Del diario
24 de abril de 1888
A la mañana siguiente, el archivo parroquial todavía nos esperaba. Después de un desayuno tenso, durante el cual ninguno de los dos consiguió sostener la mirada del otro por más de un segundo entero, partimos hacia Hollowmere y dejamos a los Aldridge con la promesa de regresar antes de la cena.
Blackwood se ocupó del carruaje, de las indicaciones y de agradecer la hospitalidad con una cortesía tan impecable que nadie habría sospechado que, unas horas antes, yo había estado encerrada con él en una habitación a oscuras, con las manos sobre su pecho y el corazón comportándose como un órgano que hubiera olvidado toda disciplina. Yo agradecí la eficacia de aquella máscara. No habría sabido qué hacer si hubiese intentado hablar de lo ocurrido.
El trayecto transcurrió casi sin palabras. Blackwood fingía interés por el paisaje; yo hice lo mismo al otro lado. Cuando nuestras miradas se cruzaban, ambos las apartábamos con una rapidez demasiado culpable. En un recodo, una rueda cayó en un bache y nuestras rodillas se tocaron. Él retiró la suya de inmediato, aunque no con rechazo, sino con la cautela de quien acaba de comprobar que incluso el contacto más pequeño puede alterar el aire dentro de un carruaje.
Miré por la ventanilla, fingiendo un interés repentino en los campos neblinosos de Kent. Era mentira. Lo único que veía, proyectado contra el cristal, era el recuerdo de Blackwood con la camisa abierta en el cuello. El aroma a sándalo parecía más denso que de costumbre. Me obligué a repasar mentalmente lo que debíamos buscar: matrimonio, entierro, bienes, cualquier anotación marginal que explicara por qué el nombre de Elizabeth Mercer había quedado unido a una súplica por la misericordia de Dios. El orden de la investigación era más seguro que el desorden de mi memoria.
Hollowmere era aún más pequeño de lo que Blackwood había sugerido: una plaza de tierra, una herrería apagada, media docena de casas y la iglesia al fondo, gris y encorvada. Nada en aquellas piedras parecía digno de una nota que pidiera la piedad de Dios. Precisamente por eso resultaba más inquietante. Los lugares donde ocurren las desgracias no siempre conservan la cortesía de parecerse a ellas.
El sacristán tardó un buen rato en atender a nuestra llamada. Cuando por fin abrió la puerta lateral de la iglesia, lo hizo con la lentitud de un hombre que había dejado de tener prisa por nada desde hacía muchos años. Era mayor, de manos temblorosas y espalda encorvada, pero sus ojos, cuando Blackwood mencionó el apellido Ashworth, se volvieron atentos.
—Ashworth —repitió, paladeando el nombre como quien prueba algo que llevaba demasiado tiempo sin probar—. Hace años que nadie pregunta por esa familia. Pasen. Los registros están al fondo, si tienen paciencia para esperar a que estos ojos encuentren la página correcta.
La sacristía olía a humedad, cera y cuero antiguo. Los libros parroquiales ocupaban estanterías combadas, con las décadas escritas a mano en los lomos. El frío de las losas atravesaba las suelas de mis botas pese al pequeño brasero del rincón. Blackwood acercó una silla para el sacristán y otra para mí. No dijo nada al hacerlo. Tampoco hacía falta: empezaba a reconocer la forma en que su atención se disfrazaba de simple conveniencia.
El sacristán sacó primero el registro de matrimonios. El papel crujió bajo sus dedos, hoja tras hoja, y el sonido se convirtió en el único ruido de la sala. Ni Blackwood ni yo nos atrevimos a apurarlo, aunque ambos, estoy segura, contábamos las páginas en silencio y conteníamos la respiración un poco más con cada una que pasaba sin el nombre que buscábamos.
—Aquí está —dijo por fin—. Matrimonio de Elizabeth Mercer y Adrian Ashworth. Dieciséis de octubre de mil setecientos noventa y ocho.
Debajo, en una letra más pequeña que coincidía con la del registro, el párroco había añadido una línea con tinta algo más pálida:
Que el Señor tenga piedad de lo que esa noche se juró en el salón de baile, pues me temo que fue oído por oídos que no eran los Suyos.
Blackwood y yo guardamos silencio. Él acercó la mano al libro, pero se detuvo antes de tocarlo. En la quietud de la sacristía, la frase parecía menos una anotación parroquial que una advertencia que hubiese tardado noventa años en encontrar nuevos lectores.
Copié la nota palabra por palabra. Después pedí el registro de entierros. Aquella había sido la razón que me llevó a cruzar el pasillo la noche anterior, y no estaba dispuesta a permitir que la vergüenza me hiciera olvidar una hipótesis razonable.
El sacristán buscó desde el año del matrimonio hasta los primeros años del nuevo siglo. Encontramos a jornaleros, niños muertos antes del bautismo, dos mujeres Mercer y varios Ashworth de ramas menores. No encontramos a Elizabeth. Su nombre no aparecía entre quienes habían recibido sepultura en Hollowmere.
—¿Está seguro de que no falta otro volumen? —pregunté.
—No falta ninguno de esos años.
Volvió al registro de 1802 y recorrió con el dedo el margen interior de la cubierta. Allí había una nota breve, escrita con una tinta distinta y tan apretada que tuvimos que acercar el libro al brasero para leerla:
Hollowmere. Incendio de la casa Ashworth. No se recuperó el cuerpo de la señora. No se celebró oficio de entierro.
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Editado: 25.08.2026