Del diario
30 de abril de 1888
De vuelta en Ravensbourne, colocamos el retrato boca arriba sobre una tabla lisa cubierta con lino limpio. La luz difusa de la biblioteca nos permitió registrar el daño sin tocar todavía la pintura. Blackwood anotaba; yo examinaba.
A la luz del día, el daño resultó ser menos uniforme de lo que había parecido entre la maleza. El fuego había comido el lienzo de manera desigual, dejando algunas zonas reducidas a poco más que ceniza prensada y otras, sorprendentemente, casi intactas. El rostro seguía oculto bajo hollín, pero la tela conservaba volumen suficiente para pensar que quizá quedaran facciones debajo. El hilo rojo sobre el pecho de la figura seguía siendo la zona más nítida de toda la composición. En la esquina inferior derecha, apareció un trazo curvo que podía pertenecer a una P; no me atreví a tocarlo.
—¿Le dice algo? —pregunté.
—Nada. Pero lo anotaré junto con el resto de lo que no sabemos, que ya empieza a ser una lista considerable.
La señora Whitfield quien es desde hace años el ama de llaves en Ravensbourne entró a la biblioteca con el té. Mientras lo servía se detuvo un momento más al dejar la bandeja, con los ojos fijos en el retrato sobre la mesa.
—Ese rojo lo he visto antes. Cuando era niña acompañaba a mi madre a casa de los Grayson. Había un cuadro con un hilo parecido en el salón. No recuerdo si estaba entero o roto, pero el color no se me olvidó.
Blackwood y yo nos miramos; ambos habíamos pensado lo mismo.
—¿Está segura de que era un hilo rojo, señora Whitfield?
—Del rojo, sí. Del resto no juraría nada, señor. Era una niña.
Whitfield se marchó y dejó detrás una pista que jamás se nos habría ocurrido buscar en los papeles.
—Quiero intentar estabilizarlo —dije—. Detener el desprendimiento y limpiar solo donde las pruebas indiquen que es seguro. Después veremos cuánto puede recuperarse.
Blackwood alzó una ceja y volvió a mirar las zonas quemadas.
—¿Ha trabajado antes con un óleo en este estado?
—No lo sé con certeza. Nunca he restaurado un óleo de este tamaño, ni con este nivel de daño. Pero conozco los principios, puedo estudiar el soporte, hacer pruebas en bordes ya perdidos y detenerme ante la primera señal de inestabilidad. Si el cuadro exige una mano que no tengo, lo admitiré.
—¿Y si una prueba lo daña?
—Entonces no repetiré la prueba. El riesgo existe, pero dejar el hollín y las escamas sin estabilizar también lo tiene. Podemos reducirlo; no fingir que no está.
Blackwood estudió el rostro ennegrecido antes de decidirse.
—Adelante. Le prepararé una habitación con una mesa firme, ventilación y luz suficiente. Nadie entrará sin su permiso.
—Necesitaré pinceles finos, lupas, recipientes para pruebas y claridad difusa, nunca sol directo., luz del Norte es lo que se necesita. Será un taller, no una sala de exposición.
—Tendrá lo que pida. Empiezo a entender que negarle una investigación solo consigue que prepare mejores argumentos.
Más tarde, me contó lo que había descubierto hasta ahora en su investigación. Abrió uno de los cuadernos que llevaba años reuniendo. Durante el viaje había vuelto a comparar parentescos con cartas médicas, diarios y registros de defunción.
—No puedo llamarlo una regla —dijo—, pero los casos aparecen agrupados y luego desaparecen durante décadas. Fiebre, delirio y, en dos testimonios, sueños que los enfermos llamaban antinaturales. Algunos murieron; al menos uno sobrevivió.
—¿Tiene nombres y fechas?
—Edmund Ashworth murió en 1796, a los veintiocho años. Su médico escribió que “hablaba con alguien que la habitación no contenía”. Su prima Cordelia murió dos años después; una hermana dijo que ya no distinguía el sueño de la vigilia. Después, los papeles guardan silencio durante tres generaciones.
El frío de la biblioteca pareció subir por mis brazos.
—¿Y usted? ¿Ha tenido sueños así?
—No que yo recuerde. Pero llevo toda la vida durmiendo con la sospecha de que algún día podría empezar.
Volvimos al retrato. Al caer la tarde acepté la habitación de invitados que Blackwood había mantenido disponible desde la cuarentena; estaba demasiado cansada para regresar a la botica con seguridad.
A la mañana siguiente, algo que no pude apartar de mi cabeza y sin darle tiempo siquiera a que terminara de servirse el té.
—Cuénteme qué decía su familia de esos sueños. Todo, incluso lo que le parezca superstición.
La taza quedó detenida a medio camino. Por un instante, la mano de Blackwood perdió firmeza.
—Mi abuela decía que, cuando un Ashworth empieza a ver figuras sin rostro que hablan sin mover los labios, ya queda poco tiempo y solo sirve rezar. Yo quería creer que bromeaba.
—¿Se lo dijo a usted?
—Se lo dijo a mi padre delante de mí, cuando yo tenía diez años. Él se burló de la superstición. Mi abuela no sonrió; se quedó mirándome a modo de advertencia.
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Editado: 25.08.2026