Del diario
8 de abril de 1888
El primo ha pasado dos días enteros sin fiebre. Come solo, reconoce las caras y ayer incluso se quejó de que la habitación olía a enfermo. En mi experiencia, conservar fuerzas para protestar suele ser una buena señal: quienes están demasiado cerca de la muerte rara vez gastan el aliento en el olor de su propio cuarto.
Ayer aceptó un poco de caldo sin devolverlo, y esta mañana tenía mejor color. He reducido a la mitad la corteza de sauce y mantengo el agua con miel en pequeñas cantidades. Además, ahora tolera caldo de carne: no es mucho, pero su estómago empieza a aceptar algo más sustancioso.
Le dije a Blackwood esta mañana que, si el primo sigue así dos días más, la cuarentena podrá levantarse. Esperaba que la noticia le aliviara sin más. En cambio, algo en su cara se quedó a medio camino entre el alivio y otra cosa que no llegó a nombrar, y que yo tampoco pregunté.
Aproveché la tarde, con el primo dormido y nadie reclamando mi atención, para caminar por la casa. No husmeaba, me dije, aunque no habría creído esa excusa en boca de nadie más. Así llegué al pasillo de la biblioteca y encontré la puerta entreabierta.
No sé cuánto tiempo contemplé la rendija de luz. El suficiente para convencerme de que acercarme no era del todo indebido: otra persona había dejado la puerta abierta.
Alcancé a ver, por el hueco: estanterías que llegaban hasta el techo, una escalera de mano apoyada contra una de ellas como si alguien la hubiera usado hacía poco y no hubiera vuelto a guardarla, y sobre un escritorio junto a la ventana, un volumen grande, más grande que cualquier libro que yo hubiera tenido nunca en mis manos, encuadernado en algo oscuro que desde esa distancia no supe si era piel o madera.
El corazón me latía sin que la caminata lo justificara. Me dije que solo quería confirmar si era el libro que Blackwood había buscado, quizá el mismo que podía explicar la fiebre del primo. Sabía, mientras me inventaba aquella razón práctica, que no era toda la verdad.
Nadie me detuvo. Di el segundo paso, y el tercero, y crucé el umbral con el corazón en la garganta, más temerosa de que me sorprendieran que de lo que pudiera encontrar.
El libro estaba abierto sobre el escritorio. Me incliné sin tocarlo; al menos me debía la decencia de no poner las manos sobre lo que no era mío.
El papel estaba amarillento de lo antiguo que era. La página no contenía fórmulas ni texto alguno, sino un dibujo que la ocupaba entera: un hombre y una mujer unidos por un hilo rojo que les atravesaba el pecho. La tinta parecía viva, casi húmeda, sobre el papel amarillento. En la muñeca izquierda del hombre se distinguía una pequeña espiral del mismo rojo.
No hice nada salvo mirarlo hasta grabármelo. Una certeza sin nombre me dijo que no tendría otra oportunidad.
Estaba tan absorta en el dibujo que no oí los pasos hasta que la voz de Blackwood me heló la sangre desde la puerta.
—Vaya. Parece que por fin ha saciado su curiosidad.
Me aparté del escritorio de un salto. Las mejillas me ardían con una vergüenza que no sentía desde que me sorprendieron robando ciruelas en el huerto del vicario.
—Yo... la puerta estaba abierta...
—La puerta estaba abierta —repitió, sin indulgencia, aunque tampoco con la furia que yo esperaba—. Qué conveniente.
Busqué la salida con los ojos. Blackwood seguía en el umbral, aunque había espacio suficiente para pasar si me atrevía a intentarlo. Pareció comprender el cálculo y no se movió.
—No hace falta que huya. Ya que está aquí, dígame qué ve.
—¿Perdón?
—El dibujo. Lo que sea que la tuviera tan absorta que no me oyó entrar. Dígame qué ve.
No supe si era una prueba, un castigo o simple curiosidad. Antes de decidirlo, mi mirada ya había vuelto a la página.
—Dos personas —dije, con más firmeza de la que sentía—. Unidas por un hilo rojo, tan oscuro que parece sangre.
Vacilé. La imagen me devolvió una historia que contaba mi abuela: una tejedora capaz de atar dos destinos con una sola hebra. Decía que quien quedaba prendido en ella no podía librarse en una vida, ni en la siguiente, hasta saldar la deuda del nudo.
Blackwood permaneció inmóvil. La pregunta que siguió tardó más de lo necesario.
—¿De dónde sacó esa historia?
—Ya se lo he dicho. Mi abuela. Se la contaba a los niños del pueblo para que regresáramos antes del anochecer. Nunca pensé que fuera más que un cuento de vieja para asustar críos.
—Puede que lo sea —dijo. No sonó convencido.
Cerró el libro con un cuidado casi reverente, como quien maneja algo que podría romperse, o morder. Ahí pude ver el encuadernado en piel oscura y un sello en relieve que parecía un hilo entrelazado.
—Tiene una cabeza metódica, señorita Whitmore. Ordenada. No suele confundir lo que desea ver con lo que tiene delante. Por eso me inquieta que esa página la haya llevado exactamente a la historia de su abuela.
—Tampoco yo lo esperaba. Le pido disculpas si he dicho una tontería.
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Editado: 05.08.2026