El Hilo Rojo

Capítulo 27. Lady Cavendish.

Del diario

08 de junio de 1888

Hasta ese momento, la tarde había transcurrido con una tranquilidad que ya empezaba a resultarme peligrosa. Blackwood había aprendido a sostener la pantalla de luz sin preguntarme cada pocos minutos si lo hacía bien; yo había dejado de agradecerle cada vez que alcanzaba una herramienta antes de que se la pidiera. Trabajábamos frente al retrato con la facilidad de quienes empiezan a conocer los movimientos del otro y prefieren fingir que se trata únicamente de costumbre.

Habíamos conseguido limpiar una franja estrecha junto al borde inferior. No revelaba todavía un rostro ni una respuesta, apenas una diferencia de tonos que confirmaba que el hollín no había penetrado por igual en toda la superficie. Era poco, pero suficiente para obligarme a continuar.

Lady Cavendish llegó sin anunciarse esta tarde, con la seguridad de quien nunca ha necesitado confirmar si es bienvenida. Era prima lejana de la madre de Blackwood, aunque se concedía todos los derechos de una tía.

—Viene de tanto en tanto a comprobar que sigo comportándome como se espera de mí —dijo Blackwood al oír el carruaje detenerse frente a la casa—. Le advierto que convierte cada pregunta en un veredicto.

Estaba a punto de preguntarle qué clase de comportamiento esperaba Lady Cavendish de un hombre que entraba en casas ajenas y se hacía pasar por comerciante cuando la señora Whitfield apareció en la puerta para anunciarla, con Lady Cavendish ya un paso detrás, como si el protocolo solo existiera para los demás.

Nos encontró frente al retrato, Lady Cavendish miró primero el cuadro, después a mí, luego a él y finalmente al delantal que llevaba sobre el vestido.

—No sabía que tenías una especialista instalada en la biblioteca, Adrian —dijo. Oír su nombre de pila en aquella voz familiar me resultó más íntimo de lo que debía. Lo había leído en documentos y escuchado alguna vez, pero en Ravensbourne todos parecían protegerlo detrás de Blackwood, milord o señor.

—Lady Cavendish, le presento a la señorita Whitmore. Colabora conmigo en la conservación de este retrato.

—¿Conservación? Perdone. A primera vista pensé que se trataba de una labor doméstica. El delantal me confundió.

Sonrió al decirlo. Era una sonrisa impecable, de esas que permiten herir sin que nadie pueda señalar con precisión el momento de la agresión.

—El delantal protege la obra. Las pruebas y el registro son míos, Lady Cavendish. El señor Blackwood me contrató precisamente para dirigirlos.

Ella observó las hojas numeradas junto al lienzo sin acercarse demasiado.

—Entonces es usted la señorita Whitmore de la que se habló después de la velada de los Grayson.

Blackwood bajó la pantalla. No hizo falta mirarlo para notar que la habitación acababa de cambiar de temperatura.

—No sabía que mi trabajo hubiera resultado tan memorable —respondí.

—El trabajo rara vez es lo que Londres recuerda, señorita Whitmore. Una mujer soltera presentada con tanta deferencia y trabajando después con libertad bajo el techo de un hombre soltero dará pie a interpretaciones. No todos serán tan indulgentes como Adrian.

La mandíbula se me tensó. Conocía esa cortesía: la había oído en clientes que confundían oficio con servidumbre y en hombres que llamaban preocupación a la necesidad de decidir qué podía hacer una mujer sin perder respetabilidad.

—Comprendo perfectamente cómo funcionan estas costumbres, Lady Cavendish. He trabajado suficientes años para saber que mi presencia en una habitación suele explicarse antes por mi sexo que por mi oficio. Eso no modifica mi contrato ni mi responsabilidad sobre esta obra.

Por primera vez su sonrisa perdió algo de firmeza.

—Un contrato protege un acuerdo, querida. No protege una reputación. Y las consecuencias no recaerán únicamente sobre Adrian.

Esa última frase me detuvo. Había condescendencia en ella, sí, pero también una verdad desagradable: si Londres decidía convertir nuestra investigación en escándalo, el nombre de Blackwood saldría magullado y el mío podía quedar inutilizado. Lady Cavendish no había inventado la regla; solo parecía demasiado cómoda administrándola.

—Lo sé mejor de lo que imagina —respondí—. Por eso no pienso abandonar mi trabajo para facilitarle la imaginación a nadie.

Blackwood habló después de mí, no en mi lugar.

—La señorita Whitmore no necesita indulgencia. Encontró esta obra, la estabilizó, dirige cada prueba que se realiza sobre ella y ejecuta la restauración con diligencia. Mientras esté en esta casa, se la tratará como la profesional que es.

Lady Cavendish permaneció inmóvil. No estaba acostumbrada a que el pariente al que llevaba años corrigiendo le negara el terreno moral.

—Mi intención era proteger tu nombre, no ofender a la señorita Whitmore.

—Mi nombre no necesita que humille a nadie para protegerlo. Y si su preocupación incluye también el nombre de ella, empiece por no hablar de su reputación como si no estuviera presente.

Lady Cavendish me miró con una atención distinta. Durante un instante dejó de parecer ofendida y pareció, simplemente, cansada.




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