El Hilo Rojo

Capítulo 21. El baile.

Del diario

04 de mayo de 1888

Las respuestas a las cartas de Blackwood empezaron a llegar apenas cuatro días después, más rápido de lo que ninguno de los dos esperaba. Esta mañana llegó la del registro profesional que consultó su antiguo compañero. No constaba ningún despacho londinense bajo el nombre Pemberton, aunque una nota remitía a una pequeña práctica provincial y sugería buscarla en los directorios de Kent.

—Tendremos que seguir el rastro del despacho y encontrar a H. Pemberton. Verificar si es descendiente de Josiah Pemberton, pero si descubre que el códice terminó en mis manos después de su negativa, es posible que cierre la puerta antes de escucharnos.

—¿Planea hacerse pasar por otra persona?

—En realidad, lo planearemos los dos: el señor y la señora Hartley, comerciantes de tejidos. Un matrimonio explicará por qué viajamos y nos hospedamos juntos sin que nadie haga preguntas sobre su reputación.

No respondí enseguida. La propuesta me indignaba casi tanto como me intrigaba.

10 de mayo de 1888

La respuesta a la segunda carta enviada al antiguo compañero de estudios de Blackwood, apenas llegó un día después y resultó ser mucho más generosa. No sabía nada de Pemberton, pero mencionaba, casi de pasada, que un tal señor Grayson —cuyo nombre le sonaba, decía, de círculos relacionados con antigüedades y coleccionismo— celebraba un baile la semana entrante, y que si Blackwood de verdad buscaba respuestas sobre procedencia de retratos, ningún salón de Kent reuniría a mejor gente para preguntar.

Blackwood dejó la carta sobre la mesa con una expresión reflexiva.

—Grayson —repitió—. La misma familia que mencionó la señora Whitfield.

—Empiezo a creer que ya no existen las coincidencias en esta investigación.

—Empiezo a creerlo yo también. —Suspiró, con la resignación de quien ya sabe lo que viene—. Habrá que prepararlo todo.

El viaje en busca de Pemberton tuvo que esperar, ya que, antes había un baile que atravesar, y antes del baile, y toda su parafernalia.

—En el baile de los Grayson Sir Aldous Pryce estará allí. Se le considera uno de los mejores conocedores de retratos familiares y su procedencia.

—Entonces deberemos asistir. ¿Cuándo salimos?

—Hay una condición.

—¿Por qué será que cada vez que pronuncia esa frase ya sé lo que viene?

—Porque me conoce demasiado bien. Lady Grayson la recibirá como amiga de mi hermana, pero necesitará vestirse para sostener la presentación.

La irritación del vestido prestado volvió a subirme por el pecho, esta vez acompañada de resignación, del tipo con la que se espera la lluvia en un día nublado.

—Tuvimos un acuerdo, señor Blackwood. Mi propia ropa.

—Lo recuerdo perfectamente, igual que la última vez que rompí esa promesa.

—Entonces renegociemos el acuerdo, señor Blackwood. Paso más horas en Ravensbourne que en mi botica, estabilizo un retrato que no formaba parte del encargo, viajo y ahora pretende que lo acompañe a un baile. Eso excede el trabajo por el que me contrató. Quiero un suplemento por los viajes y por cada jornada dedicada al cuadro.

La sorpresa le duró apenas un instante; después sonrió.

—Es justo. Prepare una cuenta de las jornadas y los viajes; mi administrador la incorporará al acuerdo y yo la firmaré. No le discutiré un chelín razonable.

Su acuerdo inmediato me dejó sin la mitad de la discusión que había preparado.

Durante los tres días siguientes, la señora Whitfield —que había supervisado más bailes de los que yo había visto en mi vida— me enseñó lo suficiente del vals para no humillarme en público.

—Piense en una dosis —dijo Whitfield—. Tres tiempos, el peso en el lugar correcto y ninguna improvisación hasta que el cuerpo aprenda la cuenta.

Resulté ser una alumna aplicada. No por gracia natural, sino por la determinación de cruzar el salón de los Grayson sin pisar a nadie.

El vestido quedó listo el jueves: verde botella, casi negro a la sombra, ajustado durante dos tardes por la costurera de la casa. El escote me pareció menos modesto de lo que la doncella prometía y la lazada del corsé, aun después de aflojarla una vez, seguía demasiado firme.

Al verme bajar, Blackwood olvidó durante un instante la frase que iba a decir.

—El verde le sienta bien —dijo al fin—. La elección de la costurera ha sido más acertada de lo que yo habría sabido pedir.

—Eso ha sido lo más parecido a un cumplido que le he oído decir, y aun así ha conseguido que parezca un informe sobre la costurera.

—Es un talento que cultivo desde niño.

—Le advierto desde ya, señor Blackwood, que este corsé es una tortura, y que pienso recordárselo cada vez que la noche se alargue más de lo estrictamente necesario.

No dijo nada, solo ladrón la cabeza a ambos lados con una sonrisa dibujandoósele en las comisuras.

Lady Grayson me recibió como amiga de Georgiana y no hizo una sola pregunta que pudiera desarmar la cortesía de la presentación. El salón estaba lleno de velas y de rostros que se volvían hacia la desconocida. Algunos caballeros prolongaron la mirada más de lo cortés; Blackwood lo advirtió, aunque tuvo el juicio de no actuar como si yo necesitara que me defendieran de unos ojos.

Pasé buena parte de la noche entre conversaciones sobre caza, caballos y el clima de Kent. Dejé caer el apellido Mercer con la ligereza necesaria para que parecieran curiosidad de salón. Casi nadie reaccionó. Un coronel retirado recordó que había aparecido junto al apellido Ashworth en una vieja disputa de tierras, pero no pudo añadir nada que no supiéramos ya. La corroboración era mínima; aún así, la guardé.

Blackwood esperó a que el coronel terminara la frase y se acercó con la mano extendida.

—¿Me concede esta pieza, señorita Whitmore?

—No recuerdo haberle prometido ninguna pieza, señor Blackwood.

—No. Pero esperaba que aceptara si se la pedía yo.




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