mientras acariciaba la taza caliente.
Él sonrió, como si hubiese estado esperando esa pregunta.
—Sí. Más de lo que debería. A veces creo que escribo para no olvidar lo que todavía no me pasó. O quizás sea para desahogarme.
Las palabras flotaron en el aire, y Luna las guardó como un tesoro. Sintió que algo en ella empezaba a abrirse, como una ventana que llevaba demasiado tiempo cerrada.
Editado: 30.04.2026