El Hilo Rojo

Capítulo 6. Ravensbourne.

Del diario

5 de abril de 1888

Llevo dos días sin escribir, y no por falta de qué contar, sino porque no he encontrado un momento para sentarme a hacerlo con calma. Al menos tuve la previsión de meter este cuaderno en el maletín junto con las vendas y las tinturas, como hago siempre. Nunca se sabe cuándo hará falta anotar una dosis o una duda, antes de que la memoria las deforme.

La casa a la que me llevó el muchacho no necesitaba que nadie me dijera su nombre. Ravensbourne se distingue desde el camino, con esa arboleda que ningún otro terrateniente del condado se puede permitir, y una verja con el escudo grabado que cualquier niño de la región reconocería sin necesitar leer una sola letra. Había oído hablar de la familia toda mi vida, del mismo modo en que se oye hablar del clima o de la iglesia: como un hecho del paisaje.

La cocina, cuando por fin crucé la puerta, bullía de actividad pese a la hora —una doncella calentando agua, otra con los brazos cargados de paños limpios. Olía a pan del día siguiente y a humo de carbón.

Nadie me llevó por la puerta principal, ni yo la esperaba: la entrada de los criados es la que le corresponde a una boticaria, por muy urgente que sea la fiebre que la reclama. Un criado me condujo por una escalera trasera y estrecha hasta el piso de arriba. Allí, el bullicio de la cocina daba paso, de golpe, a un silencio distinto: el silencio cuidado de quien paga para que hasta las bisagras obedezcan. El criado no me preguntó el nombre, quizá ya lo sabía, o quizá no le importaba.

Encontré al primo peor de lo que las palabras del muchacho me habían preparado para encontrar. Era fiebre alta de verdad, no la fiebre nerviosa de una familia que exagera, y el desvarío iba y venía: breves momentos de sentido entre largos tramos de delirio. Cuando conseguí que abriera los ojos, sus pupilas apenas se contrajeron ante la luz del candil.

Le tomé el pulso —rápido, débil, con saltos que no me gustaron— y le palpé el cuello y las axilas en busca de ganglios inflamados. No encontré nada que explicara el cuadro, y aquello me inquietó más de lo que habría querido admitir: prefiero un mal que reconozco a uno que se esconde.

Pregunté por el color de la orina, para encontrar pistas de este padecimiento, sin embargo, no fue concluyente.

—¿Lo ha revisado ya el médico de la familia?—pregunté.

—No, está de viaje, por eso la mandé llamar.

No supe nombrar lo que tenía delante, y eso, más que cualquier síntoma en particular, fue lo que más me inquietó. Le dije a Blackwood, sin adornar la verdad, que no sabía todavía si aquello era contagioso, y que hasta que lo supiera, nadie debía entrar o salir de la casa sin necesidad, yo incluida.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó, con una calma que hasta entonces no le había visto..

—No lo sé. Unos días, si tengo suerte. Más, si no la tengo.

Esperaba una discusión, o al menos una negociación —los hombres de su clase no suelen aceptar órdenes de una boticaria sin intentar primero encontrar un médico que les diga algo distinto—. Blackwood, sin embargo, se limitó a asentir y repitió mis instrucciones al servicio con una firmeza que no admitía preguntas. Nadie volvió a discutirlas. Fue la primera vez que mi palabra bastó dentro de una casa como aquella, sin que me pidieran repetirla con más humildad.

Blackwood decidió también dónde dormiría: una habitación de invitados cerca de la del primo, para que pudiera atenderlo de noche sin cruzar medio pasillo.

—Necesitaré que alguien vaya a mi casa por una muda —dije—, o que me permitan escribir a una vecina para que la traiga.

—No se preocupe por eso.

—Es un detalle práctico, no una preocupación.

—Aquí hay ropa de sobra. Mandaré que le den algo adecuado.

Cosas de ricos, pensé, aunque no lo dije en voz alta.

La convivencia forzada conserva una incomodidad que ninguno de los dos sabe disimular, aunque en dos días hemos aprendido, al menos, a no tropezar con ella a cada momento.

Mis días se han dividido entre el enfermo y la cocina. Paso horas cambiando paños fríos y obligándolo a beber agua con miel, aunque proteste entre el delirio; después bajo a preparar remedios en un rincón de la mesa grande, como si la trastienda de mi botica hubiera venido conmigo.

Las doncellas me miraron el primer día con la desconfianza que reservarían para un zorro entre las gallinas. Ahora una hierve el agua antes de que se lo pida, otra corta los paños al tamaño exacto y una tercera distingue ya la corteza de sauce de la de olmo mejor que algunos aprendices que he conocido. Entre las cuatro hemos convertido Ravensbourne en una botica con demasiadas habitaciones.

No había traído más que lo puesto, y lo puesto no era ropa para quedarse varios días en una casa ajena. Tal como había prometido, esa misma tarde se presentó una doncella con un vestido de la hermana de Blackwood, ausente en Londres por la temporada, que —según me aseguró dos veces, como si necesitara convencerme— no lo echaría de menos.

Me lo puse porque no tenía una alternativa mejor, no porque me importara la tela. A la mañana siguiente entré en el comedor y Blackwood se levantó de inmediato. El gesto fue correcto —quizá incluso automático ante una invitada en su mesa—, pero no lo había tenido conmigo ninguna de las veces anteriores. Me señaló una silla con una cortesía tan ceremonial que, por un instante, pareció mirarme de nuevo.




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