Presente
Llevaban casi dos horas en la segunda revisión de los documentos de baja prioridad. La caja de madera revestida de latón estaba casi vacía: quedaban facturas, recibos y correspondencia comercial que Elena había catalogado sin encontrarles relación con la investigación. Priya se había ido una hora antes, dejándolos solos con los papeles y con un silencio que ya no necesitaban llenar.
—Espera —dijo Adrian, deteniéndose antes de devolver una hoja a la carpeta de baja prioridad—. Esto estaba con el fajo de cartas, ¿verdad?
—La vimos, sí. ¿Por qué?
—Porque nos fijamos en las cartas y no en lo que estaba doblado detrás de una de ellas. —Separó con cuidado una factura del resto del folio—. Mira el membrete: Pemberton.
Elena se inclinó sobre la hoja con tanta rapidez que rozó la taza que había dejado en la mesa auxiliar.
—¿Pemberton? ¿El mismo apellido de la carta sobre el Códice de Ravensbourne?
—El mismo apellido. «Pemberton y Asociados, solicitors». La factura es de 1876, doce años anterior a la carta.
—Entonces el apellido ya estaba unido a los Ashworth antes de que H. Pemberton buscará el códice.
—O H. Pemberton pertenecía al mismo despacho —dijo Adrian—. No prueba todavía una continuidad, pero nos da un lugar concreto que rastrear.
Anotaron el hallazgo en el cuaderno de pistas y, con la caja de latón ya revisada por completo, volvieron la atención hacia lo único que aún les faltaba abrir: el diario, todavía sellado por el tiempo.
El proceso llevó casi una semana. Elena trabajó sin prisa y se negó a separar una sola hoja antes de que el soporte estuviera listo.
Elena acondicionó el bloque en ciclos breves dentro de una cámara monitorizada. Aumentaba la humedad relativa en incrementos mínimos y dejaba que el papel reposara entre sesiones, después de comprobar que las tintas no reaccionaban.
El martes por la tarde, algunas hojas exteriores empezaron a ceder sin desprender fibras. Adrian esperaba al otro lado de la mesa, tan impaciente como ella y bastante peor disimulándolo.
Trabajaron solo con las hojas exteriores que respondían al acondicionamiento. Elena separó pequeños grupos, los intercaló entre papeles absorbentes y detuvo la sesión en cuanto la resistencia cambió. El núcleo exigiría humidificación localizada y más tiempo.
Fotografiaron las páginas ya estabilizadas con escala, carta de color y luz uniforme, para estudiar las copias sin volver a manipular el original.
—¿Lista? —preguntó él.
—Lista.
Adrian leyó en voz alta, como ya se había vuelto costumbre. Elena necesitaba oír las palabras además de verlas; en su voz adquirían un peso distinto.
Las primeras hojas confirmaban lo que ya sugería la nota sin destinatario de Blackwood: Elizabeth Mercer, Adrian Ashworth y Hollowmere. Pero el diario aportaba algo que los demás papeles no tenían: la voz de Elara, registrando cada descubrimiento mientras todavía ignoraba adónde iba a conducirla..
—Escucha esto —dijo Elena—. Durante la cena, Josiah Aldridge contó que solo un anillo apareció entre las cenizas. De plata, con un hilo o un nudo grabado. Según la tradición familiar, Elizabeth lo llevaba la noche del incendio.
—¿Y qué fue de él después de que la familia lo perdiera?
—Es una descripción muy particular la de ese anillo —dijo Adrian, despacio, como si la idea se le fuera formando mientras hablaba—. Creo que podemos rastrearlo. Mi padre tenía negocios con varios valuadores joyeros, de esos que llevan registro de piezas antiguas y conservan libros antiguos. Si el anillo pasó por una venta o una tasación, quizá haya quedado una descripción.
Elena guardó silencio, intentando encajar la nueva pista con las anteriores.
—Un anillo con un hilo grabado —repitió—. El mismo motivo del dibujo y del retrato.
Elena anotó el motivo en el teléfono.
—Voy a escribirle a una amiga curadora y a varios contactos de procedencia. Un hilo rojo roto sobre el pecho es demasiado particular para no haber dejado alguna fotografía, catálogo o recuerdo de mercado.
—¿Crees que encontrarás algo?
—No lo sé. Pero es el tipo de detalle que puede sobrevivir en un catálogo, una fotografía o la memoria de un coleccionista. Vale la pena intentarlo.
Las páginas anteriores relataban la cena con los Aldridge: el oporto, las preguntas sobre el supuesto parentesco y la facilidad con que Elara y Blackwood sostuvieron una historia improvisada
—Se apretaron la mano bajo la mesa para no contradecirse —dijo Elena—. Elara escribe que pareció natural, aunque sabía que el gesto estaba calculado.
—Suena a alguien que sabía sostener una mentira sin que se notara.
—O a alguien que empezaba a notar que la mano no le resultaba indiferente.
—¿Y a nosotros no nos quedó nada de eso? Cuando fuimos a Hollowmere, quiero decir. Solo encontramos la lápida y las piedras.
—Han pasado ciento treinta y ocho años. Que no estuviera allí no significa que desapareciera.
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Editado: 25.08.2026