Del diario
18 de junio de 1888
Llevo una semana notando algo distinto en él, y no consigo decidir si la felicidad me ha vuelto desconfiada o si de verdad existe algo que ha elegido no contarme. Lo conozco ya lo bastante para distinguir su reserva habitual de un silencio levantado a propósito, y este último se parece demasiado a una puerta cerrada. También he aprendido que la reserva de Blackwood nunca es vacía: siempre protege una decisión, una herida o una verdad que considera demasiado peligrosa para poner en manos ajenas.
Empezó con pequeñeces. Ojeras que no tenía antes, disimuladas mal con la excusa de que ha dormido poco culpando a nuestros encuentros. Una irritabilidad breve pero real cuando lo sorprendí, dos mañanas seguidas, sentado en el borde de su cama mucho antes de la hora en que suele levantarse, con la vista perdida en algún punto de la pared que no tenía nada que mirar. Le pregunté si se encontraba bien. Me dijo que sí, con una rapidez que no sonó a verdad.
Durante la madrugada de antier despertó de golpe a mi lado, con una violencia que me arrancó del sueño antes de que entendiera qué ocurría. Me buscó en la oscuridad: primero el brazo, después el rostro y por último la cintura, como si necesitara confirmar con las manos algo que sus ojos abiertos no conseguían creer.
—Elara —dijo con una voz que nunca le había oído—. Elara, está aquí.
—Aquí estoy, Adrian. Mírame.
Me abrazó con tanta fuerza que el aire empezó a faltarme. Le pedí que aflojara y lo hizo de inmediato, murmurando una disculpa contra mi cuello. No me soltó del todo; se quedó temblando, con una mano abierta en mi espalda, hasta que su respiración dejó de quebrarse en cada intento.
—Un sueño —dijo al fin—. No puedo contártelo todavía. Pero no me arrepiento de nosotros. Esto no tiene que ver contigo.
Después del sobresalto me quedé despierta por un momento, debatiendo si debía insistir en preguntarle más sobre el sueño que tanto lo alteró, y decidí, al final, no hacerlo. No sé si fue respeto por su intimidad o cobardía de mi parte. Sospecho que fue las dos cosas a la vez.
Ayer durante el desayuno, me anunció, sin que yo le hubiera preguntado nada, que había decidido dejarme trabajar sola en el retrato durante un tiempo.
—Ha llegado a una parte demasiado delicada para soportar distracciones —dijo, sin levantar la vista del plato—. Mi presencia no le está ayudando y temo haber sido egoísta con su tiempo. Trabaje hoy sin mí. Yo necesito ocuparme de ciertos asuntos y ordenar algo antes de poder hablarlo con claridad.
—¿Qué clase de asuntos?
—Correspondencia. Cuentas de la finca. Nada que le interese, ni que necesite mi mejor versión para resolverlo.
No le creí ni una palabra, aunque no supe, en el momento, señalar exactamente qué parte de lo que decía sonaba falso. Quizás fue la manera en que evitó mirarme mientras hablaba, algo que no había hecho desde los primeros días de conocernos, cuando todavía fingíamos que el trato entre nosotros era estrictamente profesional. Quizás fue simplemente que conozco ya el ritmo de sus mentiras lo suficiente como para reconocer una nueva, incluso disfrazada de consideración.
Pasamos el resto del día separados. Él cerró el despacho; yo intenté trabajar en la biblioteca. Después de varios minutos observando la misma zona del retrato sin verla, cubrí la superficie con la pantalla protectora, guardé los instrumentos y anoté dónde había interrumpido la prueba. El rostro podía esperar. Una pintura dañada no debe pagar por la distracción de quien pretende devolverla a la luz.
Anoche elegí dormir en mi propia habitación. Al pasar frente a la suya lo oí hablar. No distinguí palabras, solo un tono urgente, casi suplicante, del tipo que un hombre no utiliza consigo mismo a menos que crea estar respondiendo a alguien. Me detuve con la mano sobre el picaporte y no entré me faltó valor para llamar.
Hoy hacia el atardecer, incapaz de seguir fingiendo que el trabajo me absorbía, fui a buscarlo. Llamé antes de entrar y lo encontré sentado ante unos papeles que no parecía leer. Esperé a que levantara la vista, crucé la habitación y apoyé una mano sobre su hombro con la misma naturalidad que una semana atrás, aunque ya preparada para sentir en su cuerpo una respuesta que sus palabras seguían aplazando.
Se tensó bajo mis dedos. Duró apenas un instante, pero fue real. Después cubrió mi mano con la suya y la apretó con ternura, sin lograr borrar del todo el sobresalto. No retiré la mano; tampoco fingí no haberlo notado. La confianza que habíamos empezado a construir no podía depender de que yo ignorara aquello que a él le incomodaba admitir.
—¿Va todo bien?
—Todo va bien, Elara. —Usó mi nombre, lo cual, en cualquier otra circunstancia, me habría parecido una victoria. Esta vez sonó más a distracción que a intimidad—. Solo necesito ordenar algunas cosas en mi cabeza. Nada que deba preocuparle.
—Ya decidí hace tiempo que sus preocupaciones también son las mías. No puede retirar ese privilegio solo porque le resulte incómodo compartirlo.
Se quedó callado un momento demasiado largo, y pensé, por un instante, que por fin iba a decírmelo. Pero se limitó a besarme la mano, brevemente, y a decirme que necesitaba terminar con la correspondencia antes de la cena, cerrando la puerta con la misma delicadeza cortés con la que se cierra cualquier conversación que uno no está dispuesto a continuar.
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Editado: 25.08.2026