Priya volvió al taller el lunes con la palidez de quien había pasado la semana durmiendo a intervalos, un tubo de cartón con sus láminas finales bajo el brazo y una sonrisa cansada, aunque genuina, que anunciaba que al menos había sobrevivido a la entrega.
—Sobreviví —anunció, dejando el tubo en un rincón con el cuidado de quien ha invertido demasiadas noches en lo que guarda—. La evaluación salió bien, creo. O, por lo menos, no tan mal como para que me obliguen a repetirla.
Encontró a Elena colgando el teléfono con la expresión contenida de alguien que acababa de terminar una conversación mucho más frustrante de lo que su tono profesional había permitido oír.
—¿Malas noticias?
—La asistente de Mark Sinclair. Admitió que la cita anterior se confirmó por un error de agenda y se disculpó por dejarme esperando frente a una casa vacía. Sinclair sigue en Milán por negocios y no puede recibirme hasta la semana próxima, como si yo tuviera tiempo ilimitado para perseguirlo.
—Una semana no es tanto.
—Una semana es una eternidad cuando llevas meses siguiendo la misma pista y cada respuesta abre otra espera.
Priya la observó durante un momento con esa expresión que Elena ya reconocía: estaba a punto de proponer algo que sonaría opcional, aunque ninguna de las dos lo consideraría realmente así.
—Entonces necesitas salir de este taller y dejar de mirar el mismo callejón sin salida. Hay una exposición nueva en el Museo de Historia Cultural sobre folclore y su representación en el arte: pintura, escultura, libros, relieves y objetos rituales. La exposición está a cargo de la doctora Adelaide Vance, profesora de folclore comparado. Es exactamente el tipo de cosa que te gusta.
—Tengo trabajo.
—Tienes tres tazas vacías, la misma página abierta desde hace veinte minutos y una expresión que podría marchitar plantas. El trabajo sobrevivirá dos horas sin ti.
Elena no encontró una objeción convincente. Para media tarde recorrían las salas del museo, Priya señalando piezas con el entusiasmo genuino de quien disfruta el arte y no solo lo tolera por compañía. Por primera vez en semanas, Elena sintió que su cabeza dejaba de girar alrededor del mismo puñado de nombres, fechas y documentos incompletos.
—Mira esto —dijo Priya ante una talla de madera oscura procedente de los Cárpatos. La figura femenina extendía los brazos hacia un telar apenas insinuado—. La cartela dice que las tejedoras del destino aparecen en distintas tradiciones europeas. Cambian el nombre y el material, pero en muchas variantes el tejido se relaciona con promesas, ayuda y algún precio.
—Una manera poco sutil de advertirle a la gente que tenga cuidado con lo que desea.
—O una manera muy antigua de explicar por qué algunas cosas buenas llegan con una letra pequeña que nadie se molesta en leer hasta que ya ha firmado.
Elena se rió, sin saber todavía cuánto se acercaba aquella broma a lo que llevaba semanas investigando. Continuaron entre las salas con la ligereza de dos amigas que por fin tenían una tarde libre para hablar de cualquier cosa menos del diario, aunque el trabajo nunca se alejaba del todo de sus pensamientos.
—Voy a salir un momento —dijo Priya al llegar a la tercera sala, con el teléfono vibrando en la mano—. Es mi madre. Dame diez minutos y no descubras ningún misterio sin mí.
—Haré lo posible.
—Eso no me tranquiliza en absoluto.
Elena siguió sola hasta una vitrina dedicada a representaciones del destino y la fatalidad: figuras aladas, balanzas, ruedas y relojes de arena. Al final había un volumen antiguo, abierto sobre una cuna de conservación. Las cubiertas quedaban casi ocultas por el soporte; la página expuesta era de pergamino y mostraba un dibujo a tinta y pigmento rojo. La imagen la detuvo antes de que su mente alcanzara a explicar por qué.
Dos siluetas, unidas por un hilo rojo que les atravesaba el pecho.
El ruido de la sala pareció alejarse. Elena abrió en el teléfono la fotografía del dibujo que Elara había trazado de memoria el 8 de abril: dos figuras, una hebra roja cruzándoles el pecho y una pequeña espiral en la muñeca izquierda del hombre. Acercó la pantalla al cristal sin tocarlo y comparó el recorrido del hilo, la postura de los cuerpos y la posición de la marca.
Al levantar la mirada, el vidrio le devolvió su propio rostro superpuesto al pergamino. Unos pasos detrás apareció también una silueta alta y oscura, inmóvil al final de la sala. No distinguía facciones; sus bordes parecían deshacerse entre los reflejos de las lámparas.
Elena se volvió.
No había nadie.
La entrada de la sala permanecía vacía y el único sonido cercano era el zumbido discreto del sistema de climatización. Cuando miró otra vez la vitrina, el cristal solo reflejaba su figura y la hilera regular de luces del techo.
Se dijo que algún visitante habría cruzado detrás de ella y que la curvatura del vidrio había deformado el reflejo. Era una explicación suficiente. No consiguió, sin embargo, quitarse de encima la sensación de que la forma no había estado mirando el dibujo.
La había estado mirando a ella.
Obligó a sus ojos a volver a la página. El dibujo de Elara no era una copia exacta: su trazo era más torpe y las proporciones variaban. Pero el recorrido del hilo, la postura de los cuerpos y la espiral coincidían con una precisión incómoda. Por primera vez Elena consideró una posibilidad más concreta que una simple relación iconográfica: Elara quizá había intentado reproducir de memoria aquella misma imagen.
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Editado: 25.08.2026