El Hilo Rojo

Capítulo 29. La confesión.

Del diario

10 de Junio de 1888

El rostro del retrato continúa apareciendo por fragmentos. Esta semana logré limpiar una franja alrededor del ojo derecho, he retirado el hollín, y he dejado secar cada zona antes de volver a tocarla. La mirada todavía está incompleta, partida por sombras que no me atrevo a eliminar deprisa. Me digo que la inquietud es cansancio. No termino de creermelo.

Estábamos los dos en la biblioteca esta noche. Yo había terminado la sesión, guardado los pinceles y anotado el resultado de la última prueba cuando Blackwood dejó el libro que fingía leer y habló, sin ningún preámbulo que me preparara para lo que venía.

—Hay algo que necesito decirle, y llevo días sin encontrar el valor.

—Suena grave.

—No lo sé. Quizá lo sea. —Guardó silencio un instante, como si todavía pudiera retroceder—. Desde que regresé de Northumberland no he conseguido dejar de pensar en este asunto. Durante aquellos días con los Ferris me sorprendía pensando constantemente en usted, preguntándome qué opinaría la señorita Whitmore de cada comentario, de cada necedad, como si su voz fuera la única que de verdad deseaba oír. No es una confesión apropiada de un hombre que paga su salario, pero sería más cobarde seguir fingiendo que no ocurre.

Sentí que los dedos se me cerraban alrededor del lápiz con que había estado anotando, sin que yo se lo hubiera ordenado.

—Y hay algo más —continuó, con la voz cada vez más baja—. Extrañé el olor a lavanda durante todo el viaje. El olor que queda cuando usted se inclina sobre una página o pasa junto a mí. Me avergüenza decirlo casi tanto como me urge que lo sepa.

Me reí. No fue una risa amable ni del todo mía, sino el reflejo antiguo que utilizo desde niña para desarmar cualquier cosa que se acerque demasiado a un lugar que prefiero mantener cerrado.

—Qué cosas dicen los caballeros cuando llevan demasiado tiempo sin compañía decente. La próxima vez que viaje, llévese un frasco de mi tintura de lavanda. Le ahorrará la nostalgia y a mí esta conversación.

Algo cambió en su expresión, un endurecimiento que no le había visto usar conmigo desde que lo conozco, aunque esta vez no parecía desprecio, sino desesperación.

—No haga eso.

—¿Hacer qué?

—Convertir en broma lo único honesto que he dicho en semanas. Lo hace siempre que una conversación se acerca a algo que no puede controlar: encuentra una frase ingeniosa, se ríe antes de que yo termine y me obliga a decidir si insisto o acepto que prefiere no escuchar. No quiero obligarla a nada, Elara. Solo quiero que me deje terminar.

—No sé de qué me habla.

—Sabe exactamente de qué hablo. —Se puso de pie, pero no avanzó—. Se que tenemos un contrato; por eso no puedo seguir fingiendo que esto es solo trabajo. Me importa lo que piensa, busco su compañía y llevo semanas midiendo cada palabra para no utilizar una posición que usted no eligió darme. Me enfurece verla esconderse detrás de una broma cuando yo estoy intentando decir la verdad.

Dejó el libro sobre la mesa y cruzó con cautela minimizando la distancia, pero se detuvo a más de un brazo de mí. Su voz en un tono suplicante perdió toda dureza cuando preguntó: —¿Puedo besarla?

El sobresalto no desapareció; cambió de forma. Lo miré, vi que esperaba una respuesta y comprendí que podía negársela, pero no lo hice . —Sí —dije. Blackwood me tocó la mejilla con la mano abierta y se inclinó despacio. El primer contacto fue breve, casi una pregunta. Cuando se apartó apenas un instante, preguntó: —¿Está bien? —Sí —respondí, todavía sin aliento—. Y beso mis labios nuevamente.

El segundo beso tuvo más urgencia, pero no me arrebató nada. Fui yo quien aferró su levita y acortó la distancia. Cuando el vértigo me obligó a retroceder, Blackwood retiró las manos de inmediato y esperó, sin intentar seguirme.

—¿Satisfecho, mi lord?

Lo dije con toda la insolencia que pude reunir, aunque la voz me tembló lo suficiente para desmentir la mitad de mi desafío.

Blackwood seguía agitado, pero me miró con una gravedad que no tenía nada de triunfo ni de conquista.

—No es suficiente para mí, Elara.

La respuesta me hizo alzar la cabeza. Blackwood dio un paso atrás, devolviéndome todo el espacio que había ocupado. —No me basta un momento que mañana podamos llamar accidente. Quiero saber si me permitirá cortejarla sin esconderme detrás del Códice o de su contrato. Y quiero que sepa algo antes de responder: si dice que no, su salario, su habitación y su trabajo seguirán exactamente como estaban. No pienso comprar una respuesta con nada que le pertenezca por derecho.

Lo vi entonces tan expuesto como me sentía yo. No era una súplica que exigiera compasión, sino el riesgo deliberado de un hombre acostumbrado a entrar donde le prohibían el paso y que, por una vez, había decidido esperar ante una puerta. —No me ha obligado a nada —dije. Fui yo quien volvió a cerrar la distancia y lo besó, más despacio, pero con un hambre que llevaba semanas negándome.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que nos separáramos. Esta vez ninguno necesitó fingir que el silencio bastaba para resolverlo todo. Blackwood apoyó la frente contra la mía y preguntó una vez más si estaba bien. Le respondí que sí. Acordamos hablar por la mañana, cuando el deseo no pudiera decidir por nosotros qué significaba lo ocurrido.




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