Del diario
11 de junio de 1888
No he sabido cómo empezar esta entrada durante casi una hora, con la pluma inmóvil sobre el tintero y la vela consumiéndose mientras rechazaba una frase tras otra por parecerme insuficiente. Empezaré, entonces, sin ceremonia. Cualquier manera más elegante de decirlo se parecería demasiado a una excusa.
Anoche no dormí en mi propia habitación.
Me quedé despierta mucho después de que la casa guardara silencio, dando vueltas en la cama hasta que dejé de fingir, incluso ante mí misma, que conseguiría dormir sin decidir primero qué quería hacer con todo lo que Blackwood y yo habíamos dicho en la biblioteca. Salí descalza al pasillo, protegí la llama de la vela con una mano y caminé hasta su puerta. Llamé antes de que el valor pudiera abandonarme.
No voy a fingir, ni siquiera en estas páginas que nadie más leerá, que llegué allí por accidente o que ignoraba lo que estaba eligiendo. Blackwood abrió casi de inmediato. Seguía vestido, sentado hasta entonces junto a la chimenea apagada, con la misma expresión insomne que yo debía de llevar en el rostro. Se apartó para dejarme entrar, pero no intentó cerrar la puerta hasta que asentí.
No hicieron falta muchas palabras. Solo las necesarias. Me preguntó si estaba segura. Le dije que sí. Después le pregunté si él también lo estaba, y respondió sin apartar los ojos de mí. Cerró la puerta entonces, despacio, como quien todavía me ofrecía tiempo para cambiar de decisión.
Si me obligaran a ordenar lo ocurrido como ordeno las raíces y tinturas de mi botica, tendría que admitir que ningún catálogo serviría. Conozco el calor de la fiebre, el temblor de una reacción mal medida y el modo en que ciertas sustancias modifican el pulso o la respiración. Nada de eso explica la certeza con que reconocí su mano en la oscuridad, ni el desorden sereno que produjo en mí, nada que consiguiera predecir la velocidad con la que dos respiraciones alteran la presión de una estancia en penumbra.
Lo primero que percibí fue el sándalo, profundo y resinoso, mezclándose con la lavanda que los morteros dejan siempre en mis manos. Había imaginado ese encuentro como una oposición: la madera sobria de su mundo contra la hierba sencilla del mío, la casa heredada contra la botica construida con trabajo. No ocurrió así. Los dos aromas permanecieron distintos y, sin embargo, encontraron en el aire una forma de acompañarse sin que ninguno borrara al otro.
Sus manos conservaron la firmeza que ya conocía, pero no la seguridad presuntuosa que yo habría temido. Se detuvieron cada vez que mi respiración cambiaba y esperaron mi respuesta antes de continuar. Cuando recorrieron mi rostro, mi cuello y mi espalda, lo hicieron con una atención que volvía imposible fingir que aquello era un impulso sin consecuencias. Yo también lo toqué.. No quería ser una espectadora de su entrega ni un simple territorio conquistado; quería poseer el recuerdo de su sabor, de la fricción de su piel contra la mía y ese estremecimiento súbito que mi contacto provocaba en él y llevarme conmigo cada rincón de su presencia.
Cada punto de contacto se sentía como un paño caliente sobre la piel, despertando un pulso desbocado en mis sienes que ningún remedio contra la fiebre habría de mitigar.
No hubo prisa, sino una urgencia contenida que se medía en la frecuencia de sus suspiros contra mi cuello. Cuando sus labios volvieron a buscar los míos, no fue un arrebato que debiera explicarse después, sino la continuación de una decisión que ambos habíamos repetido. Las telas desprendiéndose en la oscuridad y el vaivén compasado de su respiración mezclándose con la mía, me hizo comprender que el deseo responde a una física propia; una fuerza indomable y secreta que ningún logica sabría catalogar y tras la cual ya no me es posible seguir ocultándome.
En aquella penumbra no desaparecieron mi oficio, su título ni todo lo que nos separaba fuera de esa habitación. Seguían existiendo. Lo distinto fue que ninguno permitió que decidieran por nosotros. Comprendí que no estábamos experimentando un simple desborde de los sentidos, sino dos personas eligiendo acercarse a pesar del riesgo.
Al amanecer, cuando la primera luz gris de Ravensbourne empezó a filtrarse entre los postigos, permanecí despierta con su brazo sobre mi cintura y la respiración lenta contra mi nuca. Pensé en Lady Cavendish, en los criados que podían notar una puerta abierta demasiado temprano y en todas las personas dispuestas a convertirnos en escándalo. Las consecuencias seguían importándome. Lo que había dejado de aceptar era que el miedo hablara por mí. Por primera vez desde que llegué a esta casa, no me avergonzaba de lo que sentía. Solo me asustaba cuánto podría dolerme perderlo después de haber dejado de fingir que no lo había encontrado.
Blackwood despertó poco después. Antes de abrir del todo los ojos, movió la mano sobre las sábanas hasta encontrar la mía, como si necesitara confirmar que yo seguía allí y que la mañana no me había devuelto a mi habitación sin despedirme.
—Buenos días, Elara —dijo, con la voz ronca del sueño y una sonrisa que no intentó ocultar..
—Buenos días, mi lord.
——Ya no soy su lord esta mañana—corrigió, sin soltarme la mano— Adrian. Desde ahora, llameme Adrian.
—Creo que sera Adrian para las noches y Blackwood durante el dia, ¿Esta de acuerdo?
—Suena prometedor, aunque me conformo con que me conceda ser simplemente suyo.
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Editado: 25.08.2026