Del diario
20 de abril de 1888
He vuelto a Ravensbourne por primera vez como empleada formal. Llevo una semana yendo y viniendo de Ravensbourne a mi botica, tratando de desenmarañar ese códice. Estoy agotada. Blackwood ha exprimido mi cerebro como quien exprime una naranja, y siento que debo dejar constancia de mis conclusiones sobre lo que he vivido y encontrado en esta semana, antes de que la memoria empiece a mezclar un día con otro.
Recuerdo todavía el primer día que entré a la biblioteca por la puerta principal, a plena luz de la mañana, sin que nadie me detuviera. Me detuve en el umbral, esperando casi que alguien señalara un error. Nadie lo hizo. Blackwood aguardaba dentro, con dos sillas frente al escritorio y el Códice abierto sobre un soporte inclinado, forrado con lino.
Sin la urgencia de huir, la biblioteca resultó más pequeña de lo que recordaba. Las estanterías llegaban al techo, pero no eran extraordinarias para una casa como Ravensbourne. Lo singular era la reserva del cuarto: parecía construido para que cada secreto permaneciera donde lo habían dejado.
—Pensé que estaría más cómoda de este lado —dijo, indicando la silla colocada de perfil a la ventana—. Tendremos claridad sobre la página sin que el sol le dé de frente.
Hace apenas un mes me miraba como si yo formara parte del mobiliario de la botica. Hoy calcula la luz antes de que yo lo haga. Me dije que era simple conveniencia: una forma de mantener útil a la boticaria de la que ahora depende.
Había dejado también una manta ligera sobre el brazo de mi silla, «por si acaso». No añadió nada. Parecía empeñado en que la atención pasara por accidente.
De cerca, el Códice era más extraño que la imagen que conservaba de aquella noche. El libro o más bien el códice merece una descripción propia. Mide casi dos palmos de alto y está encuadernado en una piel oscura cuyo curtido no reconozco. La encuadernación podría tener dos siglos; las hojas, en cambio, no pertenecen todas al mismo tiempo ni al mismo soporte. Hay papel de varias calidades y algunas piezas de pergamino, como si distintas generaciones hubieran añadido lo suyo.
Las primeras hojas contenían genealogías, pero ninguna tenía el orden orgulloso de un árbol familiar: nombres tachados, fechas corregidas y notas de al menos tres manos, cada una completando —o contradiciendo— a la anterior.
Trabajamos casi una hora con dos lupas tomadas del antiguo escritorio de su padre. Blackwood reconoció algunos parientes recientes, pero cuanto más retrocedíamos, menos ventaja tenía sobre mí. Pronto fuimos dos forasteros siguiendo ramas que otros habían podado y vuelto a unir.
En una hoja, los trazos se apagaban hasta quedar reducidos a sombras. No parecía simple decoloración: la superficie tenía señales de haber sido tratada.
—Esto no es solo daño del tiempo —dije—. Alguien alteró la hoja. Mi padre usaba una solución muy diluida para aumentar el contraste de rastros ferrogálicos, pero puede fracasar si no es lo que pienso.
Blackwood no reaccionó con entusiasmo, sino con el recelo razonable de quien oye proponer la aplicación de un reactivo sobre el único testimonio que conserva de varias generaciones.
—Es un volumen de doscientos años, señorita Whitmore. No un experimento de su botica.
—Es un volumen con trazos que alguien quiso ocultar. Y soy la única persona en esta casa que sabe cómo intentar hacerlos visibles con el menor riesgo posible.
Discutimos un buen rato. Él añadió cautelas; yo expliqué qué riesgos podía controlar y cuáles no. Al final aceptó con dos condiciones: empezaríamos por un margen ya dañado y sin escritura visible, y él estaría presente durante cada prueba. Antes de aplicar nada, observaríamos la hoja con luz rasante y lupa.
Fue así como empezamos de verdad a desenterrar lo que el Códice llevaba generaciones guardando.
—Necesito que me ayude a sostener el libro exactamente así, inclinado hacia la luz, mientras yo trabajo con las manos libres.
Blackwood se colocó detrás de mí sin que se lo pidiera dos veces, sosteniendo el atril con ambas manos, tan cerca que sentí el calor de él antes de sentir nada más. Olía a sándalo, un olor que no me sorprendió del todo viniendo de él, y que sin embargo no fue lo que me hizo perder la concentración durante un segundo entero. Fue, simplemente, la cercanía.
—Un poco más inclinado —le pedí, sin volverme, con la voz más firme de lo que me sentía—. Así.
Se inclinó. Y con él, sin que lo pidiera, la distancia entre su cara y mi oreja se redujo a casi nada.
—Lavanda —dijo, en voz baja, tan cerca que lo sentí más de lo que lo oí—. Es lavanda lo que percibo.
—Ponga atención, milord.
—Eso hago.
No supe si se refería al libro o a otra cosa, y decidí, en el interés de mi propia cordura, no preguntarlo.
Terminé de aplicar la preparación con una serenidad que no sentía en absoluto, y en cuanto tuve la más mínima excusa —una necesidad urgente de buscar más material surgió, que en realidad tenía de sobra en el maletín— me escabullí hacia el otro extremo de la biblioteca antes de que pudiera ver lo que el calor le había hecho a mis mejillas.
Una vez que me recompuse volví al códice y por fin, encontramos el primer nombre reconocible pasada la hora del mediodía.
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Editado: 25.08.2026