El Hilo Rojo

Capítulo 17. Kingsmere.

Presente

Llevaban tres horas rastreando a Elizabeth Mercer en bases genealógicas, archivos digitalizados de historia local de Kent y foros de genealogía británica. No habían encontrado nada que no supieran ya por la lápida y las ruinas.

En algún momento de la tercera hora, Elena dejó de buscar. En una pestaña aparte seguía abierta la imagen de una página ya tratada del diario, una línea que conocía casi de memoria: hay partes de esta situación imposible que no me disgustan del todo.

Elena entendía esa frase de un modo que no le hacía ninguna falta explicarle a nadie. Llevaba toda la tarde sentada a menos de medio metro de Adrian, sus hombros rozándose cada vez que uno se inclinaba a mirar la pantalla del otro, y llevaba toda la tarde conteniendo, con una disciplina que imaginaba parecida a la de Elara ciento treinta y ocho años atrás, las ganas de estirar la mano y tocarlo sin ningún motivo relacionado con la investigación.

Después de tres horas, el taller parecía vencido: tres tazas de café frío, demasiadas pestañas abiertas y un silencio que solo se rompía cuando otro enlace prometedor terminaba en una página caída.

—Nada —dijo Adrian, cerrando el portátil—. Como si Elizabeth hubiera existido solo en un registro de matrimonio y en una lápida.

—Existió mucho más que eso —dijo Priya, sin apartar la vista del teléfono—. Que no haya quedado en archivos que podamos consultar es otra cosa.

Priya se había sumado después de hacer suficientes preguntas y obtener el permiso expreso de Adrian para revisar los papeles familiares. Elena, por su parte, decidía qué fotografías del diario podía compartir sin comprometer el original ni la intimidad de quien lo había escrito. Nadie había convocado una reunión ni repartido funciones; sencillamente, Priya ya formaba parte del equipo.

En las últimas semanas había creado una segunda copia del inventario digital, ordenado las imágenes de la caja por fecha y procedencia y abierto una sección aparte para los documentos que parecían irrelevantes pero que ninguno se atrevía todavía a descartar. La había llamado, con la misma sobriedad que si se tratara de una categoría archivística legítima, «Piezas que quizá hagan falta después». Elena se burló del nombre durante dos días y, al tercero, empezó a usarlo también.

Priya no tenía la formación de Elena ni la memoria familiar de Adrian, pero poseía otra clase de paciencia: podía mirar durante horas una lista de resultados inútiles sin confundir ausencia de hallazgos con ausencia de historia. A veces detectaba una repetición porque no sabía lo suficiente para darla por normal; otras, hacía una pregunta demasiado sencilla y obligaba a los dos expertos improvisados a admitir que llevaban semanas evitando la respuesta.

Junto al portátil descansaba la carpeta gris de «Incidencias · No descartar». Priya la había traído de la gaveta al empezar la tarde, aunque no la abrió delante de Adrian. Dentro seguían la fotografía defectuosa de la primera intervención del diario. Priya se había negado a separarlas del resto de la investigación. Lo que todavía no tenía explicación, pensaba, era precisamente lo que más fácil resultaba perder.

—El diario tiene más. Pero no puedo acelerar el acondicionamiento del bloque solo porque estemos impacientes —dijo Elena—. Si separo las hojas antes de estabilizarlas, puedo arrancar fibras o levantar la tinta, y entonces sí perderemos lo que queda.

—Lo sé. No te estoy presionando. —Adrian se frotó la cara—. Es solo que llevamos toda la tarde mirando pantallas sin avanzar.

Priya bloqueó el teléfono y lo dejó sobre la mesa. Miró primero la pestaña donde Elizabeth se reducía a una fecha de matrimonio y una lápida; después, la página del diario que Elena había mantenido abierta durante casi una hora sin leerla de nuevo. Finalmente observó a los dos, sentados tan cerca que cada movimiento exigía una pequeña negociación silenciosa de hombros y manos.

Algo en aquella escena le produjo la misma inquietud que la fotografía defectuosa: no miedo, exactamente, sino la sensación de estar contemplando una parte de la imagen que podía desaparecer si nadie decidía fijarla. Llevaban toda la tarde buscando la vida de una mujer muerta en registros ajenos y, sin embargo, los dos testigos vivos que tenía delante apenas se atrevían a hablar de la historia que compartían.

—Propongo algo revolucionario: comer. Los tres. En un sitio con sillas cómodas, no encorvados sobre los taburetes del taller.

—Yo invito —dijo Adrian, poniéndose de pie—. Como disculpa por arrastrarlas a mi obsesión toda la tarde.

Terminaron en un italiano a dos calles del taller, pequeño, con manteles de cuadros y velas encajadas en botellas vacías. El dueño saludó a Elena por su nombre y los condujo a la mesa del rincón sin preguntar. Pidieron vino y pasta; la conversación se aflojó con el primer plato.

Priya esperó hasta que Adrian dejó de hablar de árboles genealógicos y Elena empezó a reírse de una anécdota del dueño sobre un cliente que había intentado corregir la pronunciación de todos los platos del menú. No quería que la pregunta sonara a interrogatorio ni que Elena la reconociera como una prolongación de la conversación sobre sus sueños y miedos.

En realidad, llevaba semanas guardándosela. Pero esa noche la urgencia era distinta. Mientras caminaban hacia el restaurante, una frase había aparecido en su cabeza con una claridad incómoda: pregúntales dónde empezó. Se parecía a recordar una instrucción aprendida hace mucho tiempo y olvidada hasta ese instante.




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