Presente
La tarde se había ido en un trabajo tranquilo, sin las urgencias de otros días. Adrian ordenaba notas mientras Elena terminaba de catalogar lo último de la caja de latón, y el cielo, gris desde el mediodía, llevaba horas prometiendo lluvia sin decidirse.
La lluvia empezó de pronto. Adrian cerró la ventana del taller y se quedó con una mano en el marco, mirando el agua golpear el escaparate.
—¿Sabes en qué me hace pensar esta lluvia? —dijo, sin darse la vuelta.
—¿En qué?
—En Barnaby.
A Elena se le encogió el pecho. Llevaba años evitando aquel recuerdo.
—¿Barnaby? ¿Por?
—¿Te acuerdas de aquella tarde? —Adrian se volvió hacia ella—. La de Barnaby.
Elena cerró los ojos y el recuerdo volvió entero, sin pedirle permiso.
Tenían diecisiete años. El aguacero los había sorprendido a medio camino entre Kingsmere y la casa de Adrian, sin paraguas y sin verdadera prisa por encontrar refugio. Caminaban despacio, empapándose a propósito, riéndose de cualquier cosa, con esa convicción adolescente de que llegar tarde y mojados era una consecuencia menor frente al placer de prolongar unos minutos más el camino.
El parque estaba casi vacío. Los senderos se habían convertido en cintas de barro y el agua bajaba por las ramas desnudas como si cada árbol estuviera deshaciéndose bajo la lluvia. Elena llevaba el cabello pegado a las mejillas; Adrian tenía la corbata del uniforme torcida y una mancha de lodo en la rodilla que ninguno de los dos recordaba cómo había aparecido.
Al cruzar el claro, Adrian buscó su mano. No lo anunció ni hizo una broma que le permitiera retirarse si ella lo rechazaba. Simplemente abrió los dedos entre ambos, como si llevaran meses caminando de aquella manera y solo hubieran olvidado hacerlo hasta entonces.
Elena dejó que sus dedos se entrelazaran con los de él. Fue la primera vez, y el corazón le latió en la garganta con una alegría demasiado nueva para ponerle nombre. Durante tres o cuatro pasos no escuchó la lluvia, ni el tráfico lejano, ni siquiera la respiración de Adrian. Solo sintió el calor de aquella mano y la certeza absurda de que algo que había estado fuera de lugar acababa de encontrarlo.
El frío llegó después.
No fue el frío húmedo de la ropa ni el viento que se colaba bajo el blazer. Fue una línea seca que le recorrió la espalda desde la nuca, tan rápida y precisa que Elena se detuvo a mitad del sendero. Adrian dio un paso más antes de notar la resistencia de su brazo y se volvió hacia ella sin soltarla.
—¿Qué pasa?
Elena miró hacia los árboles. Entre dos troncos, donde la lluvia formaba una cortina gris, había una sombra más densa que las demás. No tenía la forma exacta de una persona, pero ocupaba el espacio como si una figura alta permaneciera inmóvil bajo las ramas. Sus bordes parecían desprenderse y volver a reunirse, hebras oscuras agitadas por un viento que no movía nada alrededor.
Parpadeó. La sombra seguía allí.
Una ráfaga inclinó la lluvia. Las ramas se estremecieron hacia la derecha; la figura, en cambio, pareció inclinarse hacia ellos.
—Nada —dijo Elena demasiado rápido—. Creí que había alguien.
Adrian siguió la dirección de su mirada. Durante un instante no dijo nada. Elena sintió que sus dedos se tensaban alrededor de los suyos, no lo bastante para hacerle daño, sí lo suficiente para que supiera que él también había visto algo o, al menos, que no encontraba una explicación inmediata.
—No hay nadie —dijo al fin.
La frase sonó menos como una observación que como una decisión. Adrian reanudó el paso y Elena lo siguió. Ninguno soltó la mano del otro.
Detrás de ellos, algo crujió entre los árboles. No el chasquido breve de una rama rota, sino un arrastre lento, como tela mojada sobre hojas. Elena se obligó a no volver la cabeza. Había esperado demasiado aquel gesto sencillo para permitir que una sombra mal vista se lo arrebatara.
Fue entonces cuando oyó su nombre.
—Elena.
La voz era la de Adrian, baja y cercana, pronunciada justo detrás de su oído. Elena se volvió hacia él por reflejo. Adrian caminaba a su lado mirando al frente. Sus labios no se habían movido.
—¿Qué? —preguntó él, al advertir que lo observaba.
—¿Me llamaste?
—No.
Elena volvió la vista al sendero. Se dijo que la lluvia deformaba los sonidos, que alguien podía haber gritado desde la calle paralela, que el oído completa voces conocidas cuando espera escucharlas. Cualquier explicación servía mientras no tuviera que mirar otra vez hacia los árboles.
A pocos metros de la salida del parque, la voz regresó. Esta vez no dijo su nombre. Utilizó el mismo timbre de Adrian para pronunciar dos palabras que apenas atravesaron el ruido del agua:
—No vuelvas.
Elena sintió que el paso se le desordenaba. Adrian la sostuvo por el codo antes de que resbalara.
—¿Seguro que estás bien?
—Sí. Solo pisé mal.
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Editado: 25.08.2026