El Hilo Rojo

Capítulo 12. El contrato.

Del diario

15 de abril de 1888

Llevo cuatro días de vuelta en mi botica y apenas hoy he vuelto a sentirla del todo mía. Aquí no tengo que medir cada palabra ni recordar qué taza pertenece a quién. Puedo comer de pie junto al mostrador, aflojarme el moño cuando cierro y decir lo que pienso sin calcular antes si resulta apropiado para un caballero. Nadie espera de mí otra cosa que lo que soy.

El pueblo me recibió con su mezcla habitual de alivio y reproche. La señora Kettle trajo un pastel «para agradecer que sigo con vida, aunque haya tardado tanto en volver», con tal énfasis en tanto que no hacía falta preguntar qué quería decir. Sonreí, agradecí el pastel y expliqué solo lo imprescindible. Es lo único que puedo ofrecerles, y creo que basta.

Hoy sonó la campanilla de la puerta principal, a media tarde, con el sol todavía alto y el pueblo entero en condiciones de ver quién entraba y salía de mi tienda.

Blackwood.

Lo vi entrar, sentí que el corazón me daba un vuelco que no me tomé la molestia de negarme a mí misma, y decidí, en el mismo instante, no dejar que se me notara.

Terminé de etiquetar el frasco. Despacio. Con más cuidado del que merecía.

—Buenas tardes, señor Blackwood. ¿En qué puedo ayudarlo?

—Necesito hablar con usted. De negocios.

—Estoy hablando con usted. ¿Comprar y vender remedios no cuenta como negocio?

La breve pausa de Blackwood me hizo pensar que esperaba encontrarme más ansiosa. Me complació decepcionarlo, o al menos no darle ninguna prueba de lo contrario.

—Vengo a ofrecerle un empleo formal —dijo—. Quiero que continúe el trabajo que empezamos en Ravensbourne. Le pagaría un salario mensual más que justo, y acordaríamos las horas de modo que ninguno descuide sus obligaciones.

—¿Cuánto es «más que justo»?

Nombró una cifra. Por primera vez desde que entró, agradecí tener el mostrador entre los dos: necesitaba algo firme donde apoyar las manos.

Hice la cuenta. Podría pagar al herrero lo que aún debía por el alambique, ponerme al día con la lavandera y reparar de una vez el tejado del cobertizo. Y aquello era solo el primer mes. Si el trabajo duraba, quizá pasaría el resto del año sin contar cada penique antes de gastarlo.

—Eso es el doble de lo que gano en un mes entero con la botica.

—Lo sé. Hice la cuenta antes de venir.

—¿Y qué compra exactamente ese salario? ¿Trabajo o también silencio?

—Ambos, pero solo porque ya me ha demostrado que puedo confiar en usted.

Guardé el frasco y me sequé las manos en el delantal. Me concedí el silencio justo para que entendiera que la respuesta no iba a ser inmediata.

—Esta es la tercera vez que viene a buscarme, señor Blackwood. La primera, sangrando. La segunda, con la fiebre de su primo. Y ahora esto. Empiezo a pensar que no sabe resolver ningún problema sin una boticaria de por medio.

—Empiezo a pensar que tiene razón.

Lo dijo sin defenderse, lo cual, de algún modo, me desarmó más que si hubiera intentado disimularlo.

—Tengo condiciones. La botica seguirá siendo mi prioridad y no la cerraré salvo cuando yo decida hacerlo. Trabajaré con mi propia ropa; no necesito parecer una dama para pensar con claridad. Y antes de aceptar quiero saber qué busca en ese libro. No una parte, como la última vez. Todo lo que sepa.

Blackwood bajó la vista un instante, como siempre hacía antes de escoger qué parte de la verdad estaba dispuesto a entregar.

—No sé si estoy preparado para contárselo todo.

—Entonces no estoy preparada para aceptar nada.

Esbozó la media sonrisa que ya le conocía y relajó por fin los hombros, como si mi negativa confirmara que no había venido a comprar obediencia.

—Le diré lo que sé con certeza. Lo que solo sospecho se lo señalaré como tal, y usted decidirá cuánto vale cada cosa. Me parece un trato justo.

—Me parece un comienzo.

—Mi familia lleva generaciones evitando hablar de un mal que reaparece sin que nadie haya sabido explicar cuándo ni por qué. Mi padre lo sufrió y sobrevivió. Antes que él, mi bisabuelo murió con síntomas semejantes, según los pocos papeles que he encontrado. Nadie pronuncia un nombre para la enfermedad. Cuando deben mencionarla, dicen únicamente «el mal de la familia», y ahí termina la conversación.

—¿Y qué síntomas tiene ese mal?

—Fiebre y delirio, como en el caso de mi primo. Los documentos más antiguos añaden sueños que no parecían sueños corrientes y una desesperación que ningún médico supo aliviar.

—El libro que llevo años buscando parece relacionado con ese mal. Tal vez contenga un remedio. O quizá solo deje constancia de que nadie lo ha encontrado en generaciones.

Salí de detrás del mostrador y empecé a recorrer la botica con las manos enlazadas a la espalda, como hacía mi padre cuando un caso se negaba a encajar.

—Un mal de familia que reaparece en generaciones separadas: fiebre, delirio y sueños anómalos. O nadie lo ha descrito con suficiente cuidado, o no se parece a ninguna enfermedad que conozcamos. En cualquiera de los dos casos, exige algo más que miedo y silencio.




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