Presente
Cuando por fin se durmió, Elena aún sentía bajo los dedos el pelo de Adrian y en el regazo el peso de su cabeza. El recuerdo persistía con una precisión casi física: la textura suave entre sus dedos, el calor atravesando la tela de sus pantalones, la respiración que se había vuelto lenta mientras él descansaba como si, durante unos minutos, no tuviera que sostener nada más.
El sueño comenzó como una prolongación amable de aquella tarde. Adrian seguía acostado sobre el sofá del taller, con los ojos cerrados y la nuca apoyada en su regazo. Elena continuaba acariciándole el cabello, sin reloj que los apurara, sin puerta que fuera a cerrarse detrás de él ni diez años esperando al otro lado del momento.
Todo parecía idéntico y, sin embargo, algo faltaba.
Elena tardó en descubrir qué era. El reloj de la pared conservaba las manecillas, pero no emitía ningún sonido. La luz de la lámpara caía sobre la mesa sin proyectar el borde de los objetos. Incluso la respiración de Adrian, que ella sentía contra las piernas, había dejado de producir el movimiento leve de su pecho.
Retiró la mano.
El cabello permaneció hundido bajo sus dedos durante un segundo más, como si el sueño hubiera olvidado obedecerla.
—Adrian —dijo.
Él abrió los ojos.
No la miró. Se incorporó con una lentitud extraña, se puso en pie y caminó hasta el otro extremo del taller. Elena quiso seguirlo, pero el sofá pareció sujetarla por la espalda y las piernas. No había nada sobre ella; aun así, el cuerpo se negó a levantarse.
Sin que pudiera precisar cuándo, la luz cambió a un gris ajeno a cualquier hora del día. Las estanterías seguían en su sitio, aunque parecían más altas y más estrechas, como si el taller hubiera sido reconstruido por alguien que solo lo recordaba a medias. Adrian permanecía de espaldas junto al mostrador, observando la caja de conservación del diario.
Entonces vio la figura a su lado.
No había estado allí un instante antes y, aun así, ocupaba el espacio como si siempre le hubiera pertenecido. Era alta, oscura, con bordes que ondulaban sin llegar a disolverse, semejantes a una tela deshecha por demasiados tirones. No proyectaba sombra. La luz gris atravesaba el lugar donde debería haber caído sin encontrar nada que detenerla.
Donde debía estar el rostro solo había una ausencia lisa. No ojos, no boca, ni la insinuación de facciones bajo la oscuridad. Sin embargo, Elena sintió con una certeza física que la presencia la había visto desde el primer instante.
Intentó levantarse otra vez. No pudo.
—Adrian, mírame.
Él no se volvió.
La figura inclinó la cabeza hacia su oído. No tenía labios con los que formar palabras, pero Elena comprendió que le estaba hablando. Adrian no reaccionó. Sus brazos colgaban inmóviles a los lados del cuerpo, como si no advirtiera que algo se encontraba tan cerca que sus contornos casi se mezclaban.
Sobre la mesa, la tapa de la caja se abrió sin que nadie la tocara. El diario apareció dentro, restaurado y entero, aunque Elena sabía que todavía no había terminado de estabilizarlo. Las páginas comenzaron a pasar una tras otra. No las movía el aire. Se desprendían del bloque con un roce seco y sus líneas de tinta se alargaban al avanzar, convertidas en hebras oscuras que desaparecían por el borde del papel.
Elena sintió el impulso absurdo de pedirle que se detuviera. A la figura, al libro o al propio sueño; no habría sabido decir a cuál.
El taller cambió sin transición.
Por un instante fue la cocina de la casa de Adrian: la mesa larga de madera oscura, el reloj de pie dos minutos atrasado y la E diminuta que ella había grabado bajo el barniz cuando todavía pensaba que algunas marcas podían durar para siempre. Adrian seguía de espaldas. La figura permanecía junto a él, como si todo alrededor pudiera alterarse excepto ella.
Entonces Elena oyó la voz.
Era la de Adrian. No una imitación aproximada, sino su voz exacta: la cadencia baja con la que acababa de agradecerle la caricia, el pequeño desgaste que aparecía cuando llevaba horas cansado. Pero Adrian no movió los labios. El sonido tampoco llegó desde el lugar donde él estaba. Se formó dentro de la cabeza de Elena, demasiado cerca para pertenecer a otra persona.
—Lo de esta tarde no es real. Ya lo sabes.
Elena apretó las manos contra el sofá, aunque la tela bajo sus dedos había desaparecido y ahora tocaba la madera de una silla de la cocina.
—Sí fue real.
La figura giró hacia ella aquel vacío que ocupaba el lugar de una cara. Elena sintió que la observaba con la atención de quien busca una grieta y, después de encontrarla, introduce en ella algo tan fino que al principio no duele.
—Estaba cansado —dijo la voz de Adrian dentro de su cabeza—. Estaba triste. Tú estabas cerca.
Adrian permaneció inmóvil.
—No dijo eso.—replicó Elena.
—No tuvo que decirlo.
La mesa cambió bajo la luz gris. Durante un parpadeo estuvo cubierta por las entradas de cine que el padre de Adrian había guardado durante décadas. Al siguiente, solo había sobre ella el teléfono de Elena, iluminado con una sucesión de mensajes enviados diez años atrás y nunca respondidos. No podía leerlos completos, pero reconocía la forma de sus propias preguntas: ¿Estás bien? ¿He hecho algo? Llámame, por favor.
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Editado: 05.08.2026