Presente
Elena llevaba tres noches seguidas con el mismo sueño cuando por fin se lo contó a Priya.
Fue casi sin querer, al final de un día tranquilo, mientras Priya contaba el cajón y ella fingía ordenar unos pinceles que ya estaban perfectamente ordenados. Las palabras salieron antes de que decidiera si quería pronunciarlas.
—Llevo días soñando lo mismo.
Priya levantó la vista con la cautela que reservaba para las raras ocasiones en que Elena decidía hablar de lo que llevaba días evitando.
—¿Lo mismo qué?
—Una figura. Sin cara, sin bordes fijos, como hecha de humo. Está junto a Adrian, en el taller, aunque el taller en el sueño nunca es exactamente el taller. Me despierto con el corazón acelerado y la certeza de haber soñado lo mismo hace mucho tiempo, aunque no consigo recordar cuándo.
—¿Antes de cuándo? ¿De hace un mes?
—Más de una década, quizá. No sé explicarlo mejor.
Priya dejó el dinero a medio contar y se cruzó de brazos. Era la postura que adoptaba antes de decir algo que Elena no quería oír.
—¿Sabes qué creo yo?
—¿Qué?
—Que en todos los años que te conozco no has dejado que nadie se acerque tanto como Adrian estas semanas. Tu cabeza es muy lista, pero también cobarde, y está buscando una excusa para salir corriendo otra vez. No es una advertencia, Elena. Es miedo disfrazado de advertencia. Hay diferencia.
Elena se rio a su pesar. Sonaba a algo que Priya diría y, peor todavía, a algo que necesitaba oír.
—¿Y si no es solo eso?
—Entonces pregúntaselo al sueño la próxima vez que aparezca. Yo solo hago inventario y sirvo café.
La explicación de Priya no resolvía la inquietud, pero le dio un cajón razonable donde guardarla. Elena terminó de lavarse las manos y despidió a su amiga. Cuando la campanilla sonó poco después, casi había conseguido creer que el sueño era solo miedo.
Adrian llegó poco después con dos cafés y una bolsa de panadería doblada bajo el brazo.
—Traje refuerzos —dijo, dejándola sobre el mostrador—. Y noticias, creo que encontré algo anoche, revisando las fotografías del último fajo de la caja.
—Pensé que habíamos quedado en revisar las imágenes juntos.
—Lo intenté, pero no pude esperar. Considéralo un cumplido: me has convertido en alguien que ordena papeles viejos hasta medianoche por gusto.
Elena dejó los cafés en una mesa auxiliar. Adrian señaló, en las fotografías, una hoja que parecía haberse quedado doblada entre dos recibos. La localizaron juntos en el siguiente fajo.
—Elena. Mira esto.
Era una hoja más breve que la carta a su hermana, escrita con la misma mano, aunque con un trazo más apretado. En la esquina superior se leía: 20 de abril de 1888.
No he podido dejar de pensar en lo que E. encontró hoy en el árbol genealógico: Elizabeth Mercer, Adrian Ashworth, el baile de Hollowmere. Llevo toda la noche despierto, revisando los papeles que quedan de mi bisabuelo. No encuentro más que el silencio deliberado con el que esta familia ha tratado siempre lo que no quiere recordar.
Partimos hacia Hollowmere pasado mañana. Tengo la corazonada de que las ruinas de la casa original esconden algo que la parroquia no podrá darnos. No tuve que insistir para que E. aceptara acompañarme; sostuvo, con su tozudez habitual, que la investigación también era suya. Confieso que no sé qué temo más encontrar allí: una respuesta o su ausencia total.
La hoja terminaba ahí, sin saludo ni firma. Podía ser el borrador de una carta nunca enviada o una nota que Blackwood escribió para sí.
Elena la leyó dos veces, despacio, con Adrian leyendo por encima de su hombro al mismo ritmo. Había algo en esa falta de firma, en ese tono de confesión sin destinatario: por primera vez, Blackwood no sonaba como un hombre resolviendo un problema con distancia profesional y más como alguien que necesitaba dejar su miedo en alguna parte.
—Hollowmere —dijo—.
—Necesitamos localizar Hollowmere. El lugar exacto, si todavía conserva ese nombre.
—Primero averigüemos si sigue apareciendo en algún mapa.
Tras varias búsquedas encontraron una ficha de patrimonio rural. Hollowmere había sido absorbido por una población vecina, pero la antigua iglesia de Saint Aldhelm seguía en pie, desconsagrada y convertida en centro comunitario. Abría los fines de semana.
—Está a menos de dos horas en coche —dijo Adrian, sin apartar la vista de la pantalla—. Podríamos ir el sábado.
—¿Otra vez el sábado?
—Parece que se nos está haciendo costumbre.
Mientras guardaba la dirección, Elena decidió que Priya probablemente tenía razón. Aun así, el peso del sueño no desapareció; solo se volvió lo bastante pequeño para acompañarla sin detenerla.
El sábado amaneció gris. Adrian pasó a buscarla a las nueve con dos termos de café en lugar de vasos desechables. «Más civilizado», dijo. Elena sospechó que era, sencillamente, más propio de él.
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Editado: 25.08.2026