El Hilo Rojo

Capítulo 26. La camiseta de Superman.

Presente

El resfriado tuvo un origen mucho menos misterioso de lo que a Elena le habría gustado admitir. La víspera, la asistente de Mark Sinclair, un coleccionista privado, había confirmado por correo electrónico una visita a una casa de las afueras. Elena le reenvió el mensaje a Priya antes de salir, más por costumbre que por precaución.

—Perfecto —respondió Priya—. Si desapareces, al menos sabré dónde empezar a buscarte.

—Qué tranquilizador.

—Es uno de los servicios incluidos con el puesto.

Elena llegó puntual. La verja permanecía cerrada y nadie respondió al timbre ni a sus llamadas. Esperó diez minutos, después veinte. A la media hora volvió a pulsar el intercomunicador, aunque ya no esperaba que nadie contestara.

Primero oyó estática. Luego, muy cerca del oído, una voz muy parecida a la suya dijo:

—No esperes.

Elena apartó el dedo. Miró a través de los barrotes hacia las ventanas oscuras de la casa. No había movimiento detrás de los cristales y el intercomunicador había vuelto a quedar mudo.

Se dijo que había confundido el ruido con su propia impaciencia. En ese momento el cielo se abrió y tuvo que regresar a la estación bajo el aguacero.

Llamó a Priya desde el andén para preguntarle si había copiado mal la dirección. Su amiga tardó menos de un minuto en reenviarle el correo.

—Es la misma —dijo—. O la asistente se equivocó o esa mansión tiene una idea muy elitista de la hospitalidad.

—Esperé media hora.

—Lo sé. Se oye en tu voz el principio de una novela donde la protagonista muere por tomar malas decisiones bajo la lluvia. Vete a casa, toma algo caliente y ahórrame el tercer acto.

Elena prometió hacerlo solo para terminar la conversación. Al llegar a casa ya le ardía la garganta. La lluvia no la había enfermado, pero sí había conseguido que dejara de ignorar que llevaba incubando horas antes.

Adrian se presentó al día siguiente con una bolsa de farmacia capaz de abastecer una pequeña epidemia. Llamó al timbre; Elena contestó el interfón y abrió la puerta al saber que era él.

—Priya me escribió —dijo, a modo de explicación, dejando la bolsa sobre la mesa de la cocina—. Dijo que sonabas como si te estuvieras muriendo por teléfono esta mañana.

—Exagera. Solo me estoy muriendo un poco.

—Traje paracetamol, pastillas para la garganta, una prueba rápida, esas vitaminas que mi madre juraba que servían para todo y sopa. Mucha sopa.

Entre estornudos, Elena le contó lo ocurrido, aunque dejó fuera la voz del intercomunicador. Al pronunciar en voz alta «casa vacía» y «error de agenda», cualquier otra explicación le pareció innecesariamente absurda. La preocupación de Adrian se convirtió, frase a frase, en una tensión visible en la mandíbula.

—¿Fuiste sola a una casa particular? ¿Alguien sabía dónde estabas?

—Le reenvié la confirmación a Priya. Dijo que necesitaba la dirección para identificar mi cadáver con eficiencia.

—Su sentido del humor me tranquiliza menos de lo que crees.

—A mí me tranquiliza bastante. También comprobó que yo no hubiera copiado mal la dirección y me llamó dramática durante todo el trayecto de regreso.

—La próxima vez que sea una casa privada, deja que alguien te acompañe o espere cerca. Yo, Priya, quien tú elijas.

—Era una reunión profesional, no una expedición. Pero acepto lo de llevar refuerzos. Lo que no acepto es el sermón.

—Sin sermón —aceptó Adrian. Se volvió hacia la cocina y puso agua a calentar antes de que la preocupación encontrara otra forma de salir.

—¿Puedo quedarme hasta que te baje la temperatura? —preguntó.

Elena asintió. Adrian preparó té con miel y limón, le acercó la sopa y comprobó que la fiebre no subiera. Cuando la prueba rápida salió negativa y la temperatura empezó a ceder, Elena levantó un extremo de la manta para hacerle sitio en el sofá.

Adrian tarareaba una canción pop de sus años universitarios, desafinando cada nota alta con una confianza admirable.

—Cantas fatal. Siempre has cantado fatal —dijo Elena, con la cabeza apoyada en su hombro y la voz congestionada.

—Es una de mis grandes cualidades, gracias. ¿Por qué lo dices?

—Esa canción me hizo recordar mi cumpleaños. El del karaoke. El que ocasionó que llegaras tarde a las pruebas de remo al día siguiente ¿Lo recuerdas?

Adrian dejó de tararear. La sonrisa le llegó teñida de nostalgia.

Elena cumplía veinte. Como se había vuelto costumbre desde Kingsmere, terminaron celebrándolo los dos en el karaoke, está vez en uno cerca del campus, un lugar con máquinas gastadas y un dueño que nunca parecía recordarlos. La regla era sencilla: ganaba quien eligiera la canción más vergonzosa, y el otro debía hacerle el coro sin protestar.

A mitad de la canción, Adrian dejó de hacer el coro y sacó de debajo de la mesa una bolsa arrugada que llevaba horas escondiendo.

—Feliz cumpleaños —dijo, dejando la bolsa sobre la mesa—. Ábrelo ahora. No aguanto más.

Dentro había una camiseta sencilla con el emblema de Superman. Elena la sostuvo en alto, desconcertada. Adrian dejó de sonreír por un instante; de pronto parecía demasiado serio para el ruido y las luces del karaoke.

—Trabajas, estudias y todavía encuentras tiempo para salvarle el día a todo el mundo. Si alguien merece llevar esa S, eres tú. Te admiro, Elena. Mucho más de lo que suelo decirte.

—Qué cursi.

—Déjame terminar. Yo seré Batman: sin superpoderes, con demasiado dinero y con la suerte de conocer a la heroína de verdad.

Siguieron cantando hasta después de medianoche. Durante unas horas olvidaron que Adrian llevaba un año entrenando para las pruebas de remo universitario de las siete de la mañana del día siguiente.

Se quedó dormido con el despertador sonando, ignorado, durante casi cuarenta minutos, agotado por una noche que no había estado dispuesto a acortar por nada, y llegó al río cuando las pruebas ya habían empezado. El entrenador se negó a alterar los turnos y entregó su lugar en la embarcación a otro remero.




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