El Hilo Rojo

Capítulo 5. La fiebre.

Del diario

2 de abril de 1888

Volvió a venir.

Estaba moliendo semillas de mostaza en el mortero cuando sonó la campanilla —no tan tarde como para que el pueblo durmiera ya, pero con la tarde bien caída y las sombras largas sobre el mostrador. No levanté la vista. Seguí moliendo, el mismo ritmo de siempre, mientras la puerta se abría despacio y una figura cruzaba el umbral con el mismo cuidado de mirar antes hacia la calle que recordaba de la primera noche.

—Buenas noches. ¿En qué puedo ayudarlo? —dije, sin volverme, la vista fija en el mortero, como si cualquier cliente mereciera exactamente la misma atención que le estaba dando a las semillas de mostaza.

—Necesito un remedio —dijo, y la voz bastó para confirmarme lo que ya sospechaba— para alguien que está enfermo.

Dejé quieta la mano del mortero, aunque tardé un instante más de lo necesario en levantar la cabeza. Tiene los ojos de un color que no supe nombrar bajo la luz del candil —ni verdes del todo ni grises, algo entre las dos cosas que el fuego cambiaba según se movía— y me miraba con una atención que no recordaba de la primera vez, cuando apenas si se dignó a mirarme del todo.

—¿Para quién es? —pregunté.

—Mi primo. Se puso enfermo anoche, de repente. Fiebre alta, dolor de cabeza que no lo deja abrir los ojos a la luz, y esta mañana empezó a quejarse del estómago.

—¿Desde cuándo exactamente empezó la fiebre?

—Anoche, después de la cena. Antes de acostarse estaba perfectamente.

—¿Ha vomitado? ¿Hay manchas en la piel, algún sarpullido?

—No que yo haya visto. Solo la fiebre, la cabeza, y ahora el estómago.

—¿Por qué ha esperado a que cayera la tarde, si no trae ninguna herida que esconder?

—Un médico de nombre conocido entrando a esa casa a plena luz del día se nota. Y en cuanto se nota, la gente pregunta. Y las preguntas, en mi familia, tienen la costumbre de convertirse en habladurías que preferiría no volver a escuchar.

—¿Qué clase de habladurías?

No respondió. Fue la primera vez que lo vi elegir el silencio en lugar de una respuesta a medias, y me pareció, de las dos opciones, la más elocuente.

La boca, en cambio, no lograba disimular lo que callaba: la tenía apretada en una línea recta, la misma tensión que le vi la noche del cristal, cuando decidió no quejarse del dolor. Un hombre acostumbrado a que su cara no delate nada, pensé, que todavía no ha aprendido que la mía sí sabe leerla.

El paño de su chaqueta —oscuro, cortado con la precisión de un sastre que no trabaja para el pueblo— desentonaba tanto con los estantes de barro y cristal de mi botica como él mismo había desentonado la primera vez que entró aquí. Pero esta vez no hizo ningún gesto de desagrado al mirar alrededor. Fue lo primero que noté distinto en él.

—¿Ha comido algo fuera de lo habitual estos días? ¿Pescado, carne que no estuviera del todo fresca?

—No que yo sepa. Comemos lo mismo todos en la casa, y nadie más se ha quejado.

—¿Y el color de la orina? Discúlpeme la pregunta, pero es importante.

De pronto me pareció incómodo, no por mí, sino por la pregunta misma.

—No... no sabría decirle. No he preguntado algo así.

—Pregúntelo cuando llegue a casa. Si está oscura, como té cargado, necesito saberlo antes de decidir qué prepararle.

Eso descartaba, al menos, lo primero que se me había ocurrido. Le hice más preguntas —la edad de su primo, si había tenido fiebres así antes, si dormía bien, si el dolor de cabeza empeoraba con el ruido tanto como con la luz— y fui armando, con cada respuesta, una idea más clara de qué tenía entre manos: algo que podía ser tan simple como una indigestión mal curada, o el principio de algo con más paciencia y más mala intención.

—Voy a prepararle algo para la fiebre y el estómago —dije al fin—. Y algo para el dolor de cabeza, aparte, porque no siempre responden a lo mismo.

Fui a la trastienda y trabajé rápido: corteza de sauce para la fiebre, jengibre y menta para el estómago revuelto, y una tintura de valeriana diluida, suave, para que pudiera dormir sin que el dolor se lo impidiera. Pesé cada hierba con cuidado, calculando las proporciones para un hombre joven de complexión fuerte —a juzgar por lo poco que había deducido, un primo de edad similar a la suya, no un anciano ni un niño.

De reojo vi a Blackwood seguir todos mis movimientos con la atención paciente de un jugador de ajedrez anticipando una jugada definitiva.

Herví el agua, dejé infusionar la corteza el tiempo justo, y colé dos veces cada preparación, como hago siempre, para que ningún resto arenoso quedara flotando donde no debía. Envolví cada preparación por separado, con instrucciones claras escritas en el reverso de cada paquete —cuál antes de las comidas, cuál solo si el dolor era insoportable, cuál nunca mezclada con las otras dos—, y se lo tendí todo junto, atado con un cordel.

—Esto debería bajarle la fiebre y calmarle el estómago para esta noche —dije—. Que beba agua constantemente, aunque no tenga sed, y que descanse a oscuras si la luz le molesta los ojos. Si en dos días no ha mejorado, o empeora antes de eso, mande por mí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.