El Hilo Rojo

Capítulo 10. La caricia que calma.

Presente

Adrian se presentó en el taller el martes siguiente sin avisar, con dos cafés y una bolsa de papel manchada de grasa. Según él, contenía «los mejores pains au chocolat de todo el barrio, y no admito discusión». Elena no discutió. Dos meses atrás, una visita sin aviso le habría parecido impensable; ahora empezaba a sentirse como una costumbre recuperada.

—Traigo refuerzos —dijo, dejando los cafés y la bolsa en la mesa auxiliar, lejos de los documentos—. Si vamos a seguir con la caja, prefiero hacerlo con el estómago lleno.

—¿Y si te digo que ya comí?

—Te digo que mientes fatal y que igual me voy a comer los dos.

Priya llevaba semanas fingiendo no fijarse cada vez que Adrian aparecía sin avisar. Se despidió con una sonrisa que no intentó ocultar del todo y los dejó solos con la caja y el resto de la tarde por delante.

Antes de reanudar el inventario, Elena sacó la tableta y le mostró una fotografía tomada esa mañana. La página, fechada el 8 de abril, que mencionaba una descripción muy similar a la de la carta H.Pemberton. Además tenía en el margen inferior un dibujo torpe pero inconfundible: dos figuras unidas por un hilo rojo y una pequeña espiral en la muñeca izquierda del hombre.

—Lo dibujó de memoria —dijo Elena—. Entró en la biblioteca, encontró el libro abierto y, después de que Blackwood cerrará el volumen y la hiciera salir, reprodujo lo que había visto.

Adrian estudió la imagen en silencio.

—Parece repetirse el mismo motivo en ambos documentos: un nudo, un hilo entrelazado.

—Precisamente. Así que sea lo que sea esto, no es una invención de un anticuario con ganas de vender algo caro. Son dos documentos independientes de 1888 que apuntan al mismo volumen. Los dos fueron escritos hace ciento treinta y ocho años.

—Entonces el libro existió. Y la caja —dijo, señalando el conjunto revestido de latón— puede contener otras piezas de la misma historia.

Con esa certeza, más que con hambre de pains au chocolat, reanudaron el examen de la caja.

Desde el sábado, la caja de madera revestida de latón permanecía en el taller, donde Adrian había aceptado que estaría más segura. En los ratos que habían podido dedicarle, Elena documentó el orden del contenido y empezó a clasificar cartas sin fecha y recortes demasiado frágiles para desplegarlos. En el fondo seguía el fajo grueso atado con cordel que todavía no habían intervenido.

Habían improvisado un sistema: Elena leía fechas y nombres; Adrian los anotaba en la bitácora que había comenzado Elena en el cuaderno que llevaba a todas partes; cada pieza pasaba a una carpeta temporal. Aun así, podían discutir con absoluta seriedad que a ratos rozaba en lo absurdo, si un recibo de sastrería de 1890 merecía una carpeta propia.

Esa noche Elena decidió documentar el fajo de cartas, se colocó sus guantes y retiró con cuidado quirúrgico el cordel.

Las primeras cartas no parecían relacionadas con la investigación: facturas, una queja sobre un tejado y una invitación a una cacería rechazada con una excusa poco convincente. La quinta era más gruesa. La fecha hizo que Elena se detuviera.

Ravensbourne, 13 de abril de 1888

Querida hermana:

—Adrian —dijo, sin levantar la vista—. Ven a ver esto.

Adrian acercó una silla hasta que sus hombros se rozaron. Leyeron juntos la letra apretada y contenida, distinta de la mano de Elara y de la caligrafía más inclinada de Pemberton.

Sé que te sorprenderá recibir una carta mía cuando, al fin, las cosas parecen encaminarse. Tú reconocerás mejor que nadie la ironía de que encuentre tiempo para escribir precisamente ahora.

Nuestro primo se recupera, para tranquilidad de ambos. La fiebre cedió hace una semana y ayer lo vi levantarse por su propio pie. Protestó porque ya estaba harto del reposo; no se me ocurre señal más clara de que está fuera de peligro.

Pero no es sobre el primo que te escribo. Es sobre la boticaria.

En tres días de trabajo a su lado he avanzado más en la comprensión del códice que en mis últimos cuatro años de búsqueda solitaria. No exagero. Posee una mente ordenada y ve conexiones donde yo solo veía fragmentos. Lo que al principio atribuí al azar empieza a parecerme un instinto que ella misma ignora poseer.

He decidido contratarla formalmente para que continúe ayudándome en la investigación, con la discreción y el salario que la tarea merece. Sé lo que dirás: que es impropio, que dará que hablar y que una boticaria de pueblo no tiene lugar en asuntos de esta naturaleza. No tengo una respuesta que vaya a satisfacerte. La necesito, y en este caso la necesidad pesa más que el decoro.

Te escribiré de nuevo cuando tenga algo más concreto que contarte sobre el códice. Hasta entonces, guarda esto para ti.

Tu afectísimo hermano,

El papel se había desgarrado a la altura de la firma. Solo quedaba el primer trazo de una mayúscula que Elena quiso leer, durante un instante, como una A.

—Parece que habla de nuestra boticaria—infirió Elena.




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