El Hilo Rojo

Capítulo 4. E.W.

Presente

El sábado, Elena hizo algo que no hacía por un cliente desde hacía años: se llevó trabajo a casa.

No el diario —eso no salía del taller bajo ninguna circunstancia, humedad relativa controlada, temperatura constante, nada de riesgos innecesarios— sino las fotografías que había tomado de cada página, cargadas en la tableta e impresas, junto con un cuaderno nuevo que había empezado solo para esto. No para el catálogo de daños. Para lo otro.

Para las preguntas.

Su piso estaba a quince minutos a pie del taller, encima de una panadería que empezaba a hornear antes de que amaneciera, y los sábados olía a pan incluso con las ventanas cerradas. Se sirvió un café, extendió las fotografías sobre la mesa de la cocina en el orden en que las había tomado, y se dispuso a hacer lo que mejor sabía hacer: convertir fragmentos en una historia completa.

Pasó la mañana entera en la página de la Sociedad de Boticarios, buscando registros de licencias del último cuarto del diecinueve. La mayoría estaban digitalizados a medias, con esa letra administrativa victoriana que parecía diseñada para desalentar exactamente este tipo de búsqueda. Encontró tres E. algo: un Edward, un Ernest, y —casi al final de una lista que ya había revisado dos veces— una Eleanor.

No era ella. No podía serlo con solo un nombre de pila. Pero el corazón le dio un salto de todas formas.

Probó con registros parroquiales, con índices de gremios, con una base de datos de testamentos victorianos que cobraba una libra por cada búsqueda y que vació buena parte de su paciencia en descubrimientos irrelevantes: un E. Whitfield que resultó ser deshollinador, una Emma Warrington que murió soltera en Yorkshire sin haber tocado jamás un mortero. Cada callejón sin salida la irritaba con la precisión exacta de un crucigrama a medio resolver, y cada uno, de un modo que no le gustaba admitir, la enganchaba un poco más.

Fue el directorio comercial el que terminó de cerrar el círculo. Kelly's Post Office Directory, edición de 1887, sección de Kent: entre un herrero y un tendero de telas, una línea diminuta que a cualquier otra persona se le habría escapado.

Whitmore, E. — Boticaria. Aldbury Fen.

Elena se quedó mirando esas cuatro palabras más tiempo del que cualquier persona razonable le dedicaría a un renglón de un directorio comercial de hace ciento treinta y nueve años. E. Whitmore. Aldbury Fen.

No pasó la página. Permaneció inmóvil, leyendo aquellas cuatro palabras una y otra vez, como si pudieran cambiar de significado si las miraba el tiempo suficiente.

Fen había sido un pueblo tan pequeño que ni siquiera estaba en los mapas modernos —lo encontró, al final, absorbido dentro del límite administrativo de otro pueblo más grande, su nombre reducido a una calle.

E. Whitmore. Lo anotó en el cuaderno, subrayado dos veces, con la clase de rigor que llevaba años sin permitirse fuera del trabajo. No tenía nombre de pila todavía, pero por primera vez tenía algo que sonaba a persona real, no a una sombra sin identificar.

El teléfono vibró a media tarde.

Adrian: Sigo en Londres, por si el diario ya soltó algún secreto jugoso. También por si te apetece un café. Cualquiera de las dos cosas, o las dos.

Sonrió antes de poder evitarlo. Contestó que sí a la segunda, y a medias a la primera.

Se encontraron en la cafetería de la esquina, la misma en la que ella llevaba comprando café desde que abrió el taller, y que Adrian pareció reconocer con una sorpresa genuina —¿sigue existiendo este sitio?— que le recordó, de nuevo, cuánto tiempo llevaba fuera.

—Tengo un apellido —dijo ella, antes siquiera de que se sentaran—. Whitmore. E. Whitmore, para ser exactos. Todavía no sé qué esconde la E.

—¿Whitmore? —Adrian repitió el apellido despacio, como si lo probara contra algún archivo interno y no encontrara coincidencia—. No me suena de nada. ¿Debería?

—No lo sé. Tu padre nunca dijo de dónde lo sacó, así que cualquier nombre es tan buen punto de partida como otro.

Adrian señaló con la barbilla el cuaderno que ella había dejado sobre la mesa, ya abierto por una página cubierta de su letra.

—¿Eso es nuevo? Nunca te había visto llevar cuadernos a un café.

—Es solo para esto —dijo, sintiéndose un poco tonta al decirlo en voz alta—. No lo puedo explicar mejor que eso.

—No hace falta que lo expliques. Te conozco, ¿recuerdas?

—¿Y ya sabes algo del autor? Aparte del nombre.

Elena dudó. Había una versión de la respuesta que hablaba de una boticaria orgullosa, de recetas sin disculpas, de un hombre que llegó sangrando una noche de marzo pidiendo un remedio que no era exactamente lo que decía buscar. Y había una versión más corta, la que de verdad le apetecía dar.

—Sé que no le tenía miedo a nada —dijo—. Todavía estoy trabajando en el resto.

No mencionó a Blackwood, ni que se trataba de una mujer. No supo explicarse del todo por qué, salvo que la escena de esa noche se sentía como algo que aquella mujer había escrito para sí misma, no para que un desconocido —ni siquiera un desconocido tan poco desconocido como Adrian— la leyera por encima del hombro de un café con leche.




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