Presente
El taller de Elena olía a cola de trigo y a papel viejo, dos olores que la mayoría de la gente encontraba tristes y que a ella, en cambio, la tranquilizaban como una habitación conocida. Llevaba algunos años restaurando lo que otros daban por perdido — lomos partidos, tinta comida por la humedad, guardas que se deshacían al tacto— y aprendiendo que la única forma de salvar un documento antiguo era devolverle la estructura sin dejar huellas de la mano que lo había curado.
Era un martes de octubre, con la lluvia golpeando el escaparate y la agenda del día tan vacía como cualquier otro martes de octubre: dos entregas por la tarde, ningún cliente nuevo, nada que la hiciera levantar la vista cada vez que un coche pasaba despacio por la calle.
En algún momento había dejado de notar la diferencia entre reparar libros y reparar cualquier otra cosa que se hubiera dejado caer demasiado tiempo sin que nadie la sostuviera. Era una comparación que evitaba hacer en voz alta frecuentemente.
La campanilla de la puerta sonó a las cuatro en punto.
Elena no levantó la vista de inmediato. Terminó de asegurar la pinza sobre la página que tenía entre las manos, contó hasta tres —una costumbre que había adoptado hacía años para no depender de instintos que a veces la traicionaban— y entonces sí, se quitó los guantes y miró hacia la puerta.
Tardó un segundo entero en reconocerlo. Y otro segundo en que su cuerpo terminara de creerle a sus ojos.
No lo esperaba en Londres, y mucho menos en su taller. La última noticia que había tenido de él —de segunda mano, hacía ya años, por alguien que conocía a alguien— lo situaba en Nueva York, o en Zúrich, o en alguna otra ciudad con la clase de nombre que solo aparece en titulares de finanzas. Ella, mientras tanto, no se había movido ni una calle: el mismo taller, casi el mismo barrio en el que había crecido, construyendo una reputación ladrillo a ladrillo mientras él, imaginaba, construía la suya en salas de juntas y aeropuertos.
—Hola, Elena.
La voz no había cambiado. Eso fue lo que más la desestabilizó: que diez años bastaran para cambiarlo casi todo en un hombre —el corte del abrigo, las líneas nuevas alrededor de los ojos, algo más quieto en la forma de pararse— y no lo suficiente para tocar la voz con la que una vez, en esa misma ciudad, se habían reído juntos hasta las tres de la madrugada por cualquier tontería, la clase de risa fácil que ella no había vuelto a encontrar con nadie más en ese tiempo.
—Adrian.
No dijo nada más. No confiaba todavía en lo que fuera a salir después de su nombre.
Él avanzó dos pasos, se detuvo antes de llegar al mostrador —una distancia calculada, notó ella, la distancia exacta que se deja cuando uno no sabe si tiene derecho a acercarse más— y dejó sobre el mostrador una caja de conservación, de esas con esquinas reforzadas que solo usa la gente que sabe lo que está transportando.
—¿Qué haces aquí? —fue lo único que consiguió decir, y se odió un poco por lo mucho que sonó a pregunta de verdad, no a saludo.
—Buscarte. —Adrian se pasó la mano por la nuca, un gesto que ella recordaba de su adolescencia y que, por lo visto, tampoco había cambiado—. Pensé en llamar primero, pero me di cuenta que ya no tengo tu número. Así que vine directamente.
—Es verdad, ha pasado tanto tiempo.
—Una década…—confirmó Adrian.
Un silencio incómodo siguió a esa frase. Elena sintió que algo en su pecho, algo que llevaba los mismos años de ausencia cerrado con cuidado, se movía apenas un centímetro. Lo odió un poco por eso. Lo odió más por lo fácil que le resultaba a él seguir siendo la única persona capaz de hacerla sonreír sin quererlo, incluso ahora, incluso enojada.
—¿Y qué es tan importante que has venido en persona?
Adrian abrió la caja con un cuidado que ella reconoció de inmediato —no el cuidado de quien maneja algo caro, sino el de quien maneja algo que le importa por otras razones— y sacó un volumen pequeño, encuadernado en piel oscura, con el lomo partido en dos sitios y las guardas manchadas de un marrón antiguo que a Elena, profesionalmente, le dio un vuelco el corazón, aunque el pensamiento le cruzó la cabeza de todas formas.
—Era de mi padre —dijo—. Lo encontré hace un par de meses, revisando sus cosas. Murió en primavera.
Elena sintió que el aire cambiaba de peso, y una quietud distinta se instaló entre ellos, más densa que la que deja el polvo asentándose tras años sobre un libro sin abrir.
—Lo siento mucho —dijo, y era cierto: se había enterado por terceros, meses después, y para entonces ya le había parecido demasiado tarde, o demasiado extraño, escribirle solo para decir eso—. Debí haberte llamado para darte el pésame.
—Lo sé. No tenías por qué.
—Pero igual quería decírtelo. —Hizo una pausa, y se permitió preguntar lo que de verdad quería saber—. ¿Cómo estás?
La expresión de Adrian se aflojó un poco, como si no esperara la pregunta.
—Gracias por preguntar. —Sonrió apenas—. Estoy bien. No ha sido fácil, pero lo voy aceptando.
Ella asintió, sin insistir más de lo necesario.
—Es un diario —continuó él, señalando el volumen con la cabeza, como si necesitara volver a un terreno más seguro—. Mil ochocientos ochenta y ocho, si la fecha de la primera página no miente.
#5150 en Novela romántica
#642 en Thriller
#288 en Misterio
romance amistad, romance historico victoriano, misterio de arte y libros antiguos
Editado: 05.08.2026