Presente
Elena leyó dos veces la última línea —muero por conocer el contenido del libro— y se quedó mirando la página, como si las palabras pudieran moverse y decir algo más. No lo hicieron. Elara Whitmore. Por fin un nombre completo, no solo una inicial junto a un apellido que llevaba semanas persiguiendo.
Pero no fue el nombre lo que más le costó soltar. Fue la escena del desayuno: el vestido prestado, la reverencia repentina y aquella frase escrita con una honestidad dolorosamente reconocible: no fue el vestido, fue darme cuenta de que el vestido era lo único que había cambiado. Elena recorrió la línea con la uña sobre el cristal, como si así pudiera fijarla y no perderla.
Se quitó los guantes y buscó «Ravensbourne» antes de hacer ninguna otra cosa. La finca existía, o había existido: figuraba en un registro patrimonial de Kent como «Ravensbourne Hall, siglo XVII, reformada en el XIX, actualmente en manos privadas». No había fotografías ni apellidos asociados; solo una dirección aproximada y una nota que indicaba que la propiedad no estaba abierta al público..
Afuera había empezado a llover otra vez. El sonido del agua contra el escaparate llenó el taller mientras Elena seguía con la vista clavada en la pantalla.
—¿Otra vez el diario? —preguntó Priya, asomándose por encima de su hombro con dos tazas de té que dejó sobre el mostrador sin que se lo pidieran.
—Otra vez el diario.
—Llevas así tres semanas. En algún momento vas a tener que decidir si esto es trabajo o... —Priya dejó la frase sin terminar, con una media sonrisa que Elena decidió ignorar.
—Es trabajo. Técnicamente.
—Técnicamente. Claro.
—Un día de estos vas a tener que contarme cómo termina —dijo Priya, mientras se alejaba a la trastienda.
—Algún día espero saberlo yo también.
Cerró el estuche de conservación con más cuidado del habitual, casi como una disculpa, y se quitó los guantes despacio. Dejó que la sesión terminara con la misma ceremonia con la que solía empezarla. Las páginas ya fotografiadas estaban a salvo; el bloque aún sellado permanecía en su alojamiento climatizado, esperando la siguiente fase del tratamiento. Ciento treinta y ocho años después de que Elara escribiera aquellas líneas, Elena llevaba semanas sin poder dejar de pensar en ella.
Llamó a Adrian esa misma tarde, en lugar de escribirle, porque lo que tenía que contarle no cabía bien en mensajes cortos.
—Tengo novedades —dijo en cuanto contestó—. Un nombre completo, para empezar: Elara Whitmore. Y una casa, o al menos un registro: una finca en Kent llamada Ravensbourne.
—¿Ravensbourne? —Hubo un silencio breve, de esa clase que Elena ya le conocía. No supo si Adrian había reconocido el nombre o si solo intentaba ubicarlo—. No me suena de nada. ¿Debería?
—No lo sé todavía. Es parte de lo que estoy investigando.
Le contó el resto atropelladamente: la fiebre del primo; la cuarentena que Elara había recomendado y Blackwood impuesto al servicio; la biblioteca cerrada por orden del dueño de la casa. También le habló del libro que Blackwood había buscado la noche en que se abrió el brazo y que, según todo indicaba, había conseguido encontrar.
—Es mucho más de lo que imaginaba cuando te llevé un diario antiguo para que lo restauraras —dijo él cuando terminó..
—A mí también me sorprende, para serte sincera.
—¿Y qué necesitas de mí?
—Papeles. Cualquier documento familiar de finales del siglo XIX: cartas, recibos, inventarios. Lo que sea, con el nombre Blackwood o Ravensbourne.
—Hay cajas de mi padre que no he tocado desde que murió. Podría ponerme a buscar, pero te aviso que su sistema de archivo era básicamente ninguno.
—Puedo ir a ayudarte. Se me da bien encontrar cosas en el caos de otras personas. Es literalmente mi trabajo.
—¿Es tu trabajo, o es curiosidad disfrazada de trabajo?
—¿Por qué no pueden ser las dos cosas?
—Sin ninguna objeción por mi parte. Solo constataba un patrón.
No se había ofrecido a ir únicamente por amabilidad, aunque una parte de ella habría preferido poder creerlo. Quería revisar las cajas con sus propias manos, sin depender de que Adrian reconociera qué podía ser importante. Quería saber qué contenía el libro y qué enfermedad había obligado a cerrar Ravensbourne ciento treinta y ocho años atrás. También quería saber si Elara había logrado curarla.
—Trato hecho, entonces. ¿El sábado? Te advierto: el ático no tiene calefacción y probablemente haya más polvo que cajas.
—He trabajado en peores condiciones por menos motivo.
—Eso no me sorprende en absoluto.
Colgaron poco después. El mensaje llegó unos minutos más tarde, cuando ambos habían tenido tiempo de convertir la invitación en un plan concreto..
Adrian: Diez de la mañana, si te parece bien. Te espero.
Elena: Ahí estaré.
Dejó el teléfono boca abajo sobre el mostrador, el mismo gesto de siempre, con una sensación que no supo si nombrar entusiasmo profesional o algo menos fácil de justificar. Probablemente las dos cosas a la vez, aunque llevaba semanas evitando hacer esa cuenta con demasiada honestidad.
#5150 en Novela romántica
#642 en Thriller
#288 en Misterio
romance amistad, romance historico victoriano, misterio de arte y libros antiguos
Editado: 05.08.2026