El Hilo Rojo

Capítulo 22. Las siete llamadas.

Adrian esperó tres días después de la lectura del bloque sellado. Cuando por fin habló, el taller ya estaba cerrado y Priya se había marchado. Se quedó de pie frente a la mesa, como si sentarse pudiera hacerle perder el valor.

—Quiero decirte la razón por la qué me fui hace diez años.

Elena sorprendida dejó el pincel sobre la bandeja y alineó el mango con un cuidado innecesario. Necesitaba un segundo antes de mirarlo.

—Te escucho.—Dijo tratando de disimular su asombro.

—¿Recuerdas la fiesta de Garret en la universidad? —dijo él.

Elena sintió que el taller se estrechaba alrededor de los dos, aunque nada se había movido.

Había una fiesta esa noche, una de tantas, en el piso compartido. Elena y Adrian habían terminado, como terminaban siempre en esas fiestas, hablando solos en algún rincón mientras el resto del mundo se emborrachaba a su alrededor, y en algún momento de esa conversación —ninguno de los dos supo decir en cuál exactamente— la distancia entre ellos se cerró del todo, y se besaron.

Se besaron sin timidez y sin la salida fácil de una risa. Cuando se separaron, ninguno fingió que había sido un accidente. Salieron de la fiesta de la mano, caminando despacio, todavía sorprendidos de que algo que llevaba años esperando hubiera resultado tan sencillo. Prolongaron ese beso con otros tantos de camino a la casa de Elena, ya no había nada que los detuviera.

El teléfono de Adrian había vibrado varias veces en el bolsillo, pero estaba en silencio y él no lo notó. Al regresar a su dormitorio ya de madrugada, revisó el teléfono y encontró siete llamadas perdidas: cuatro de su padre y tres de una vecina. Ella había dejado un mensaje pidiéndole que llamara de inmediato.

Su padre, de viaje, había llamado a una vecina cuando la madre de Adrian dejó de responder. La mujer entró con la llave de emergencia, la encontró inconsciente y llamó a una ambulancia. La madre de Adrian había sufrido la rotura de un aneurisma cerebral; los paramédicos no pudieron reanimarla. Nadie supo decir a qué hora exacta había ocurrido.

—Siete llamadas —dijo Adrian—. El teléfono estaba en mi bolsillo, en silencio porque no quería que nada interrumpiera aquella noche contigo. Mientras te besaba, ellos intentaban localizarme.

—Adrian...

—No he terminado. Por favor. Si me detengo ahora, quizá no vuelva a decirlo.

Elena aflojó las manos del borde de la mesa. Quería acercarse, pero esperó.

—Sé que contestar no habría cambiado lo ocurrido. Lo sé ahora y, en algún lugar, también lo sabía entonces. Pero durante el funeral me convencí de que había elegido estar contigo en vez de estar disponible para ella. En mi cabeza, ser feliz contigo se volvió una forma de haberla abandonado. Cada vez que te veía, volvía a aquella madrugada. No supe separar una cosa de la otra.

—Yo quería estar contigo. Te llamé, fui a tu casa, te escribí durante semanas.

—Lo sé. Cada vez que intentabas acercarte, yo revivía aquella noche, así que hice lo peor que podía hacer: te dejé sola con preguntas que eran mías. Acepté una plaza en Nueva York y me fui en cuanto pude organizarlo. Dije que era una oportunidad de carrera. En realidad, estaba huyendo. Te dejé creer durante diez años que habías hecho algo mal. Lo siento.

El taller quedó inmóvil. Adrian bajó la vista; Elena oyó el zumbido de las luces y su propia respiración.

—Entiendo. Pero eso no cambia lo que hiciste, Adrian. Me dejaste creer que habíamos cometido un error al besarnos y que no te había importado.

—Lo sé. Pasé diez años tratando de escapar de lo único real que me ha pasado en la vida. Causando que te perdiera por decisión propia.

Elena pensó que Adrian había cargado durante una década con una culpa que no le correspondía, y ella había pasado el mismo tiempo creyéndose alguien que ya no le importaba mas.

—No puedo hacer que desaparezcan estos últimos diez años —dijo Elena—. Pero te comprendo.

Dicho esto, Elena hizo lo único que le pareció verdadero en ese momento: cruzó el espacio que los separaba y lo abrazó fuertemente, sin decir nada más, dejando que el silencio hiciera el trabajo que ninguna palabra suya habría podido hacer mejor.




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