El Hilo Rojo

Capítulo 25. El rostro de Blackwood.

Del diario

04 de junio de 1888

La carta de Sir Aldous llegó la mañana después de nuestro regreso del baile de los Grayson. Fue breve, pero Blackwood se puso de pie antes de terminarla.

Recordé por fin el retrato que no conseguía situar: estaba en casa de los Ferris, cerca de Northumberland. Son industriales de fortuna reciente y muy celosos de su colección. Le aconsejo cautela; no reciben bien las preguntas directas.

—Viajaré a Northumberland—dijo—. Puedo presentarme como posible inversor sin despertar preguntas. Si le parece sensato, saldré en cuanto resolvamos lo de Pemberton y le escribiré si es pertinente..

No intente debatir nada, aunque hubiera querido, tengo suficiente con el retrato y su rostro todavía oculto bajo el hollín. Pero le hice prometer tres cosas: que escribiría si surtía algo relevante, que no tocaría la pintura y que revisaría con cuidado el marco o el reverso del cuadro para identificar cualquier marca.

Ha estado fuera casi tres semanas, y en ese tiempo he avanzado más de lo que me atrevía a esperar. Trabajé solo donde la capa pictórica se mantenía firme. Probé cada solución en márgenes ya perdidos y anoté concentración y tiempo de contacto para validar replicar la mezcla en el resto del lienzo. Así aparecieron el cuello, los hombros y parte del vestido. El rostro lo estoy dejando para el final: todavía no confío en una mezcla hasta haber visto cómo responde el material.

Volvió esta tarde con la ropa de viaje, polvo en el dobladillo y ojeras que no traía al marcharse. Se sentó frente al retrato antes incluso de pedir que le prepararan agua caliente.

—Me presenté como posible inversor en la fundición. Investigué lo suficiente para sostener tres días de conversaciones sobre hornos y contratos. El señor Ferris habla de su industria con el orgullo con que mi clase habla de sus tierras; después del segundo día empecé a respetar su entusiasmo, lo que constituye una traición menor a varios prejuicios que me educaron para conservar.

—¿Y el retrato?

—A eso voy. Durante tres días aprendí la casa mientras fingía interesarme por la fundición: qué pasillo llevaba al ala vieja, cuándo cambiaba la guardia de los criados y qué puertas permanecían cerradas. La tercera noche fingí un dolor de cabeza y me retiré temprano. Esperé a que la casa quedara en silencio, tomé una linterna de viaje con la luz cubierta y recorrí el ala que no me habían mostrado. Sabía que, si me descubrían, nadie creería que solo pretendía robar una mirada. Aun así, seguí.

Se interrumpió. La pausa duró lo suficiente para que entendiera que el hallazgo no había sido solo documental.

—Lo encontré en una sala pequeña. Para mi sorpresa, era el retrato de un caballero, no de una dama. Con un anillo de plata en su mano y, sobre él, aparecía pintado el mismo hilo rojo, roto a la mitad. No había nombre ni fecha legibles. En el travesaño inferior distinguí un número de tiza y el resto de una etiqueta; los copié antes de oír pasos en el corredor.

—¿Un caballero? Eso cambia lo que creíamos saber.

—Eso no fue lo que más me impactó, Elara.

Algo en su voz me hizo dejar el lápiz con el que anotaba el estado del lienzo. Hacía tiempo que no pronunciaba mi nombre de ese modo: sin título, sin testigos y sin la protección de una broma.

—El caballero tenía mi rostro. No una semejanza vaga: mi mentón, la línea de mis cejas, incluso la forma de mirar. Llevaba bigote y el cabello algo más claro. No había inscripción, pero, si ese retrato pertenece a la historia que seguimos, no puedo pensar en nadie más que en el Adrian Ashworth de 1798.

No pude articular palabra, lo que Blackwood me dijo me tomó totalmente por sorpresa, deje que continuara a su propio ritmo.

—No encontré inscripción alguna. Sé que una cara no basta para ponerle nombre, pero llevo la mía desde que nací. La reconocería aunque la separaran de mí noventa años y un bigote.

—Si el hombre era Adrian Ashworth, ¿cómo llegó su retrato a una casa Ferris? ¿Qué le dijeron sobre su procedencia?

—Ferris solo sabía que la obra había llegado con un lote adquirido por su padre. Copié el número del reverso y las medidas. Si la mujer de Hollowmere fuera Elizabeth y este hombre Adrian, entonces alguien repitió el mismo motivo en ambos. No sé si fue el mismo pintor, un taller o una mano posterior; pero ya no puedo tratarlo como coincidencia.

Guardamos silencio frente al lienzo de Hollowmere, todavía sin rostro. En Northumberland quedaba otro hombre con la cara de Blackwood y el mismo hilo roto; aquí, una mujer desconocida esperaba bajo el hollín..

No encontré palabras, así que hice lo único que me pareció verdadero: crucé la habitación y cubrí su mano con la mía, sin decir nada, dejando que el gesto hiciera el trabajo que ninguna palabra mía habría podido hacer mejor. Se quedó así, con mi mano sobre la suya, más tiempo del apropiado, y cuando por fin se marchó a descansar del viaje, me quedé sola otra vez frente al retrato, miré el rostro oculto de la mujer de Hollowmere. Tal vez fuera Elizabeth. Tal vez no.




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