Presente
La carretera hacia Kent estaba prácticamente vacía a esa hora de la mañana, y en algún punto entre Londres y el desvío hacia Ashford Mere, sin decir nada, sin que pareciera una decisión consciente ni por parte de él ni por parte de ella, la mano de Adrian dejó el volante un momento y encontró la de Elena sobre el asiento, entrelazando los dedos con una naturalidad que a ninguno de los dos pareció sorprenderle demasiado. Elena no la apartó.
—Tengo una pista nueva —dijo Elena al fin—. Todavía no te la había contado.
—¿Qué clase de pista?
—Una antigua compañera de la universidad, ahora curadora especializada en procedencia, revisó catálogos privados y registros de subastas. Encontró una colección que podría contener uno de los retratos con el hilo rojo roto que mencionó Sir Aldous.
—¿Te ha contactado con esa persona?
—No directamente. Mi amiga reenvió mi consulta al administrador de la colección. El propietario estará en Londres la semana próxima y decidirá si quiere responder. Le escribí hace tres días; todavía no hay noticias.
—¿Piensas conseguir una cita?
—Sí. La referencia es demasiado específica para dejarla ahí. Esperaré hasta la semana próxima y volveré a escribir para obtener una cita.
La búsqueda de Pemberton en Kent no produjo la respuesta que esperaban, pero sí delimitó el problema.
La sociedad histórica del distrito ocupaba una antigua capilla desconsagrada cerca de Ashford Mere. Conservaba directorios comerciales, periódicos locales e índices testamentarios.
El archivista encontró varias entradas Pemberton bajo razones sociales distintas. La última decía: «Pemberton & Son, solicitors. Oficina cerrada en 1920 tras el fallecimiento de Henry Pemberton. Sin firma sucesora registrada».
—¿Hay una dirección, un aviso de disolución o alguna referencia al destino de los expedientes?
—Aquí no consta ningún depósito —dijo el archivista—. Eso no demuestra que los papeles se destruyeran. Pudieron quedar con el albacea, pasar a otra firma o conservarse en la familia. El calendario testamentario sí puede darnos el nombre del ejecutor de Henry Pemberton.
Elena fotografió la entrada de todas formas y anotó sus referencias, aunque la decepción le pesara en el estómago como una comida mal digerida. Recorrieron el resto del archivo sin encontrar nada más útil, y para media tarde ya estaban de vuelta en el coche, con el cielo de Kent cerrándose otra vez en esa llovizna gris que Elena empezaba a asociar, de manera un poco supersticiosa, con cada visita a ese condado.
—El nombre desaparece de los directorios en 1920 —dijo Adrian—. Pero no sabemos qué pasó con la familia ni con los documentos.
—Al menos sabemos dónde termina la pista profesional. El albacea es el siguiente paso; después veremos si queda algo que seguir.
Entre Ashford Mere y Londres, con la lluvia arreciando contra el parabrisas y Elena medio adormilada contra la ventanilla, el teléfono de Adrian empezó a sonar a través del sistema del coche, con un número que ninguno de los dos reconoció.
—¿Te importa si lo pongo en altavoz?
—No.
—¿Si?
—¿Hablo con el señor Cole? Soy Gerald Ashby, de Ashby e Hijos, tasadores de joyería y platería. Usted dejó una consulta sobre un anillo de plata con un motivo de hilo entrelazado.
Elena se incorporó de golpe, ya completamente despierta, haciéndole gestos frenéticos a Adrian para que no colgara, como si eso fuera remotamente una posibilidad.
—Sí, el mensaje era mío —dijo Adrian—. Está usted en altavoz, por cierto. ¿Le molesta que escuche?
—En absoluto. La mayoría de estas consultas no coincide con nuestros libros, pero la suya incluía un detalle poco ordinario: plata deformada por calor y un grabado en forma de hilo o nudo. Encontré una tasación de 1923 con esa misma combinación.
——¿Un anillo de plata deformado por calor, con un hilo grabado? —dijo Elena, sin poder contenerse.
—Eso dice el libro. Registra el peso, un valor estimado, el nombre de quien presentó la pieza y un número de cliente. No indica de dónde salió el anillo ni si llegó a venderse. El número podría remitir a otro registro, pero prefiero comprobarlo con el original delante.
—¿Puede decirnos el nombre? —preguntó Adrian.
—Está anotado como «Sra. E. Ashworth». Nada más. ¿Les dice algo?
Elena repitió mentalmente la inicial antes de conseguir responder.
—Sí —dijo Adrian—. Mucho. ¿Podemos ver el asiento y comprobar ese número de cliente?
—Cuando gusten. El asiento es breve, pero podrán examinarlo junto con el índice de clientes. No esperen que el anillo siga aquí: Ashby e Hijos solo lo tasó.
Acordaron una cita para la semana siguiente. Cuando terminó la llamada, la decepción de Kent había sido sustituida por una expectativa mucho más difícil de disimular.
—Una señora E. Ashworth en 1923 —dijo Elena—. Treinta y cinco años después de las entradas de Hollowmere. Alguien que usaba ese nombre llevó a tasar el anillo.
—Podía haber sido un Ashworth, haberse casado con uno o haber adquirido el anillo fuera de la familia. E. puede ser cualquier nombre.
—Puede. Pero es la primera «E. Ashworth» posterior a Elizabeth que hemos encontrado en un documento. No la descartaría como coincidencia.
Adrian guardó silencio mientras las primeras luces de Londres aparecían tras la llovizna. Cuando habló, la esperanza seguía contenida por la cautela.
—Empiezo a creer que vamos a encontrar más de lo que buscábamos.
—Yo también. Y no sé si eso me emociona o me aterra un poco.
—Pue
de ser ambas cosas. Últimamente lo son.
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Editado: 25.08.2026