El Hilo Rojo

Capítulo 3. El ladrón de libros.

Del diario

14 de marzo de 1888

Llevaba la falda embarrada hasta la rodilla y las manos negras de tierra cuando sonaron los golpes en la puerta trasera, no en la principal, que es la primera cosa que debí haber anotado como advertencia. Nadie que llama a la puerta de atrás pasadas las nueve de la noche trae buenas intenciones, ni buena salud.

Había pasado la tarde arrancando raíces de consuelda antes de que la helada las echara a perder. El olor de la tierra húmeda seguía pegado a mis manos cuando fui a abrir, con el candil en una mano y la otra todavía manchada hasta la muñeca.

El pueblo entero dormía ya, o fingía dormir, que es lo que suele hacer un pueblo pequeño cuando algo fuera de lo común llama a una puerta después del anochecer. Solo se oía el viento contra los postigos y, más lejos, el ladrido cansado del perro del molinero, que ladra a todo y a nada por igual.

Así me encontró él: el pelo escapado de las horquillas, el delantal por encima del vestido de diario, más parecida a una mujer que cava zanjas que a cualquier idea de dama que un hombre de su clase pudiera reconocer.

No hizo ningún esfuerzo por disimular lo que pensó al verme. Fue apenas un segundo —una mirada rápida, de arriba abajo, que se detuvo en el barro seco de mis manos y no volvió a subir con ningún interés— pero yo llevo toda la vida leyendo esa mirada en hombres de su especie, y sé reconocerla incluso a la luz de un candil: desagrado, sin más disimulo del necesario para seguir siendo cortés.

El abrigo que llevaba, a pesar del barro y la sangre seca en la manga, no era prenda de quien tiene que preocuparse por el coste de un remiendo. La tela, el corte, incluso los botones —demasiado finos para el relato humilde que algo me decía que estaba a punto de darme— contaban una historia distinta a la que él estaba dispuesto a contarme.

Mencionó "Blackwood" a toda prisa, con el afán de no despertar preguntas. Tuve claro de inmediato que ese apellido era apenas la mitad de su nombre.

—Necesito ayuda —dijo, y solo entonces vi que sostenía el brazo derecho pegado al cuerpo, con la manga oscurecida de un modo que la noche no dejaba distinguir del todo si era barro o algo peor.

Era algo peor.

Lo hice pasar sin preguntar —sangre antes que modales, esa es mi única norma fija—.

Cerré la puerta trasera detrás de él antes de que la luz del candil pudiera verse desde la calle. Miró hacia atrás antes de entrar, como quien comprueba que no lo han seguido, me dijo que la discreción no era solo cortesía de mi parte: era la razón entera de que hubiera venido a mí y no a cualquier médico con nombre y consulta conocidos.

Me retiré detrás del biombo para quitarme el delantal y la sobrefalda sucios y ponerme un delantal limpio. Él ni siquiera tuvo la cortesía de volver la espalda; se limitó a examinar la botica como si mi incomodidad no mereciera consideración.

Antes de tocarlo siquiera, me lavé las manos en la palangana con el jabón de sosa que guardo junto a la puerta trasera. El barro es enemigo de cualquier herida abierta, y no iba a curarle un corte solo para dejarle una infección de regalo.

Lo senté junto al mostrador y encendí la lámpara de mecha alta, la que uso para coser heridas cuando la luz del día ya no alcanza. El corte le atravesaba el antebrazo izquierdo, limpio pero profundo, del tipo que deja un cristal roto, no un cuchillo. Sangraba con ganas, pero no lo suficiente como para preocuparme por algo más grave que unos puntos y una semana de cuidado.

Até un torniquete por encima del codo, no tanto por necesidad como por costumbre, y revisé el corte de cerca, apartando la piel con cuidado para asegurarme de que no quedaran esquirlas de cristal dentro. Encontré dos, diminutas, que extraje con las pinzas antes de que él pudiera protestar por el dolor. No protestó. Ni siquiera se quejó cuando limpié la herida con alcohol de romero, que escuece más de lo que cualquier paciente admite la primera vez. Solo apretó la mandíbula y clavó la vista en un punto fijo de la pared, como si decidir no sentir el dolor fuera, para él, una cuestión de disciplina y no de suerte.

—¿Cómo se ha hecho esto? —pregunté, mientras cortaba la manga de la camisa con las tijeras que uso para todo menos para tela.

—Un accidente.

—Los accidentes no suelen cortar tan recto. Esto lo hizo un cristal, y usted lo sabe tan bien como yo.

Se detuvo un instante demasiado largo. No fue el silencio de quien busca las palabras adecuadas, sino el de quien decide cuánta verdad está dispuesto a entregar.

—Estaba donde no debía estar, buscando algo que no me pertenece del todo, aunque tampoco le pertenece por entero a quien lo tiene guardado.

Se detuvo en seco, como si hubiera oído sus propias palabras un instante después de decirlas y no le hubieran gustado.

No pregunté más, aunque la curiosidad me mordía por dentro casi tanto como debía de morderle a él la herida.

—¿Y ha merecido la pena? —dije al fin, más por llenar el silencio mientras preparaba el hilo que por esperar respuesta.

—Todavía no lo sé. No conseguí lo que buscaba. Solo esto —contestó, señalando el corte con una mueca que no llegaba a ser sonrisa—. Un libro no vale una herida a medias.




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