Del diario
23 de abril de 1888
Salimos de Ravensbourne al amanecer. Durante la primera hora, Blackwood miró por la ventanilla un paisaje que, sospecho, no veía en absoluto.
Pasado Sevenoaks habló por fin, con el tono de quien lleva varias millas ensayando una frase antes de atreverse a decirla.
—No vamos a parar en una posada esta noche.
—¿Ah, no?
—Nos hospedaremos con unos parientes lejanos de mi madre. Viven a media hora de Hollowmere. Además, una posada de pueblo no es el lugar más discreto para una mujer soltera que viaja sin acompañante femenina con un hombre que no es su esposo.
La forma en que evitó mirarme me advirtió que todavía faltaba una parte del plan.
—¿Y qué les ha dicho de mí?
—Que es una prima lejana por parte de mi padre. Nuestras ramas perdieron el contacto hace años, así que no esperarán reconocer su apellido.
—Su prima.
—Sí.
—¿Y su prima viaja normalmente con la ropa de trabajo de una boticaria?
Señaló un baúl pequeño que yo había tomado por equipaje de investigación cuando lo subieron al carruaje.
—He traído un vestido de mi hermana. Debería quedarle bien.
La sangre me subió a la cara, no de vergüenza, sino de la furia precisa de quien ve una promesa rota.
—Tuvimos un acuerdo. Trabajaría con mi ropa. No necesito parecer una dama para que mi cabeza funcione.
—Lo recuerdo. Y el viaje sigue siendo trabajo. Pero para hacerlo sin convertirla en objeto de rumores necesitamos que la coartada resista cinco minutos de inspección. Debí explicárselo antes; no lo hice, y entiendo que esté molesta.
Tenía respuestas de sobra. Ninguna cambiaba el hecho de que su cálculo social era correcto y su manera de imponerlo, insoportable.
—Se lo pido como un favor —añadió, más bajo—. No como una orden.
Ayudó. Apenas, pero ayudó.
Nos detuvimos en la última posta antes de la granja. Blackwood pagó un gabinete privado y esperó fuera mientras yo me cambiaba, con una corrección tan impecable como irritante.
La granja de los Aldridge apareció al atardecer, al final de un camino bordeado de setos. Era una casa de piedra sin pretensiones, con gallinas en el patio y una chimenea humeando contra el cielo naranja. Josiah y Constance nos recibieron con una calidez ruidosa y un escrutinio nada disimulado.
—¡Así que esta es la prima de la que nos escribiste! —exclamó la señora Aldridge, tomando mis manos—. Qué guapa. Se ve que la rama de tu padre tiene buena sangre, querida.
Sonreí y agradecí el cumplido. Por primera vez en toda la tarde admití que un disfraz menos cuidado no habría superado aquella inspección.
Nos sentaron a cenar ante un estofado de cordero que olía mejor que cualquier cosa que yo hubiera cocinado en años. El señor Aldridge presidía la mesa con la autoridad tranquila de quien no necesita demostrarla. Nadie lo interrumpía, se rezaba antes de comer y a mí me hicieron más preguntas en una hora que en todo el mes anterior.
—Nunca había oído hablar de la rama de tu padre que vive en Londres —dijo la señora Aldridge—. ¿Cómo os reencontrasteis después de tantos años?
Blackwood encontró mi mano bajo la mesa y la apretó una vez: una advertencia muda para que siguiera la historia que estaba a punto de inventar.
—Un abogado de la familia descubrió el parentesco y nos presentó en Londres —dijo—. Nuestros padres habían dejado de escribirse mucho antes de que naciéramos.
—Y él necesitó una tarde entera para convencerme de que la rama existía de verdad —añadí, sonriendo como si la presión de su mano no me hubiera alterado el pulso.
Los Aldridge aceptaron la historia y la cena siguió sin tropiezos. Blackwood y yo sosteníamos cada detalle del otro con tanta facilidad que empecé a preguntarme dónde terminaba la actuación.
Con el fuego bajo y el oporto servido, la conversación derivó hacia las historias antiguas de la familia.
—Cuéntale a nuestra invitada lo de la casa vieja, Josiah. La de los Ashworth, antes de Ravensbourne.
Sentí que Blackwood se tensaba a mi lado, aunque su cara no se movió.
—No sé si a Elara le interesarán esas historias, tía Constance.
—Tonterías. A todos les gustan las historias de fantasmas, aunque no lo admitan.
Josiah se acomodó en la silla, encantado de tener público nuevo.
—Fue antes de que yo naciera. Mi padre lo había oído tantas veces de labios del suyo que acabó contándolo como testigo. Hubo un escándalo en el baile de bodas de los Ashworth: una humillación pública, aunque nadie recuerda ya los detalles.
—¿Qué clase de humillación? —pregunté, olvidando que debía sonar como una invitada cortés y no como una mujer hambrienta de respuestas.
—Eso ya se ha perdido con los años, muchacha. Lo que sí se sabe es que, pocos años después de la boda, la casa ardió hasta los cimientos. Elizabeth no salió, o no quiso salir. No encontraron restos que pudieran enterrarse; solo un anillo medio derretido, guardado por la familia durante generaciones hasta que también se perdió.
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Editado: 25.08.2026